El rey del mar
Áslak llevaba más de un mes sin ver tierra que valiera la pena cuando alguien gritó, desde la proa, que al fin se veía el confín del mundo, y toda la flota se asomó a mirar la tierra del Apóstol como se mira una bolsa que se sabe llena de monedas que aún no se han contado.
Áslak tenía veinte años y era la primera vez que bajaba tan lejos.
Se había enrolado en la flota de Gunrod por lo mismo que se enrolaban casi todos: porque en su fiordo del norte no había tierra para tantos hijos, y al que no heredaba la granja flaca del padre, que era el menor de muchos, no le quedaba más que servir en tierra ajena, como un siervo, o coger en el mar, como un hombre libre.
Y coger en el mar, con un rey de la fama de Gunrod, era lo más cerca que un hombre pobre del norte podía soñar con estar de hacerse rico.
Iba, pues, a la tierra del Apóstol, a coger su parte del tesoro del santo, y no se hacía muchas más preguntas, porque a los veinte años, en el norte, no se hacen preguntas: se rema hacia donde rema el de delante, se confía en el jefe y en la suerte, y se sueña con volver a casa con oro suficiente para comprar una tierra, una mujer, un nombre.
—Mírala —le dijo a Áslak el hombre que remaba a su lado en el mismo banco, un veterano de barba entrecana y manos como garras llamado Thorgest, señalando con la barbilla la línea de tierra verde y brumosa que crecía despacio en el horizonte gris—.
El fin del mundo. Más allá de eso no hay nada, dicen, solo el océano que no acaba nunca y por el que no ha vuelto nadie que se haya atrevido a buscarle el final.
Aquí se acaba la tierra de los hombres. Y aquí, chico, en este último rincón habitado del mundo, lo más lejos que se puede llegar sin caerse del borde, han tenido los cristianos la peregrina idea de guardar el oro de medio occidente, en la tumba de su santo.
—Soltó una risa seca, sin alegría, una risa de viejo lobo—.
Lo guardan en el confín, ¿entiendes?, lo más lejos posible de todo, creyendo que así está seguro, que así nadie llegará.
Y lo único que han conseguido es ponerlo justo donde solo lo puede coger el que se atreve a llegar hasta el fin del mundo.
O sea, nosotros. Reza a quien quieras rezar, Áslak, porque dentro de unos días, si los dioses quieren, vas a ser rico.