Agua y pan
La primera vez que Mariña le habló al lobo fue para maldecirlo, y la primera vez que el lobo le contestó fue para darle, sin querer, la razón, y de ahí, de una maldición y de una razón dada, nació, sin que ninguno lo buscara, todo lo demás.
Áslak estaba alojado, con otros pocos de su banda, en una casa de la aldea de Mariña, una de las buenas.
Y a Mariña, como a otras mujeres de la aldea, le había tocado en suerte la peor de las suertes: servir a los lobos.
Cocinarles, lavarles, atenderlos, acarrearles el agua y la leña, el trabajo humillante y diario de dar de comer y de cuidar al que te ha matado al padre y duerme en su cama.
Lo hacía con la cabeza baja y la rabia guardada bajo la ceniza, sin mirarlos a la cara, deslizándose entre ellos como una sombra muda, haciéndose pequeña, invisible, porque había aprendido enseguida que a una mujer joven, entre lobos, la mejor manera de durar era que no la vieran, no dar motivo, no llamar la atención, ser una sombra más que les llevaba el caldo.
Pero una tarde, una de las primeras del invierno, uno de los lobos, un tal Ubbe, un mocetón grande y ruidoso, borracho de la sidra que le habían requisado a la propia aldea, la agarró del brazo al pasar ella con la olla, y tiró de ella, con esa risa torpe de los hombres que beben y que creen que todo lo que pisan y todo lo que ven es suyo para cogerlo.
Y Mariña, que llevaba semanas tragando, que tenía el brasero de la rabia bajo la ceniza esperando un soplo, no tragó aquella vez.
Se revolvió, le tiró la olla caliente encima, le escupió a la cara y le soltó, en gallego, en su lengua, que el lobo no entendió pero cuyo veneno entendió de sobra, todo el odio de la tierra entera junto: que ardiera para siempre en el infierno de su dios y del de ella, que la mar que lo había traído se lo tragara a él y a todos los suyos, que no quedara de ellos ni el nombre ni la sombra, que se pudrieran en aquel fango que habían venido a robar.
Ubbe, escaldado y furioso y borracho, levantó la mano para pegarle, una mano grande que le habría partido la cara, y la habría matado quizá, a golpes, como se mata a un perro que muerde, si Áslak no le hubiera sujetado el brazo en el aire.
No lo pensó, Áslak. Le salió de dentro, del cuerpo, antes que del seso, sujetarle el brazo al otro.
Ubbe se revolvió, soltó un bramido, le preguntó a gritos qué demonios hacía, que la moza lo había abrasado y lo había insultado, que se merecía una lección que no olvidara.
Y Áslak, sin soltarle el brazo, sereno, le dijo que la dejara, que no valía la pena, que una sirvienta muerta o lisiada era una boca menos para cocinar y un lío con el jefe por estropear la servidumbre de la casa justo cuando empezaba el invierno y había que comer caliente.
Lo dijo con razones de lobo, las únicas razones que Ubbe podía oír y entender, razones de provecho, de conveniencia, no de piedad, porque de piedad un lobo borracho no entiende nada.
Y funcionó, justamente porque no fue piedad.
Ubbe, gruñendo, calculando mal con la cabeza llena de sidra que el otro tenía razón, soltó a Mariña y se fue, dando tumbos, a seguir bebiendo a otra parte.
Y Mariña se quedó allí, de pie, temblando de rabia y de miedo y de la quemadura, mirando al lobo joven que la había salvado sin que ella se lo pidiera y sin que entendiera por qué.
—No te he ayudado a ti —le dijo Áslak, en el gallego torpe y mal hecho que empezaba a chapurrear de tanto oírlo todo el día, porque algo había que decir, y porque no quería que la moza creyera lo que no era—. He cuidado la cena. Eres tú la que cocina. Si te rompe a ti, no hay cena.
Mariña lo miró. Y fue la primera vez que miraba de verdad a la cara a uno de ellos, a un lobo, sin bajar los ojos, y vio, con sorpresa, no a un monstruo, no a una bestia del fin del mundo, sino a un muchacho.
Un muchacho joven, casi de su edad, flaco, mojado como todos, de ojos claros y cara cansada, un lobo, sí, uno de los que le habían matado al padre y le habían quitado la casa, pero un lobo que acababa de sujetarle el brazo a otro para que no la mataran, y que ahora, en vez de cobrárselo, le quitaba importancia, le daba la espalda a lo que había hecho como quien se avergüenza de una debilidad y no quiere que se la vean.
Mariña no le dio las gracias. Eso no. No se las iba a dar a un lobo, jamás, aunque la salvara cien veces; tenía a su padre demasiado reciente bajo la tierra del adro.
Pero aquella noche, cuando les sirvió la cena a la banda, callada, sin mirar a nadie, deslizándose como la sombra que era, al llegar al sitio del lobo joven, al de los ojos claros, le puso en el cuenco, sin que los otros lo vieran, un trozo de pan más grande que a los demás.
No por gratitud. O no solo. Por otra cosa que ella tampoco supo nombrar, igual que él no había sabido nombrar por qué le sujetó el brazo a Ubbe.
Una cosa pequeña, un trozo de pan, un brazo sujetado en el aire, gestos mínimos, casi invisibles, cruzados en mitad de una guerra entre una gallega que odiaba a los lobos con toda su alma y un lobo que empezaba, sin saberlo, a dejar de serlo.
Pero así empiezan las cosas grandes, las que cambian una vida: pequeñas, calladas, casi invisibles, un poco de agua, un poco de pan, entre dos que no deberían ni mirarse.
Áslak vio el trozo de pan más grande en su cuenco, y entendió, y no dijo nada, y siguió comiendo con la cabeza baja, y Mariña tampoco dijo nada, y siguió sirviendo.
Pero algo, entre el lobo y la tierra, había quedado encendido aquella noche bajo la lluvia, una brasa pequeña y terca, de esas que cuesta mucho prender y que, una vez prendidas, ya no se apagan fácil, ni aunque llueva encima un invierno entero.