El deshielo
Pasó, como pasan esas cosas, sin que ninguno de los dos lo decidiera, en el sitio más tonto y en el momento más tonto: una tarde de finales del invierno, en el huerto de detrás de la casa, ella cavando, él de guardia, los dos solos bajo una llovizna que ya no era de invierno cerrado sino de los primeros días en que el invierno empieza, muy despacio, a aflojar.
Áslak llevaba semanas buscando, sin confesárselo ni a sí mismo, los ratos en que Mariña estaba sola, lejos de los otros lobos y de los otros ojos.
Y aquella tarde la encontró cavando el huerto de detrás de la casa, preparando la tierra para la siembra temprana, con esa terquedad de la gente de la ría que vuelve a cavar y a sembrar pase lo que pase, haya o no haya lobos en la casa, porque la tierra no entiende de guerras y hay que echarle la semilla cuando toca o no hay pan al año siguiente.
Y Áslak se quedó un rato mirándola cavar, encorvada, seria, las manos rojas de frío en el mango de la azada.
Y luego, sin pensarlo, sin decidirlo, cogió otra azada que había apoyada en el muro y se puso a cavar a su lado.
Mariña se paró, y lo miró, desconcertada, casi asustada.
Un lobo cavando. Un lobo del norte, de los que vivían de coger lo que otros cavaban, de los que despreciaban la azada como cosa de siervos, cavando un huerto bajo la lluvia, torpe, sin saber, agarrando mal el mango, clavando la azada de cualquier manera, pero cavando.
—No sabes —le dijo Mariña, casi sin querer, porque le pudo más el instinto de la labradora que la rabia—.
Así no. Se clava más hondo, y se voltea la tierra, no se rasca.
Mira. —Y se lo enseñó, sin pensar en lo que hacía, en lo que significaba: le enseñó a cavar a un lobo, en el huerto de la casa que el lobo le había quitado, con su padre a veinte pasos bajo la tierra del adro.
Y Áslak aprendió, torpe, riéndose un poco de su propia torpeza, una risa baja y rara que Mariña no le había oído nunca a un lobo.
Y por un rato los dos cavaron juntos, en silencio, bajo la llovizna, el lobo del norte y la muchacha de la ría, sin que pareciera, por un rato, que entre ellos había un padre muerto en el fango y una tierra entera de odio y una noche de sangre que se acercaba.
—¿Por qué cavas? —le preguntó Mariña al fin, sin mirarlo, cavando—. No es lo tuyo. Lo tuyo es lo otro. Coger.
—Estoy cansado de lo mío —dijo Áslak, y lo dijo despacio, en su gallego torpe, buscando las palabras una a una como quien busca piedras para cruzar un río, como si fuera la primera vez que lo decía en voz alta, que lo era, y la primera vez que lo pensaba del todo al decirlo—.
Llevo toda la vida cogiendo. Desde niño.
Y mira lo que tengo. —Se paró, abrió las manos, las enseñó vacías, manos de guerrero, llenas de callos del remo y del hacha, vacías de todo lo demás—.
Nada. Tengo un poco de oro del santo en el barco, que no me sirve de nada aquí y que a lo mejor se traga el mar a la vuelta.
Y nada más. Ni una tierra, ni una casa, ni una mujer que me espere, ni un sitio en el mundo donde alguien diga «esta es la casa de Áslak».
Cogiendo no se tiene nada, ¿sabes?, solo se quita.
Se le quita a otro. Y al final de la vida, un día, te mueres lejos, en una orilla cualquiera, en un fango cualquiera, y no queda de ti ni el nombre, porque no plantaste nada, no echaste raíz en ningún sitio.
—Miró el huerto recién cavado, la tierra negra y húmeda volteada, que olía a tierra—.
Esto, en cambio. Tú cavas, y siembras, y esperas, y dentro de unos meses comes el pan de lo que sembraste, y al año que viene otra vez, y tus hijos comerán de esta misma tierra cuando tú faltes, y los hijos de tus hijos.
Esto deja algo. Esto se queda. Yo nunca he tenido nada que se quede, Mariña.
Nunca. Y este invierno, mirándoos a vosotros, mirándote a ti, he empezado a pensar que a lo mejor es lo único que de verdad vale la pena tener.
Mariña lo escuchó, cavando despacio, y no supo qué decir, porque era lo último que esperaba oír de la boca de un lobo: la envidia.
La envidia de la tierra, de lo poco y pobre que ella tenía y daba por descontado, su huerto flaco, su ría gris, su lluvia, sus muertos en el adro, su sitio; todo eso que a ella le parecía tan poco, tan pobre y tan mojado, y que para aquel hombre venido del mar a quitárselo era, de pronto, lo más rico del mundo, lo único rico.
Y mirándolo cavar, torpe y serio y empapado, bajo la llovizna, con aquella tristeza honda en la cara, Mariña dejó de ver al lobo.
Por primera vez, del todo, dejó de ver al lobo.
Vio a un hombre. A un hombre joven, cansado, solo, lejos de todo, que envidiaba un huerto.
Y supo que estaba perdida, porque a un lobo se le puede odiar, es fácil, es justo.
Pero a un hombre que envidia tu huerto y tus muertos y tu sitio en el mundo no, a ese no se le odia, a ese se le entiende, y de entender a querer no hay más que un paso.
Y el paso, en aquel huerto, bajo aquella llovizna del final del invierno, Mariña sintió que ya lo había dado, sin querer, sin poder evitarlo, hacia el sitio más imposible y más peligroso al que una muchacha de la ría podía caminar: hacia el corazón de un hombre del norte, en mitad de una guerra que iba a tragárselo en cuestión de semanas.
Y entonces hizo una cosa que no debía, que era traición, y la hizo igual.
—No se lo digas a nadie —le dijo, de pronto, en voz baja, urgente, parando de cavar, mirándolo a los ojos claros—.
Que estás cansado de lo tuyo. Que envidias un huerto.
No se lo digas a ninguno de los tuyos, ¿me oyes?
A ninguno. Te matarían los tuyos por eso, antes que los míos.
—Tragó saliva, miró a los lados, bajó aún más la voz—.
Y guárdate, Áslak. Estos meses. Guárdate.
No te fíes de la calma. No bajes la guardia como los otros.
Las cosas... las cosas van a cambiar pronto, y no puedo decirte más, no debo, ya he dicho demasiado. Solo eso. Guárdate.
Áslak la miró, y entendió, no las palabras, que eran pocas y entrecortadas, sino lo que había debajo de ellas, lo que ella se estaba jugando al decirlas: que aquella muchacha, que tenía todas las razones del mundo, todas, para desear su muerte y la de todos los suyos, acababa de avisarle, traicionando a su sangre, de que la muerte venía.
Que la tierra se iba a levantar. Que él estaba en el lado equivocado, en el bando de los que iban a morir.
Y que a ella, contra toda razón, contra su padre muerto, contra su propia rabia, le importaba que él se guardara, que él, entre todos los lobos, no muriera. Soltó la azada, despacio.
—Gracias —dijo. Y no dijo más, porque no hacía falta decir más, y porque la voz no le habría salido.
Los dos sabían, en aquel huerto, bajo la lluvia, lo que acababa de pasar entre ellos, aunque ninguno lo nombrara: que habían cruzado una línea que no se podía cruzar, una línea de sangre, y que ya no había vuelta atrás, ni para ella ni para él; y que lo que viniera después, la noche de sangre que Paio prometía, la matanza que se cocía bajo la tierra mojada, los iba a coger a los dos en mitad del río, en la peor de las orillas, la de quererse desde los dos lados de una guerra que solo podía acabar mal.