La llave de Galicia (El hacha y el arado 3) El año del lobo
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El año del lobo

Lo que nadie esperaba, ni los lobos ni la tierra, es que después de coger el tesoro del santo la flota no se fuera. Que Gunrod, el rey del mar, el que no tenía más patria que el agua, decidiera quedarse en tierra.

Tenía su lógica, la del rey del mar, y era la lógica fría del que lleva toda la vida en el oficio y no se deja llevar por la prisa.

El invierno se echaba encima, y cruzar el océano de vuelta al norte en invierno, con las galernas que se tragaban flotas enteras, era tentar a la muerte sin necesidad.

La tierra de Galicia, además, era rica, mucho más rica de lo que parecía a primera vista, mucho más que el oro de una sola iglesia: era una tierra de aldeas y de ganado y de cosechas y de marisco, blanda, sin ejército, sin rey cerca que pudiera juntar fuerza, una tierra que podía alimentar a mil lobos durante meses enteros sin que se le acabara la despensa.

¿Para qué cruzar el mar en lo peor del año, arriesgando los barcos y el pellejo, cuando se podía pasar la mala estación allí, sobre la tierra conquistada, comiendo de ella, durmiendo en sus casas, cogiendo despacio lo que en una razzia rápida no daba tiempo a coger, y volver al norte en primavera, con la mar mansa y las bodegas llenas?

Gunrod decidió quedarse el año. Hacer de Galicia, durante una estación, su reino de tierra, él que no había tenido nunca más reino que el de las olas.

Y los lobos se asentaron sobre la tierra como una larga sombra que no se va.

Se repartieron la comarca, banda por banda, jefe por jefe; ocuparon las aldeas mejores, las casas más sólidas y secas, las granjas con establo; pusieron centinelas en los caminos y en las bocas de las rías; le cobraron a la tierra un tributo de comida y de trabajo, obligando a los gallegos que no habían huido del todo, o que habían vuelto del monte porque del monte no se come en invierno, a alimentarlos, a servirlos, a labrar y a pescar para ellos.

Fue una cosa que los del norte casi nunca hacían y que no sabían hacer bien: ocupar.

Los lobos eran maestros de la razzia, del golpe rápido, de entrar y coger y salir antes de que la tierra reaccionara y se organizara.

Quedarse era otra cosa, un oficio que no conocían.

Quedarse era vivir entre los que habías saqueado, verles la cara cada mañana, a los que habían enterrado a sus muertos por tu culpa, dormir en su cama y comer su pan y mirarlos a los ojos.

Y eso, con el tiempo, con los meses largos y mojados del invierno, hace cosas raras en un hombre.

Hace, sobre todo, una cosa que la razzia rápida nunca da tiempo a hacer, y que es la más peligrosa de todas para un lobo: que conozca a la presa.

Y un lobo que llega a conocer a la presa, que le sabe el nombre y la historia y el miedo y la pena, ya no es del todo un lobo, aunque él todavía no lo sepa.

La banda de Áslak, la de su barco, con el viejo Thorgest y otros treinta, tocó en suerte una comarca de la orilla de la ría de Arousa, un puñado de aldeas de pescadores y de labradores apretadas entre el agua y el monte.

Y una de aquellas aldeas era la aldea de Mariña: la que los lobos eligieron para alojarse porque tenía buenas casas de piedra y un buen embarcadero, de cal y de pomares, con su iglesia pequeña de granito y su llanura de fango en la bajamar y sus bateas en el agua quieta.