Epílogo
L os pies de Carla seguían clavados sobre el suelo de mármol de la sala del trono. Lo que hacía unos minutos era algo seguro, algo que podía poner fin a todos sus problemas, se había esfumado. El futuro que había dado por hecho se le había deslizado entre los dedos, perdiéndose sin entender cómo.
Sin embargo, todo aquello no le importaba lo más mínimo.
Tenía el pecho encogido por lo que acababa de ver.
La expresión de su rostro.
El vacío en sus ojos del color del ámbar verde.
Lo abandonaría todo si con ello conseguía evitarle aquel sufrimiento.
—Princesa Carla —la llamó el rey.
—Lo siento, majestad —respondió, sobresaltándose.
Se había acercado hasta ella y no se había dado ni cuenta.
—Por favor, acompáñame. —Le ofreció su brazo como apoyo.
—Lo que ordene —aceptó por inercia.
Salieron en silencio a través de una pequeña puerta oculta en la pared del fondo. El rey la guiaba a la vez que la sostenía. Evitaba que las rodillas le fallaran, dejándola caer.
Un pequeño jardín cubierto se abrió ante ellos, cambiando la luz a su alrededor.
Ni siquiera sabía por dónde habían llegado hasta allí.
Aquel vergel tenía una belleza extraordinaria a pesar de su tamaño.
Las plantas crecían salvajes, sin forma ni control.
La naturaleza se abría paso mostrando todo su esplendor.
Se tragaba poco a poco toda señal de civilización y a nadie parecía importarle.
Una ligera cascada artificial corría por las piedras verticales junto a la entrada.
El agua caía muy lentamente, recreando una melodía apacible y relajante.
—Siéntate conmigo. —Le señalaba unas sillas de hierro forjado, casi absorbidas por lo que parecía jazmín blanco.
Hizo lo que le pedía sin mediar palabra.
—Te iba a ofrecer un té, pero creo que necesitamos algo para calentar el cuerpo. —Puso su mano sobre la de Carla—. Estás algo pálida. Debe ser duro haber perdido la oportunidad de este matrimonio.
Le hizo una seña a su sirviente, que se encontraba junto a la puerta.
—¿Podría hablar el príncipe Kiran? —rogó Carla, sin contenerse.
—Permíteme un poco de tu tiempo; luego podrás ir con él. Si te acepta… —Dejó que las palabras quedaran en el aire antes de continuar—. ¿Te importa dejar el protocolo por un rato? No soporto las formalidades en mi pequeño jardín.
—No podría —se negó, con la sensación de que estaba manipulándola de algún modo.
—Te lo ruego.
Los ojos del rey eran muy parecidos a los de su hermano en forma y tamaño. Por eso le había dado aquella sensación de familiaridad al conocerlo. Y tal vez por eso no podía apartar la mirada.
Confiar en él después de lo que había presenciado sería un error.
No bajaría la guardia, pero algo la empujaba a querer complacerle.
—¿Cómo debo llamarte? —accedió al fin.
—Puedes llamarme Víctor, si te place. —Una sonrisa, que dejaría sin aire a cualquiera, se dibujó en sus labios—. Solo en este lugar y cuando estemos solos.
—Entonces, seamos solo Víctor y Carla.
El sirviente de cabello negro volvió con una bandeja de plata.
Dos vasos de cristal ornamentado brillaban sobre ella.
Una botella a juego con un líquido ambarino en su interior los acompañaba.
La colocó sobre la pequeña mesa ante ellos y les sirvió su contenido antes de retirarse como si no hubiera estado allí.
—Por favor —la invitó a beber—. Te hará bien.
—Gracias, Víctor, bebe conmigo —le pidió Carla, acercándose el vaso a los labios muy lentamente mientras esperaba a que el rey lo probara primero.
Cuando dio su primer trago, la princesa lo imitó.
Había aprendido la lección.
Si había veneno, lo tomarían los dos.
No sabía qué era, pero su sabor era como a frutas maduras con un toque avainillado. Sintió cómo su calidez le recorría el cuerpo al bajar.
—¿Te gusta?
—Tiene buen sabor —aceptó—. ¿Qué es?
—Es brandy. Mi abuela creía que una buena copa de esto puede consolar hasta el alma más decaída con su calor. No sé si tiene esa cualidad, pero me agrada en el paladar.
—Es agradable, pero no sé si encontré consuelo. —Levantó la mirada del interior del vaso y se topó con el mismo color y calidez en sus ojos—. ¿Por qué estoy aquí, Víctor?
—No te andas con rodeos, ¿cierto? —Se colocó un mechón de pelo tras la oreja—. Te pedí que vinieras porque quería darte las gracias.
A pesar de sus gestos, tan naturales, era aún menos expresivo que su hermano.
—¿A mí? —preguntó confusa.
—Salvaste la vida de Kiran durante vuestro viaje.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
No fue la princesa Carla quien salvó al príncipe, fue Ana de Luca.
Él no podía saberlo.
—No, yo no… —quiso mentirle, pero no le salía.
—No tienes por qué esconderte. Sé que te ocultaste a plena vista viajando como tu propia escolta. —Observaba el movimiento de cada uno de los músculos de la cara de Carla, que no podía controlar.
—Pero ¿cómo?
—El doctor Ille —soltó riéndose de la expresión que debía tener—. Me lo contó todo cuando acudió a mí para impedir que el médico real te hiciera la revisión.
—Pero ¿cómo lo supo él? ¡Nunca me dijo nada! —inquirió con los ojos muy abiertos.
—Owen es casi tan listo como mi hermano Kiran, pero tiene una gran ventaja. Su malicia. Me temo que no puedo decirte cómo lo averiguó. No me reveló su secreto. Creo que se lo está guardando en la manga para ver tu cara cuando te lo cuente.
—Ya me lo imagino… —suspiró Carla—. ¡Maldito cabrón! ¡Ahora entiendo muchas cosas!
—¡Ja, ja, ja! Probablemente, esta sea la reacción que espera.
—No lo dudo…
—Estoy en deuda contigo —insistió el rey—. Si necesitas ayuda, en cualquier momento, solo tienes que pedírmela.
—No lo hice buscando una recompensa, Víctor —respondió con firmeza.
—¡Je! Puede que, después de todo, la percepción que tengo sobre ti no esté tan distorsionada como creía.
—¿Ya tienes una imagen sobre mí? A mí me cuesta un poco más de tiempo.
—Parto con ventaja —se explicó—. Tengo la opinión de los que te acompañaron en tu viaje de antemano.
—¿Alguien más conoce mi secreto? —Casi se atragantó ante aquella posibilidad.
—No, creo que soy el único.
—Entonces, ¿te has formado una opinión sobre mí solo con lo que te ha contado Owen?
—Querida, deberías tener un poco más de picardía —la reprendió Víctor con sorna—. Solo tuve que preguntar sobre Ana De Luca. Todos supusieron que quería recompensarla, lo que era verdad.
—Entiendo. —Carla se dio cuenta de que tenía fijación por lo más simple.
—Todo eran cumplidos para la famosa capitán —le contó el rey con una amplia sonrisa—. Reconozco que pensé que era una elaborada fachada. Parece que estaba equivocado…
—No será el caso —respondió ante semejante halago—. Es evidente que al menos alguien de tu entorno cree que no soy apropiada. Después de lo de antes, ya deberías dar por sentado que tu madre tiene muchos reparos sobre mi personalidad.
—Lamento profundamente lo ocurrido. —Borró de golpe su sonrisa.
Carla se le quedó mirando algo molesta.
—Ya que me has pedido familiaridad, ¿puedo ser sincera?
—Puedes.
—¿Por qué no la detuviste? —soltó sin pensarlo—. Pudiste ver el terror en el rostro de tu hermano igual que yo.
La miraba extrañado, como si fuera un objeto raro al que no le encontrara utilidad.
—De haber podido, lo habría hecho.
—¡Je! —rio Carla en tono despectivo—. Entiendo, la corona primero…
—No, no lo entiendes —la cortó él—. Y no, la corona no está por encima de todo. Mucho menos por encima de mis hermanos.
La certeza en su respuesta la había dejado confusa.
—No podrías entenderlo sin conocer todos los detalles de la historia. —Cambió el tono a uno más amable.
Se quedó callado esperando una réplica, pero Carla no supo cómo responder.
—¿Puedo preguntarte algo? —La curiosidad estaba plasmada en la cara del rey.
—Puedes, pero tal vez te responda sin decirte nada —le reprochó, cargada de ironía.
—Es justo —aceptó él, con una media sonrisa que lo hacía parecerse aún más a su hermano—. Dime, ¿por qué antepones el sufrimiento de alguien a quien apenas conoces?
—¿La verdad? No lo sé —respondió Carla mirando al suelo—.
Toda mi vida he tenido una meta clara. Ser coronada es el deber que se me impuso.
El camino ante mí siempre ha tenido ese destino y no me importaba lo duro que fuera.
Podía ahogar mis sentimientos en lo más profundo de mi ser para seguir adelante, pero… hoy no he podido continuar.
Tragó saliva con fuerza, tratando de despejar la garganta.
—Ver el miedo en sus ojos fue superior a todas mis fuerzas.
Solo pensaba en ponerlo a salvo. —Apretó los dientes al recordar cómo la reina le había cruzado la cara al príncipe—.
Me educaron y entrenaron para soportar el dolor, pero no pude con el vacío que inundó mi cuerpo al mirarle en ese momento.
—Nunca creí que la realidad pudiera superar a los rumores —le dijo cogiéndole la mano—. Lo entiendo. Aún lo siento en mi pecho. Agradezco que estuvieras a su lado para detenerla.
Un profundo suspiro salió de entre los labios del rey.
—Con tu respuesta te has ganado mi confianza, Carla —le apretó la mano con ternura—. Te diré por qué no intervine.
Ella levantó la cabeza por la sorpresa.
—¿Te han dicho alguna vez que cambias demasiado de opinión, Víctor?
—¡Ja, ja, ja! —rio él a carcajadas—. No he cambiado de opinión. Solo actúo en el momento oportuno. Cuando seas reina, lo entenderás.
Víctor cogió aire. Un ligero temblor le llegó a Carla a través de su mano.
—No he dicho estas palabras en voz alta demasiadas veces, así que te ruego que permanezcan en este jardín —le pidió, mirándola con un brillo de desesperación en sus ojos.
—Lo juro —respondió ella, solemne.