La llave de Galicia (El hacha y el arado 3) Paio después
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Paio después

Paio se quedó, después de la guerra, como cabeza de lo que quedaba de su familia y, con los años, casi de la aldea, porque la rabia fría que lo había hecho hombre de resistencia lo hizo también, pasada la guerra, hombre de gobierno, de los que la gente escucha.

Y su historia con Áslak, la del hijo del muerto y el lobo que se quedó, fue una de las cosas más raras y más verdaderas de aquella orilla.

Tomó la barca del padre, Paio, la que los lobos habían usado y que se recuperó quemada y medio rota tras la matanza, y la arregló con sus manos, tabla a tabla, y volvió a salir a faenar con ella, porque era la barca de Mariño el de la barca, su padre, y dejarla pudrirse habría sido dejar morir al padre una segunda vez.

Se casó, a su tiempo, con una moza de una aldea vecina, y tuvo hijos, y fue un buen padre y un buen vecino, aunque siempre con aquel poso de rabia fría en el fondo, aquella seriedad de hombre que ha visto lo que ha visto y no lo olvida.

La gente de la aldea lo respetaba, lo buscaba para los pleitos y los repartos, lo escuchaba en los concejos, porque tenía la cabeza fría y la palabra justa, y porque había sido de los que se jugaron la vida en la resistencia, y eso, en aquella tierra, era un título más alto que cualquier sangre.

Y estaba Áslak. La cosa más difícil de la vida de Paio fue Áslak, y la más rara, y, con los años, una de las más hondas.

Porque Áslak era el lobo, uno de los que mataron a su padre, uno de los que ocuparon su tierra y se comieron su pan; y era, a la vez, el hombre por el que Paio había respondido aquella mañana, delante de toda la aldea, el que se había casado con su hermana, el padre de sus sobrinos de ojos claros, su cuñado, su vecino, con el que faenaba la misma ría.

Dos cosas imposibles de juntar en un mismo hombre, y juntas, sin embargo, en Áslak.

Paio no lo perdonó nunca del todo, si perdonar es olvidar; nunca olvidó que el de su sangre era de los que mataron al padre.

Pero aprendió, despacio, año a año, marea a marea, a vivir con ello, a separar al lobo que fue del hombre que era, a respetar al converso que cavaba y faenaba y respondía y era de fiar.

Faenaron juntos miles de mareas, los dos, en silencio casi siempre, el hijo del muerto y el lobo que se quedó.

Y de aquel faenar callado fue naciendo, sin que ninguno lo nombrara, algo que no era perdón ni era olvido pero que se les parecía: una áspera lealtad de dos hombres que han enterrado al mismo muerto y que han aprendido, contra toda lógica, a confiar el uno en el otro.

Una vez, solo una, ya viejos los dos, faenando una mañana de niebla, Paio le dijo a Áslak lo único que le dijo nunca de aquello, soltándolo de golpe, mirando el agua, no a él:

—Yo respondí por ti aquella mañana porque te vi cavar.

Pero hubo años en que me arrepentí. Años en que te miraba dormir en casa de mi hermana, padre de mis sobrinos, y pensaba en mi padre bajo la tierra del adro, muerto por los de tu sangre, y se me revolvía todo, y pensaba que tendría que haberte dejado morir con los otros aquella noche.

—Hizo una pausa, tiró de la nasa—. Y luego pasaba el año, y te veía cuidar a tu mujer, a mi hermana, y criar a tus hijos, y faenar conmigo, y aconsejar bien en el concejo, y defender la ría cuando vinieron las velas, y se me pasaba.

Y ahora, de viejo, ya no me arrepiento. Ya no.

Porque he entendido una cosa, Áslak, y te la voy a decir una vez sola y no se vuelve a hablar de ella: que matar a un lobo es fácil, y que no nos hizo mejores matar a los mil que matamos aquella noche, solo nos hizo justos.

Pero dejar vivir a uno, a uno solo, al que quería quedarse, y verlo hacerse de los nuestros, eso sí nos hizo mejores.

Eso fue lo único bueno que sacamos de todo aquel horror.

Y lo hicimos tú y yo, sin querer, entre los dos.

Así que no, no me arrepiento. Sigue tirando de esa nasa, que se nos escapa.

Y no volvieron a hablar de ello nunca. Pero desde aquella mañana de niebla, el hijo del muerto y el lobo que se quedó fueron, hasta que la muerte los separó, lo más parecido a dos hermanos que pueden ser dos hombres que empezaron en los dos lados de una matanza.