La llave de Galicia (El hacha y el arado 3) Cien velas en Arousa
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Cien velas en Arousa

Entraron por la ría de Arousa con la marea de la tarde, las cien velas a la vez, llenando la boca de mar de proa a proa.

Y la gente de las orillas, que las vio venir, supo en el acto lo que eran, porque aquella costa tenía la memoria larga del miedo y reconocía a los lobos del norte aunque hiciera ya dos generaciones que no subían tan adentro.

Corrió el aviso de aldea en aldea más rápido que los propios barcos, saltando de boca en boca y de campanario en campanario: las campanas de las iglesias tocaron a rebato bajo la lluvia, un tañido roto, urgente, distinto del de la misa, un tañido de espanto que toda la ría conocía sin haberlo oído nunca, porque lo llevaba dentro de antiguo, en la sangre, de cuando los abuelos de los abuelos.

Y la tierra hizo lo que sabía hacer ante los lobos, lo único que se podía hacer, lo que se había hecho siempre: huir, esconderse.

Coger lo que se pudiera cargar a la espalda o arrear por delante (los niños, las cabras, el grano, los santos de madera de las iglesias) y subir al monte, a la fraga, a los castros viejos de los antiguos, a esconderse en la niebla y en los robledales y en las brañas altas hasta que la sombra pasara.

Porque las sombras pasan, eso lo sabía la tierra, y lo que hay que hacer con una sombra es durar más que ella.

Contra los lobos no había con qué pelear en la ría: no había muros, no había soldados, no había castillos ni mesnadas, no había más que aldeas de pescadores y de labradores y un puñado de clérigos y de monjes.

Y los monjes no paran hachas con salmos por mucho que recen.

Áslak entró en la ría en la segunda fila de barcos, remando, y lo que vio al principio le pareció una tierra abandonada por sus dioses.

Las orillas verdes se deslizaban a los lados, mojadas, brumosas, hermosas de un modo triste, con sus aldeas de piedra escondidas entre los pomares, sus bateas en el agua quieta, sus barcas varadas en el fango de la bajamar, sus iglesias pequeñas de granito con la cruz mojada en lo alto.

Y todo estaba vacío, mudo, como si la tierra entera contuviera la respiración y se hiciera la muerta para que el lobo pasara de largo.

Solo el tañido de las campanas, lejos, río arriba, donde aún no había llegado el aviso o donde alguien seguía tocando a rebato por pura desesperación, decía que allí vivía gente, gente que en aquel momento corría monte arriba con sus hijos a cuestas.

Los barcos remontaban el agua gris de la ría entre los montes, hacia el fondo, hacia el río que llevaba, decían los cautivos que ya habían cogido en la costa, a la ciudad del santo.

Y los lobos, en las cubiertas, miraban la tierra verde deslizarse con la calma satisfecha del que sabe que ya es suya, y se reían, y se prometían unos a otros lo que iban a coger, igual que se lo prometen los lobos en todas las orillas del mundo antes de empezar a coger de verdad.

Pasaron junto a una aldea de la orilla, una más, de piedra y de pomares, medio vacía ya, con las puertas de las casas abiertas de par en par de la prisa de la huida y las barcas varadas en la llanura de fango que la bajamar había dejado al descubierto.

Y Áslak, mirándola pasar desde la borda, distraído, vio en la orilla, en mitad del fango, a una muchacha.

Una sola. Descalza, con un cesto al brazo, parada en la llanura gris, inmóvil, mirando subir los barcos de dragón con una cara que Áslak no le había visto nunca a una presa en todas las orillas que había pisado: no era cara de terror, ni de huida, ni de súplica.

Era una cara de rabia. De una rabia honda y quieta, una rabia de tierra, la rabia callada de quien ve entrar al lobo en su casa, en su ría, y sabe que no puede hacer nada, y aun así no piensa, por nada del mundo, bajar los ojos ni echar a correr delante de él.

La muchacha miró los barcos subir, uno tras otro, con aquella rabia quieta, y por un instante, uno solo, a Áslak le pareció que lo miraba a él, a él entre los mil que iban en los barcos, que cruzaba toda aquella agua gris con los ojos para clavárselos a él.

Y luego alguien la cogió del brazo desde la orilla, un mozo, su hermano quizá, y tiró de ella con fuerza hacia el monte, hacia la niebla, gritándole algo, y la muchacha se dejó arrastrar, pero sin soltar el cesto y sin dejar de mirar atrás, hacia los barcos, hasta que los pomares se la tragaron.

Áslak no supo por qué se le quedó aquella cara.

Pasaban a centenares las caras de los que huían, en todas las orillas, y todas se olvidaban antes del recodo siguiente, todas eran la misma cara borrosa del miedo.

Aquella no. Aquella se le quedó dentro, sin que él quisiera, sin que entendiera por qué, como se le queda a uno una china en el zapato, una cosa pequeña que molesta y que no se sabe de dónde ha salido ni cómo sacarla.

Siguieron río arriba, las cien velas, hacia el fondo, hacia el corazón de la tierra, hacia la ciudad del Apóstol y su tesoro.

Y detrás de ellos, en el monte, escondida en la niebla con los suyos, temblando de frío y de rabia, viendo pasar allá abajo, por su ría, los barcos que subían a saquear el corazón de su tierra, Mariña apretaba el cesto de berberechos contra el pecho y lloraba, no de miedo, sino de rabia, una rabia que no sabía dónde poner.

Sin saber que uno de aquellos lobos, uno solo, entre los mil que subían el agua de su ría, se había quedado mirándola desde la cubierta, y que aquella mirada cruzada sobre el fango, entre la presa y el lobo, era el primer hilo, todavía invisible, de una historia que ni ella ni él podían imaginar.