La llave de Galicia (El hacha y el arado 3) El rey en tierra
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El rey en tierra

A Gunrod, el rey del mar, Áslak lo vio de cerca una vez, aquel invierno, y lo que vio le enseñó más sobre lo que les pasaba a los lobos en la tierra que todo un año de ocupación: vio a un rey sin reino, a un hombre que en el mar lo era todo y en la tierra no era nada, y que lo sabía, y que se moría despacio de saberlo.

Fue en una de aquellas asambleas que Gunrod convocaba de tanto en tanto para tener juntos a sus jefes, en la casa mayor de una aldea de la ría, y a Áslak le tocó estar de guardia a la puerta, y desde allí, en las largas horas, observó al rey del mar.

Era viejo Gunrod, más viejo de lo que parecía de lejos, con la barba blanca y las manos manchadas de los años, un hombre que había pasado toda su vida en el agua, en el banco de remo, en la cubierta, en la guerra, y que en tierra, sentado en una casa robada, entre cuatro paredes de piedra que no se movían, parecía fuera de su elemento, un pez en la arena.

No estaba a gusto en tierra, Gunrod. Se le notaba.

Miraba las paredes como si lo encerraran, se levantaba a menudo a asomarse a la puerta, a oler el aire, a buscar con los ojos el agua de la ría, allá abajo.

Un rey del mar en tierra es un rey destronado, aunque mande sobre mil hombres.

Su trono es la cubierta, y lejos de ella, por mucho oro que coja, no es nadie.

Y Áslak, observándolo, entendió por qué Gunrod no se iba, por qué se había quedado el año entero sobre una tierra que lo incomodaba, en vez de volver al norte con el botín como habría sido más prudente.

No era solo por el invierno y las galernas, como decía.

Era otra cosa, más honda y más triste, que Áslak vio en la cara del viejo rey aquella noche: que Gunrod no tenía adónde volver.

No tenía tierra, ni casa, ni mujer que lo esperara, ni hijos, ni un sitio en el mundo que no fuera la cubierta de su barco.

Había pasado la vida cogiendo, de orilla en orilla, sin echar raíz en ninguna, fiel a la libertad del lobo, a no atarse a nada.

Y al final de esa vida, viejo, se encontraba con que la libertad de no atarse a nada era, mirada de cerca, no tener nada, no ser de ningún sitio, no tener adónde ir a morir.

Volver al norte ¿a qué? A un fiordo donde ya no lo esperaba nadie, donde no tenía más que un nombre y unas canciones.

Quedarse el año en Galicia, sobre la tierra ajena, era para Gunrod, sin que él lo confesara, una manera de tener, por una vez, aunque fuera robada, aunque fuera prestada, una cosa parecida a una tierra bajo los pies; de jugar, al final de su vida, a ser lo que nunca había sido y a lo que en el fondo había envidiado siempre sin saberlo: un rey con reino, un hombre con tierra.

Y Áslak, mirándolo, sintió por el viejo rey del mar una cosa que no esperaba sentir por su jefe: lástima.

La lástima del que empieza a ver otra orilla por el que no la verá nunca.

Porque Gunrod era el final del camino que Áslak estaba empezando a no querer recorrer: el lobo que coge toda la vida y acaba viejo, sin nada, sin tierra, sin nadie, muriéndose lejos de un mar que es su único hogar, en una tierra ajena que lo incomoda.

Áslak miró a Gunrod aquella noche y se vio a sí mismo dentro de cuarenta años si no cambiaba, y le dio miedo, y le dio pena, y entendió, de golpe, mirando al rey del mar mirar las paredes que lo encerraban, que la libertad de la que tanto presumían los suyos era la cosa más triste del mundo: la libertad de no tener nada que perder, que es la libertad de no tener nada.

Gunrod murió, meses después, en el barro de aquella tierra que había venido a saquear, lejos de su mar, con sus barcos ardiendo, rey del mar sin mar.

Y Áslak, cuando lo supo, no se alegró, aunque era su enemigo y su muerte lo salvaba; pensó solo que el viejo rey se había muerto como había vivido, sin tierra, y que ojalá, en el último momento, antes de que el barro se lo tragara, hubiera visto, aunque fuera un instante, lo que Áslak empezaba a ver: que la tierra que pisaba, la que había venido a robar, era más hogar, hasta robada, que toda la libertad del mar.