El que rezaba
El monje que rezaba de rodillas junto al sepulcro mientras los lobos lo saqueaban no murió aquel día, ni huyó, y se quedó en Compostela todo el año de la ocupación, guardando la cosa que los lobos no habían podido robar aunque se llevaran todo el oro: la memoria del santo, y la fe de que volvería a haber justicia.
Se llamaba Odoario, y era viejo, y llevaba en aquel monasterio del sepulcro toda su vida, desde niño oblato, copiando libros, cantando las horas, cuidando la tumba del Apóstol como se cuida lo más sagrado del mundo.
Y cuando los lobos entraron y mataron al obispo en Fornelos y saquearon la basílica y arrancaron el oro de los altares y profanaron el sepulcro, Odoario no huyó con los demás al monte.
Se quedó de rodillas junto a la tumba, rezando, ofreciéndose, porque pensaba, como había pensado el obispo Sisnando al salir a morir, que un guardián no abandona lo que guarda aunque no pueda defenderlo, y que si los paganos iban a profanar la tumba del amigo del Señor, al menos habría un cristiano de rodillas allí, rezando, para que el santo no estuviera solo en su ultraje.
No lo mataron, los lobos, porque matar a un viejo de rodillas no daba ni gloria ni provecho, y se fueron y lo dejaron allí, vivo, de rodillas, llorando sobre la tumba vacía de su oro.
Y Odoario se quedó. Todo el año de la ocupación se quedó en Compostela, en el monasterio medio quemado, entre los lobos que iban y venían, cuidando lo que quedaba, que no era oro, que el oro se lo habían llevado, sino otra cosa: la memoria.
Porque Odoario entendió, aquel año, lo que los lobos no podían entender ni robar: que el tesoro de verdad del Apóstol no era el oro de los altares, que el oro va y viene, se roba y se vuelve a juntar.
El tesoro de verdad era lo otro, lo que la gente venía a buscar a aquella tumba desde el fin del mundo, la fe, la memoria, la idea de que allí, en aquel confín, dormía un amigo de Cristo que velaba por su tierra.
Eso no se lo habían llevado los lobos, porque eso no se coge con las manos.
Y Odoario se dedicó a guardarlo: a seguir cantando las horas él solo en la iglesia saqueada, a seguir cuidando la tumba vacía, a consolar a los pocos que se atrevían a subir a rezar a escondidas, a guardar en la memoria, y luego en el pergamino, lo que había pasado, para que no se perdiera, para que cuando los lobos se fueran, como se van todos, la gente supiera lo que había sufrido y lo que había aguantado, y que el santo, aunque saqueado, seguía allí.
Escribió Odoario, aquel año, en lo que le quedaba de tinta y de pergamino, la crónica de la razzia: la muerte del obispo Sisnando en Fornelos, peleando con la cruz en la mano; el saqueo del sepulcro; la ocupación; los muertos.
La escribió para que no se perdiera. Más de un siglo atrás, en una ciudad del sur, otro escribano del que Odoario no sabría nunca nada había hecho lo mismo: guardar por escrito la historia de otro lobo en otra orilla.
Los dos, sin conocerse, separados por cinco generaciones, guardaron cada uno en su confín la memoria de lo que pasaba.
Y los dos sabían la misma verdad: que lo que no se escribe se pierde, y que la única manera de vencer del todo al que viene a quemar y a robar es escribir lo que hizo, para que dure más que él.
Los lobos se llevaron el oro de Santiago.
Pero no se llevaron a Odoario, ni su crónica, ni la fe que guardaba.
Y por eso, al final, fueron ellos los que se perdieron, cuatro líneas en el pergamino del monje, y el santo el que quedó.
Porque el que guarda la memoria, aunque sea un viejo de rodillas sin más arma que una pluma, vence siempre, a la larga, al que solo sabe coger.