El sepulcro
Compostela no tenía murallas que valieran, ni gente que la defendiera después de Fornelos, y los lobos entraron en la ciudad del Apóstol como entra la marea en el fango: sin esfuerzo, despacio, llenándolo todo, metiéndose por todas partes.
Se atrevieron. Claro que se atrevieron. Los lobos del norte no le rezaban a aquel santo ni a ningún santo de los cristianos; para ellos no era más que un muerto antiguo metido en una caja de piedra, rodeado, eso sí, de mucho y muy buen metal, y el metal era lo que habían cruzado el mar a buscar.
Áslak entró en la basílica con los demás, empujando, y allí, por primera vez en toda su vida de lobo joven, sintió una cosa rara que no supo nombrar y que no le gustó nada, una cosa que no había sentido quemando aldeas ni matando en Fornelos.
No fue por el oro. El oro lo cogió, su parte, como todos: candelabros altos de plata, una cruz grande de oro con piedras, vasos sagrados, las láminas labradas que arrancaron a tirones de los altares con las hachas.
Fue por otra cosa. Fue por el sitio. Por aquel silencio de piedra, alto, oscuro, frío, que olía a algo dulce y antiguo que ardía en unas lámparas colgadas, un sitio donde la gente de aquella tierra venía desde hacía siglos a hablar con su dios y con su muerto, a llorar a sus difuntos, a pedir, a dar gracias.
Y donde ahora cien lobos del norte arrancaban el metal de las paredes entre risas y juramentos y blasfemias en su lengua, pisando con las botas embarradas las losas bajo las que dormían los obispos viejos, volcando lo que no se llevaban, meando en los rincones.
Había algo en profanar aquel sitio que no había en quemar una aldea ni en saquear una casa.
Una casa es de los hombres; aquello era de algo más, de algo que la gente de la tierra ponía por encima de sí misma, una raíz honda que bajaba al fondo de lo que aquella gente era.
Y meterle el hacha dentro, arrancarlo, pisarlo, era tocar una cosa que no se tocaba.
Áslak lo notó sin entenderlo, como un frío en la nuca.
Y lo notó más todavía cuando, en un rincón de la basílica, junto al sepulcro mismo, vio a un viejo.
Un monje, de rodillas, solo, que no había huido.
Estaba de rodillas junto a la tumba del santo, sin defenderla, porque no tenía con qué, solo de rodillas, con las manos juntas y los ojos cerrados, rezando en voz baja, deprisa, sin parar, mientras los lobos saqueaban a su alrededor y le pasaban por encima y volcaban las lámparas, como si con rezar bastara, como si el santo fuera a levantarse de la piedra a defender su oro y a sus fieles.
No se levantó el santo. Ningún santo se levanta nunca.
Los lobos cargaron el oro y la plata y dejaron al viejo monje de rodillas, rezándole a un muerto que no contestaba, y alguno se rió de él al pasar, y alguno le dio un empujón.
Pero ninguno lo mató, porque matar a un viejo de rodillas que reza no daba ni gloria ni provecho, y hasta a un lobo le daba un poco de no sé qué.
Y Áslak, al salir de la basílica con su parte del tesoro del santo en las manos, con la cruz de oro y los vasos, sintió que aquel oro le pesaba de un modo en que no le había pesado nunca el de las aldeas ni el de las casas.
No supo por qué. No tenía palabras para saberlo.
Tardaría un año entero, y una muchacha de ojos de rabia, y una tierra de lluvia, en entender por qué le pesaba: porque aquel oro lo había sacado del único sitio donde la gente que él había venido a saquear guardaba lo que la hacía un pueblo y no un rebaño de presas.
Y robar eso, aunque fuera oro, no enriquece a un hombre; lo deja, sin que lo sepa, un poco más pobre.