La llave de Galicia (El hacha y el arado 3) Thorgest
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Thorgest

—Te estás ablandando, chico —le dijo una noche, junto al fuego que humeaba y no calentaba, mientras la lluvia repicaba en el tejado de la casa robada—.

No me mires así, que no soy ciego ni tonto.

Lo he visto otras veces, en otros como tú, en otras orillas, en mis años.

Un lobo joven que pasa demasiado tiempo parado entre los que ha venido a coger, y empieza a mirarlos, y a oírlos, y a entenderles la lengua, y un día, sin darse cuenta, empieza a verlos como gente.

Como gente, fíjate, no como presa. Y el día que un lobo ve a la presa como gente, ya no sirve para cazar, se acabó, está perdido.

Te he visto con la moza, la del pan. Sujetándole el brazo a Ubbe por ella.

—Escupió al fuego, y el escupitajo siseó—.

Y te voy a decir una cosa, por tu bien, porque le tenía aprecio a tu padre y se lo tengo a su sangre, que eres tú.

Eso que se te está metiendo dentro, córtalo.

Ahora. De raíz, como se corta la mala hierba, antes de que agarre y ya no se pueda arrancar sin llevarse media tierra.

Áslak no contestó enseguida. Miró el fuego pobre, la lluvia en la puerta.

—¿Y qué es lo que se me está metiendo dentro, según tú? —dijo al fin.