La llave de Galicia (El hacha y el arado 3) La lluvia
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La lluvia

Áslak no había visto llover así en su vida, y eso que venía de un norte de aguas y de nieblas.

Pero el agua del norte caía y paraba, dejaba claros, daba treguas; la de Galicia no paraba nunca.

Era una lluvia mansa, fina, terca, que no arreciaba ni cesaba, que estaba siempre ahí, día tras día, semana tras semana, mojándolo todo sin prisa y sin pausa, el cielo, los montes, las piedras, la leña, los huesos, el ánimo.

La niebla subía de la ría cada mañana y muchos días no se iba en toda la jornada, y se quedaba colgada de los montes, gris, pegajosa, borrándolo todo, de modo que un hombre no veía el final de su propio brazo extendido.

La leña estaba siempre mojada y costaba un mundo prenderla, y el fuego, cuando al fin prendía, humeaba y no calentaba ni secaba nada, porque el aire mismo era agua.

La ropa no se secaba. Las botas no se secaban.

El hierro de las armas y de las cotas se cubría de un orín rojo de la noche a la mañana, por mucho que se untara de grasa.

Y los lobos, que habían venido a coger y a marcharse, que estaban hechos para el golpe corto y seco, se encontraron atrapados en aquel invierno verde y mojado que no se acababa nunca, ricos de un oro que no podían gastar, lejísimos de casa, pudriéndose despacio en la humedad y en el tedio.