CAPÍTULO 36 #2
—Los términos del acuerdo los pone la princesa según sus leyes —respondió el príncipe con la voz ronca.
—¡Sabía que no debía dejarte solo! —le espetó ella fuera de sí—. ¡Siempre has sido un inútil! ¡No habrá acuerdo!
—Perdóneme… —quiso intervenir Carla al ver su actitud, pero Kiran la cortó dando un paso adelante.
—Madre, no podrás impedirlo. Cumpliré veintiún años en tres meses. Puedes aprobar ahora este compromiso y seguir formando parte de mi vida o, de lo contrario, lo acordaré cuando no necesite tu permiso.
La reina bajó los escalones casi corriendo, sujetándose la falda del vestido para no enredar sus pies.
Su elegancia fue relegada por la ira que llevaba grabada en su rostro.
Se paró frente a él y le propinó una cachetada que resonó entre las paredes de mármol como un trueno en una tormenta.
Carla se mordió el labio para quedarse donde estaba.
No podía intervenir.
—¡¿Cómo te atreves?! —le gritó con los ojos rojos de la rabia que contenía—. Después de todo lo que he sacrificado… ¡Eres un desagradecido! ¡Un despojo! ¡Nunca supiste cuál era tu lugar! ¡No voy a permitirlo! ¡Esta vez no saldrás hasta que regreses a tus cabales!
El cuerpo de Kiran temblaba junto a ella sin poder evitarlo. Las perlas de sudor adornaban su frente como gotas de rocío. Su cara se tornaba cada vez más pálida.
La garganta de Carla comenzó a arder. Se mordía con tanta fuerza que el sabor del cobre le inundaba la boca.
Aquella mujer llevaba toda su vida manipulándolo. Había sometido la voluntad de su hijo a través del rechazo y el terror.
Quería detenerla, partirle su impoluta cara.
Y no podía.
Pero los ojos de Kiran… Su dolor la golpeaba, arrebatándole el aire de los pulmones.
Tenía que hacer algo.
No importaban las consecuencias.
Daría lo que fuera por liberarlo de ese sufrimiento.
Carla llevaba toda la vida anteponiendo el futuro de Frisia.
Había perdido demasiado.
Había dejado partes de sí misma por continuar.
Pero lo que sentía en ese momento, viendo cómo él se estaba consumiendo, no se podía comparar con nada de lo que había vivido hasta ese día.
Podía soportar que la golpearan, la atravesaran con un arma, la lanzaran a un río helado y la tiraran de su montura.
Incluso todo al mismo tiempo.
Pero no seguir viendo aquello.
—Antho… —No, ese no era su nombre.
Se aclaró la garganta, tras soltar el aire que estaba conteniendo.
—Kiran. —Lo llamó en un susurro.
No respondió.
Estaba atrapado dentro de su propio cuerpo.
No estaba allí.
Alargó la mano lentamente hasta la suya, temiendo su reacción.
Rozó su meñique con los dedos. Una fina caricia, llamando su atención.
Ante el contacto de su piel, se giró con un ligero sobresalto, como si esa descarga que la recorrió al tocarlo hubiera ido en ambas direcciones.
La miraba a los ojos, pero ese brillo que tanto la perturbaba había desaparecido.
Carla le sonrió con ternura, intentando que solo se fijara en ella.
Debía traerlo de vuelta, minimizar el control que tenía esa mujer sobre él.
Si mantenía su atención, tal vez podría conseguir que la escuchara de nuevo.
—No es necesario. —La voz se le ahogaba al pasar por el nudo que le apretaba la garganta—. Por favor, no puedo… Esto también es ponerte en peligro. Encontraré otro modo.
»Siempre lo he hecho.
—¡Ahora lo entiendo todo! —bramó la reina, dirigiéndose hacia Carla—. ¡No sé qué artimañas has utilizado, pequeña simplona, pero no permitiré que nos humilles de este modo! Y tú, ¡¿cómo te has dejado engatusar por alguien que no tendría ningún valor si no fuera por su corona?!
Sus palabras se convirtieron en un resorte, haciendo girar al príncipe hacia su madre.
—¡No digas nada más! —rugió él con una mirada fría.
La reina retrocedió, no por sentirse amenazada, sino traicionada.
—Por favor, Kiran. —Carla enlazó sus meñiques, los mismos con los que habían sellado su promesa—. Ha terminado. No tienes que pasar por esto. Es mi deber. No lo hagas.
»No… por mí .
Le rogó con la mirada. Reprimiendo la necesidad que tenía de envolverlo en un abrazo.
Quería consolarlo, evitarle toda aquella situación. Separarlo de aquella horrible mujer y llevarlo a un lugar muy lejos donde no pudiera encontrarlo.
Pero no podía.
—Majestad —se interpuso entre el príncipe y su madre, soltándose de su dulce contacto—, dado que no está de acuerdo con el contrato que le puedo ofrecer, me veo obligada a abandonar la propuesta.
»Volveremos al reino de Frisia sin dilación.
—No, por favor… —intentó protestar Kiran, pero fue interrumpido por ella .
—No habrá compromiso en esas condiciones. Puedes volverte por donde has venido —sentenció la reina dándose la vuelta con ímpetu, abandonando la sala del trono.
El portazo que dio al salir quedó resonando entre el mármol, dando paso a un incómodo silencio.
El rey Víctor, que no había abierto la boca mientras su madre estuvo presente, tenía la mirada fija en ellos.
—Kiran, por favor, déjame a solas con la princesa Carla. Quiero hablar con ella.
El príncipe le dedicó una mirada triste antes de salir por la puerta principal.
No la miró.
Solo agachó la cabeza, con una mueca complicada en su cara, y se alejó de ella sin decir nada.
Carla se quedó clavada en el lugar en que estaba.
El vacío que le nacía en el pecho se extendía como el fuego en la hojarasca seca.
La puerta la llamaba. Deseaba ir tras él, lo necesitaba, pero en ese momento… no tenía ni idea de qué hacer.
El compromiso que hacía una hora estaba tan claro se había roto con solo cuatro palabras: «consorte de la reina».
Todo por lo que había luchado, lo que había llevado hasta allí, se había derrumbado.
Había renunciado a la última carta que le quedaba.
Y a pesar de ello, de lo único de lo que se arrepentía era de que Kiran hubiera soportado aquel tormento por su culpa.
Continuará…