El lobo Ubbe
Si Áslak fue el lobo que se ablandó, Ubbe fue el que se agrió, y entre los dos, en la misma banda, en la misma casa, se vio aquel invierno todo lo que un hombre del norte podía llegar a ser en una tierra ocupada: lo mejor y lo peor.
Ubbe era el lobo grande y ruidoso que una noche, borracho, había agarrado a Mariña, y al que Áslak le había sujetado el brazo.
Pero no era solo aquello. Ubbe fue, a lo largo del año, la cara de lo peor de la ocupación, el que encarnaba lo que los lobos le hacían a la tierra cuando se quedaban demasiado y el tedio y la sidra los pudrían.
Porque a Ubbe la ocupación lo agrió, lo emborrachó, lo volvió cruel de una crueldad gratuita, de aburrimiento, que es la peor.
No mataba por coger, como en la razzia; mataba, o pegaba, o humillaba, por nada, por matar el tedio, por sentirse algo en una tierra que lo odiaba en silencio.
Le pegó a un viejo de la aldea hasta dejarlo tullido porque el viejo no se quitó del camino bastante deprisa.
Le quemó la barca a un pescador, la única que tenía, por una palabra que creyó oír.
Se llevó a una moza una noche y la devolvió por la mañana con los ojos rotos, y nadie pudo hacer nada, porque era un lobo y ellos no.
Ubbe fue, para la aldea de Mariña, el rostro del lobo, el que les enseñó día a día lo que era estar bajo la bota del que no te debe nada y al que nadie puede pedir cuentas.
Y cada cosa que hacía Ubbe iba sumando, en el corazón de la tierra, a la cuenta fría que se cobraría la noche del levantamiento.
Y a Áslak, Ubbe lo despreciaba, porque olía en él lo que él no tenía: que se ablandaba, que miraba a la gente de la tierra como gente.
«Te estás volviendo como ellos», le decía, con la misma sorna que Thorgest pero con maldad, no con aprecio.
«Un lobo que cava huertos. Das asco.» Y Áslak callaba, porque enfrentarse a Ubbe era buscarse la muerte.
Pero por dentro veía en Ubbe lo que él no quería ser, el reverso exacto de adónde iba él: el lobo que en la tierra ajena, en vez de ablandarse, se agria; que en vez de dejar que la tierra le entre, la odia más cuanto más lo odia ella; que se hace, de tedio y de sidra y de impunidad, un monstruo.
Y entendió Áslak, aquel invierno, mirando a Ubbe, que un hombre del norte tirado a una tierra que no es la suya solo tenía dos caminos: el suyo, ablandarse, dejarse cambiar, hacerse de la tierra; o el de Ubbe, agriarse, endurecerse, hacerse peor.
No había término medio. La ocupación, el quedarse entre los que has saqueado, o te hace mejor o te hace mucho peor, y a la mayoría la hace peor, porque ablandarse cuesta y agriarse es fácil.
Ubbe murió en el levantamiento, claro, y murió mal, acorralado en la casa que había aterrorizado, despedazado por la gente a la que había humillado un año entero, con una saña que ningún otro lobo provocó aquella noche, porque la tierra le tenía guardada a él, más que a ninguno, una cuenta personal.
Y Áslak, que sobrevivió a aquella noche porque se ablandó, pensó después, muchas veces, que la diferencia entre vivir y morir, entre ser perdonado y ser despedazado, no había sido la suerte: había sido eso, ablandarse o agriarse, dejar que la tierra te entrara o cerrarse a ella.
Él dejó que le entrara. Ubbe no. Y la tierra, al final, se quedó al que la dejó entrar y despedazó al que la odió. Como hace siempre.