La llave de Galicia (El hacha y el arado 3) Lo que se cuece bajo la lluvia
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Lo que se cuece bajo la lluvia

Mientras los lobos se pudrían de tedio y de humedad y de sidra, la tierra, por debajo, callada, paciente, se rehacía y se juntaba. Mariña lo supo por su hermano.

Paio sanó del tajo del costado a lo largo del invierno, despacio, primero entre la vida y la muerte en la choza de la tía, ardiendo de fiebre, y luego, cuando la fiebre cedió y la carne cerró, escondido, y por fin bajando a la aldea de noche, de tarde en tarde, cuando podía pasar por uno más de los muchos heridos y mancos que la razzia había dejado por toda la ría.

Pero Paio volvió de aquel tajo y de aquella fiebre cambiado, otro hombre.

Había entrado en la razzia siendo un mozo alegre, de los que cantan en la barca, y salió de ella con una rabia fría dentro, callada, que no se le iba con nada, la rabia del que ha visto matar a su padre en el fango y ha tenido que arrastrarse al monte perdiendo sangre en vez de morir defendiéndolo.

Y aquella rabia fría de Paio, multiplicada por toda Galicia, por cada aldea que había enterrado a los suyos, por cada casa ocupada, por cada hija que servía a los lobos, por cada sepulcro profanado, era lo que se estaba cociendo despacio por debajo de la mansedumbre aparente de la tierra.

Mientras los lobos, ciegos, creían que la tierra estaba vencida y dócil y que el invierno era suyo.

Porque la tierra no estaba vencida. Estaba juntándose, en silencio, con la paciencia de la tierra, que no tiene prisa porque sabe que va a durar más que el que la pisa.

Mariña lo fue sabiendo a retazos, por Paio, que salía de noche a sitios de los que no hablaba y volvía de madrugada mojado, callado, con un brillo nuevo y duro en los ojos.

Que en los montes, en los pazos de los señores que habían sobrevivido, en los monasterios escondidos en los valles, se cocía algo grande.

Que había un conde, Gonzalo Sánchez, que andaba de comarca en comarca, de noche, juntando hombres, armándolos con lo que había, organizándolos en cuadrillas, contando lobos, midiendo sus descuidos, esperando el momento justo.

Que los monjes llevaban y traían mensajes de monasterio en monasterio, escondidos en la ropa, en las suelas, en la memoria.

Que un obispo santo, Rosendo, al que la tierra tenía por hombre de Dios, por casi un santo en vida, bendecía la cosa desde su monasterio y animaba a la gente a no resignarse, a confiar, a esperar, que el Apóstol cuyo sepulcro habían profanado los paganos no iba a dejar aquella afrenta sin castigo, y que la mano del castigo iban a ser ellos, los gallegos, cuando llegara la hora.

Que la tierra entera, callada, con la cabeza gacha bajo la lluvia, sirviendo a los lobos y sembrando para los lobos, estaba en realidad afilando guadañas y enderezándolas en lanzas, escondiendo hierro, contando barcos, esperando solo a que los lobos, en la primavera, bajaran del todo la guardia y se confiaran, para caer sobre ellos toda junta, en una sola noche, de golpe.

—Va a haber sangre, Mariña —le dijo Paio una noche, en voz muy baja, los dos solos junto al rescoldo de la lareira, mientras los lobos dormían su sidra al otro lado del muro—.

Mucha sangre. En cuanto llegue el buen tiempo y se confíen, y bajen la guardia para pensar en volverse a su tierra, vamos a caer sobre ellos.

Todos a la vez, toda Galicia, en la misma noche, para que ninguna banda pueda socorrer a otra.

Y no vamos a dejar uno vivo, ¿me oyes? Ni uno.

Por nuestro padre. Por todos los padres de la ría.

Por el santo. —Le brillaban los ojos en la penumbra, duros como guijarros—.

Tú aguanta y calla, y no le digas a nadie ni una palabra de esto, que nos jugamos la vida todos.

Y cuando empiece, cuando oigas el ruido en la noche, escóndete con madre y con los pequeños en la bodega, debajo, y no salgas hasta que se acabe, que la matanza no es para mujeres.

Pero que lo sepas, hermana: se acerca. El lobo que duerme ahí al lado, ese y todos los suyos, tienen los días contados. La tierra los va a tragar a todos.

Y Mariña asintió, y le dijo a su hermano que se alegraba, y era verdad que una parte de ella, la parte que había sacado a su padre del fango con sus manos, se alegraba con una alegría feroz y esperaba aquella noche de sangre como se espera la justicia.

Pero al subir a su jergón, en la oscuridad, pasó por delante del rincón donde dormía Áslak, el lobo joven de los ojos claros, el que le había sujetado el brazo a Ubbe, el del pan, y se le encogió algo dentro, algo que no quiso mirar de frente porque le daba miedo lo que iba a encontrar si lo miraba.

Porque «no vamos a dejar uno vivo» quería decir todos.

Quería decir también él, el de los ojos claros, el que cavaba mal y miraba la tierra como si la quisiera.

Y Mariña descubrió, aquella noche, tumbada en el jergón sin poder dormir, oyendo respirar a los lobos en la casa de su padre muerto, con un sobresalto que la asustó más que todo lo demás de aquel año terrible, que la idea de que mataran a aquel lobo en concreto, a aquel y no a otro, le dolía.

Y que no debía dolerle, de ninguna manera, que era una traición a su padre y a su sangre y a su tierra que le doliera.

Y que le dolía igual, por más que se lo prohibiera.