La llave de Galicia (El hacha y el arado 3) La tierra de Mariña
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La llave de Galicia (El hacha y el arado 3)

La llave de Galicia (El hacha y el arado 3)

Por JG Martin

© inepub.com

La tierra de Mariña

Llovía sobre la ría como llovía casi siempre, con esa lluvia fina y mansa de Galicia que no es agua cayendo sino aire mojado, una lluvia que no arrecia ni cesa, que está siempre.

Y Mariña, descalza en el fango de la bajamar, cogía berberechos con los dedos entumecidos y no pensaba en nada.

Porque en su tierra no hacía falta pensar para saber estar.

Tenía diecisiete años y no había salido nunca de la ría, y no le hacía falta, porque la ría era el mundo entero.

Era el brazo largo de mar que entraba tierra adentro entre los montes verdes, ancho y quieto, gris como el cielo que lo tapaba, salpicado de las bateas donde se criaba el marisco y de las barcas pequeñas de los suyos.

Y tenía sus mareas, que descubrían dos veces al día aquellas llanuras inmensas de fango donde la gente bajaba a coger el sustento, y sus orillas de aldeas de piedra escondidas entre pomares y castaños, y sus rías hijas y sus esteros y sus juncales donde criaban las aves.

Por una boca, al oeste, la ría se abría al océano grande, al mar tenebroso del que venían las galernas y, decían los viejos, otras cosas peores.

Por el otro lado, al fondo, río arriba, donde el agua salada se iba volviendo dulce, estaban las tierras buenas de labor.

Y más allá, en algún sitio que Mariña no había visto pero que sabía cierto como sabía cierto el cielo, la ciudad del Apóstol, Compostela, adonde iban a rezar los romeros que de tarde en tarde cruzaban la aldea, gente venida de muy lejos, de más allá de los montes, de Francia, con sus bordones y sus conchas, a postrarse ante el sepulcro del santo que, contaban, había llegado a aquella orilla en una barca de piedra, sin remos ni vela, guiado por los ángeles.

Mariña vivía de la ría y de la tierra, como todos los suyos, como se había vivido en aquella orilla desde antes de la memoria de los más viejos.

Su padre tenía una barca, vieja y remendada pero suya, y unas tierras flacas en la falda del monte, un par de leiras de centeno y un soutos de castaños y un huerto.

Y entre el mar y la tierra, entre coger el marisco y pescar y cavar y recoger la castaña, se sacaba el sustento de la familia, que eran ellos: el padre, la madre, Mariña, un hermano mayor, Paio, que ya era casi un hombre y que ayudaba en la barca, y dos críos pequeños que aún no servían más que para enredar.

Era una vida pobre y dura y mojada, una vida de manos siempre frías y de pies siempre en el fango o en la tierra húmeda, de trabajo que no acaba nunca porque el mar y la tierra no descansan.

Pero era una vida enraizada, plantada en aquel suelo y en aquella agua desde tan atrás que ya nadie recordaba haber venido de ninguna parte.

Eran de allí, de la orilla, como los pinos del monte y las piedras de la playa y la niebla que subía cada mañana de la ría; habían estado siempre, estarían siempre.

Iban a misa los domingos a la iglesia pequeña de granito de la aldea, oscura y fría y mojada, que olía a cera y a humedad y a siglos, y rezaban al Apóstol y a la Virgen y a un puñado de santos de nombres viejos que sonaban a antes de los cristianos, a cosas del bosque y del agua.

Y enterraban a sus muertos junto a la iglesia, en el adro, bajo la lluvia, y de los muertos, con los años, salían los nombres de los vivos, que se llamaban como los abuelos, y así seguía girando la rueda, generación tras generación, en la misma orilla, bajo la misma lluvia, comiendo del mismo fango.

Aquella mañana, mientras llenaba el cesto de berberechos con la marea bajando, Mariña levantó la vista hacia la boca de la ría, allá lejos, hacia el oeste, hacia donde el brazo de mar se abría al océano entre las dos puntas de tierra.

Y vio que el cielo, sobre el agua, al fondo, estaba más oscuro y más bajo de lo que pedía la hora.

No le dio importancia. En la ría el cielo estaba casi siempre oscuro sobre el mar.

De allí venían las tormentas del oeste, las galernas que de cuando en cuando se llevaban una barca y un padre y dejaban a una familia llorando en la orilla.

Era el precio del mar, y se pagaba sin rechistar, porque el mar también daba.

Volvió a su marisco, a sus dedos fríos en el fango, a su tarea.

No sabía, no podía saber, que aquella oscuridad sobre la boca de la ría no era una galerna.

Que lo que venía del mar aquella vez no era agua ni viento.

Que el mar, que le había dado de comer a su familia toda la vida, que era la mitad del mundo de los suyos, estaba a punto de traerle, por una vez, la peor cosa que un mar puede traer a una orilla: hombres de otra orilla, hambrientos, en barcos con cabeza de bestia tallada en la proa.

Pero eso fue después. Aquella mañana solo llovía, fina y mansa, sobre la ría, y las garzas pescaban en los esteros, y el humo de la aldea subía recto en el aire sin viento.

Y Mariña cogía berberechos en el fango, descalza, entumecida, en paz, dentro de la única vida que conocía y que daba por eterna, sin saber que estaba viviendo uno de los últimos días del mundo en que había nacido.