La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 36
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CAPÍTULO 36

S olo una ventana iluminaba la estancia en la que esperaban.

Era pequeña y oscura. Parecía más una sala de servidumbre que un lugar destinado a la nobleza.

Los muebles eran de buena calidad y estaba todo limpio; aun así, producía una sensación de agobio constante.

Carla había comenzado a revolverse de la impaciencia.

No quería permanecer allí durante demasiado tiempo.

Era otra jaula, esta vez diseñada para amedrentar.

—¿No vas a contarnos lo que pasa? —le preguntó Isobel tras chasquear la lengua.

—Es evidente, ¿no? —Miraba a través del cristal, perdida en el exterior.

—La verdad es que no tanto, amiga mía. —Se le acercó Alan por la espalda, tomándola por el hombro—. ¿Estás bien?

—No lo sé. Debería estarlo, ¿verdad?

—No me importa lo que debería ser, Carla. —Su mirada la perforaba, cargada de preocupación—. Solo cómo te sientes.

—Pues engañada. Confundida. Puede que feliz y triste al mismo tiempo. Siento tantas cosas que no soy capaz de controlarlas y ahora tengo que ver al rey —explicó conteniéndose como podía—. Debo guardarlo todo y comprimirlo hasta que no pueda sentir nada.

—¿De verdad Anthony es el príncipe Kiran? —preguntó Alice, apoyada contra la pared al otro lado de la sala.

—Sí. Ha viajado con nosotros durante todo este tiempo. Anthony solo era un papel que interpretaba para no ser descubierto.

—¡Sabía que algo no encajaba! —escupió Isobel, sin ser capaz de contener su necesidad de tener la razón.

—Te lo ruego. Ahora no es el momento —pidió a su prima apretándose los dedos—. No puedo con esto.

—Lo siento. —Bajó la cabeza, entendiendo que Carla estaba al borde del colapso.

—Lo único que importa es el compromiso —apuntilló, por si les quedaba alguna intención de seguir preguntando.

El silencio se instaló entre ellos. Carla sabía que la respetarían, pero podía percibir su incomodidad.

Lo entendía.

Quería evitarles la preocupación, solo que no podía hacer nada para conseguirlo.

La conversación con el príncipe se le paseaba por la cabeza una y otra vez. Insistía en mantener su promesa, en continuar adelante sin pedir nada a cambio.

Y seguía empeñado en decir que Carla no podía estar con alguien como él.

«¿Por qué?», se preguntaba absorta en sus pensamientos.

Trataba de olvidarlo. De centrarse en la necesidad del acuerdo para mantener la paz y ser coronada, pero él… no necesitaba nada de ella.

Podía elegir, y la escogía a pesar de todo.

—Buff —resopló, obligándose a enfocarse.

Sus compañeros la miraban de reojo. No querían insistir, pero podían ver la desesperación que se le reflejaba en el rostro.

—Esta sala está planteada para inquietar a los que esperan audiencia con el rey —aseguró Alice al comenzar su quinta vuelta.

—O para dejarles claro cuál es su lugar —expuso su hermano, apoyado en la pared junto a Carla.

—Lo que está claro es que no pretenden que te sientas cómodo —sentenció Isobel sentada en el tresillo junto a la mesa para el té.

Carla agradeció que rompieran el mutismo que la estaba ahogando poco a poco.

Respiró profundamente.

«Mantente firme», se espoleó.

El deber y el reino.

No había nada más.

La puerta se abrió sin aviso previo. Un sirviente, de cabello oscuro y ojos color esmeralda, entró realizando una perfecta reverencia.

Todo en él: su ropa impoluta, su expresión, su forma de moverse y su sonrisa, era la definición de perfección. Deslumbraba aun estando en aquella apagada y triste estancia. Incluso la hacía parecer más acogedora con su presencia.

—Alteza —la llamó sin levantar la cabeza—, su majestad el rey la espera.

Carla alineó los hombros y caminó con paso decidido hacia la entrada, seguida de sus tres escoltas.

—Disculpe —se incorporó el sirviente sin apartarse del umbral—, ha ordenado que asista sola.

—¡De ningún mo…! —quiso protestar su prima, pero se detuvo al ver cómo la mano de Carla se levantaba para detenerla.

—Pueden esperar aquí —informó él, retirándose a un lado para que pasara ante él.

—Estaré bien —trató de calmarlos al salir—. No hay de qué preocuparse, soy su invitada.

—Así es, Alteza —confirmó el sirviente, cerrando la puerta tras ella.

Carla lo siguió por el pasillo hasta la puerta contigua. Dos guardias la flanqueaban con sus lanzas en ristre. Al verlos aparecer, se retiraron al tiempo que les abrían ambas hojas, dándoles paso.

El color rosado de la luz del atardecer brillaba sobre el mármol blanco de la sala del trono. No tenía nada que ver con el lugar del que venía. Era sencilla y simple a pesar de su gran tamaño, pero a la vez imponía por su apariencia solemne.

El trono estaba vacío.

El rey se encontraba de pie, apoyando su brazo de manera casual sobre el respaldo.

En el asiento de la reina se encontraba su madre.

Imponente.

Su rubio cabello reflejaba los destellos rosáceos en su inmaculado recogido. Era la imagen exacta de lo que debía ser una monarca.

Carla tragó saliva al verla. No pudo evitarlo. Por un instante la hizo sentir insignificante bajo su mirada inquisitiva.

Había tenido una muestra de cómo era en su primer encuentro. Ahora, tras el relato de Kiran, podía ver más allá de su elegante y digna fachada.

A su lado, a unos metros de ella, había un hombre pequeño y encorvado que parecía estar asustado. Debía ser el abogado.

Y al pie de los escalones del trono, se encontraba él .

Casi podía escuchar cómo le crepitaba la espalda por la tensión de sus músculos.

Carla metió el pulgar en el interior del puño, preparándose para tener algo que apretar sin que nadie pudiera verla.

En cuanto se cerraron las puertas, el príncipe se acercó hasta ella mostrándole una leve sonrisa.

Hasta los dientes le crujían.

—Princesa Carla —le ofreció su mano para acompañarla.

Pudo sentir la ansiedad que desprendía su cuerpo al instante de tocarlo.

«¿Qué coño pasa aquí?», se preguntó, esforzándose por mantener un semblante impenetrable.

No era propio de él demostrar sus estados de ánimo.

Se detuvo de frente al trono y le soltó la mano, casi como si lo hubiera quemado.

Carla se adelantó, respirando profundamente, inclinándose ante ellos en su mejor reverencia.

—Majestades —presentó sus respetos antes de elevar la mirada.

La reina madre la examinó de arriba abajo sin dejarse ni un solo centímetro.

Su actitud había cambiado.

El rostro que le había mostrado durante su almuerzo había desaparecido, junto con su amabilidad.

Carla podía ver el reflejo de la persona que le había descrito Kiran.

—Bien —soltó ella sin florituras—. Has tenido tu tiempo para confirmar las cláusulas del contrato de compromiso, Kiran. Infórmanos de los detalles para que nuestro abogado pueda redactar el acuerdo.

Él no respondió.

Sus puños vibraban por la presión que ejercía sobre sus propias manos.

—Si me lo permite, majestad —intervino Carla, atrayendo para sí aquella mirada cargada de desprecio—, quisiera exponerle las principales cláusulas que hemos acordado.

—No se detuvo a esperar su consentimiento—.

Será un contrato de compromiso de diez meses.

La boda se celebrará, si llega a término sin incidentes, en el mes de noviembre.

—Me parece correcto —aceptó la reina sin reparos, asintiendo con vehemencia.

—El reino de Salm recibirá una dote, por un valor de cien mil monedas de oro —continuó con su explicación—.

El príncipe Kiran recibirá una asignación anual de quinientas monedas de oro para uso personal.

Todos sus gastos serán suplidos por la Casa Real de Frisia.

Si desea algo fuera de los gastos habituales, lo podrá solicitar bajo la aprobación previa de la corona.

—Podría ser mejor —respondió ella con una mirada despectiva—, pero entendemos que las condiciones económicas del resto de los reinos no pueden equipararse a la nuestra.

Carla se espachurró el dedo para contener la lengua y no responder a su prepotencia.

—Se exigirá que el príncipe pueda engendrar al menos un hijo durante el matrimonio —continuó—. No importa el sexo, pero es necesario que pueda proporcionar un vástago. Es su deber. Si no pudiera, el matrimonio podrá ser anulado según las leyes de nuestro reino.

—¿Cómo saber quién es el culpable de no engendrar hijos en una pareja? —preguntó airada, ante la presunción de que fuera su casa y no la de la princesa.

—Es sencillo —respondió Carla con firmeza—.

Después de la anulación, si yo no pudiera engendrar un hijo con otro hombre durante más de un año, el príncipe Kiran sería indemnizado como compensación.

Si engendrara un hijo en otro matrimonio, quedaría demostrada su incapacidad.

En ese caso, el reino de Salm tendrá que hacer lo propio como compensación por el tiempo perdido. ¿Están de acuerdo?

La reina miró al abogado, que cada vez estaba más cerca de la pared como si quisiera meterse dentro. El hombrecillo asintió ante la pregunta que le hacía sin palabras.

—No habrá problema alguno al respecto —proclamó con altivez—. Aceptamos la cláusula. La semilla de la casa de Grayson es fuerte.

Carla asintió, manteniendo la mirada fija en ella.

No se retiraría en lo más mínimo.

Continuaría hasta conseguir aquella alianza.

—Como consorte de la reina. En caso de…

La madre del rey se levantó de su asiento como si algún insecto la hubiera picado.

—¿Cómo que consorte? —Su impasible expresión se había desencajado.

—Claro está —respondió Carla sin entender—. El príncipe Kiran será mi consorte como reina de Frisia.

—¡Eso no era lo acordado! —increpó ella—. ¡Será designado rey!

—Con todos mis respetos —trató de mantener la calma como pudo—, no veo modo alguno en el que haya habido confusión a este respecto.

Las leyes son claras. Solo los descendientes de la sangre de los Meredith podrán ser nombrados reyes.

El hombre que contraiga matrimonio con una heredera al trono será su consorte.

De este modo, los herederos nacidos de su unión llevarán el apellido Meredith.

—¡Eso es denigrante para la casa Grayson! —Había perdido la compostura—. ¿Tú has aceptado esto? —le preguntó con rudeza a su hijo.