CAPÍTULO 35
E l silencio reinaba por los pasillos mientras se dirigían a la sala del trono. Kiran había soltado la mano de la princesa al abandonar la biblioteca. Caminaron uno al lado del otro, con la tensión candente aún entre ellos. Seguían al chambelán y a los guardias de palacio que los precedían.
Sus tres escoltas caminaban tras ellos.
Carla lo observaba de reojo, apretándose los dedos sobre su regazo.
—¿Se encuentra bien, príncipe Kiran? —le preguntó como si viera en su interior.
La miró, tratando de que la ansiedad no se le viera reflejada en el rostro.
—No te preocupes por nada —la tranquilizó, negándose a usar de nuevo el trato formal con ella—. Nuestro acuerdo es al que llegamos en privado. Nada de lo que se diga en esta sala lo cambiará.
Ella frunció los labios, conteniendo su preocupación.
De pronto, la comitiva se detuvo en seco.
—Su alteza la princesa Carla y su guardia deben esperar en la sala contigua —informó el chambelán—. Su majestad ha solicitado tener una audiencia con usted antes de la reunión.
—La princesa debe acompañarme —respondió Kiran tajante.
—Es una orden del rey. —No dio su brazo a torcer.
—Pero… —intentó insistir.
—No se preocupe —los interrumpió Carla, mirándolo a los ojos—. Esperaré.
—Como desees —respondió con un suspiro—. Te veré más tarde.
Tomó su mano y se la acercó a los labios sin tocarla, como demandaba el protocolo. Su olor y su tacto lo embriagaron como una ligera brisa al alba.
Siempre supo que no era para él.
Se había estado engañando a sí mismo…
Al soltarla, extendió los dedos tratando de liberarse de la sensación que se le adhería a la piel, reclamándole que volviera a tocarla.
Los guardias abrieron la puerta de la sala, dejándoles paso. Cerraron en cuanto entraron, quedándose uno a cada lado para custodiarla.
Kiran continuó hasta la siguiente entrada, seguido por el chambelán, que corría tras él dando saltitos con sus cortas piernas.
Abrieron las hojas de madera al verlo llegar.
—Solo su alteza, el príncipe —le cortaron el paso al ver que lo seguía al interior.
Su cara dejaba claro que lo habían ofendido, pero no discutió. Se retiró un paso, viendo cómo las puertas se unían ante su nariz.
El salón estaba completamente vacío. El mármol brillaba con la luz de la tarde que dejaban pasar las cristaleras. Era completamente blanca, incluso el trono donde se encontraba sentado su hermano, el rey.
—Majestad —se inclinó Kiran ante él, mientras miraba de reojo en busca de su madre—, ¿me ha mandado llamar?
—No está aquí —le respondió Víctor al darse cuenta de que la buscaba—. Quería hablar contigo antes de que llegara.
—Estoy a su servicio. —Se levantó, mirándolo con curiosidad.
—Dime, Kiran —le hizo una seña con la mano para que se acercara—. ¿Esto es lo que quieres?
—¿A qué se refiere? —preguntó sin entenderlo.
—Este compromiso, ¿es lo que quieres para tu futuro?
—¡Je! —rio Kiran sorprendido, sentándose en los escalones a los pies del trono—. Hermano, ¿puedo llamarte así y hablarte como tal?
—Puedes y debes…
Algo en su rostro había cambiado; se había relajado.
—¿Me lo preguntas ahora? —espetó Kiran un tanto exasperado—. Ya es un poco tarde, ¿no crees?
—Mientras no se haya firmado, no lo será. —No había duda en sus palabras—. Incluso si lo estuviera…
—¿Qué intentas decirme, Víctor?
—Sabes que yo no sirvo para estas cosas —soltó junto con un profundo suspiro—.
Siempre he mirado desde lejos, sin intervenir, mientras ella te obligaba a instruirte para este cometido.
Padre nunca puso objeciones. Tendría sus propias razones para no hacerlo, pero la verdad es que yo…
me siento culpable por haber mirado para otro lado.
—Tenías tu propia carga. Tenías que prepararte para ser nuestro rey.
—Eso no es excusa. Aunque es cierto que no podía renunciar a la corona, no debí inhibirme de ese modo. Te lo vuelvo a preguntar, ¿este compromiso es lo que tú quieres?
—Lo cierto es que me alegro de que me lo preguntes ahora y no hace dos meses —respondió Kiran, divertido por la situación—. Sin duda, mi respuesta habría sido distinta.
Le dedicó una sonrisa amable. Apoyaba la barbilla sobre su mano, con el codo apostado en el reposabrazos de mármol.
—Cuando Marcia me rogó para que permitiera tu viaje, no estaba muy convencido. Pero ahora veo que tenía razón. Has cambiado, y de algún modo creo que ha sido a mejor.
—Quiero firmar mi compromiso con la princesa Carla, hermano.
El rey lo miraba perplejo, como si no le hubiera escuchado bien.
—¿Estás seguro?
—Nunca he estado más seguro de nada —respondió con una traicionera sonrisa que se le dibujó en los labios.
—No voy a mentirte diciéndote que lo entiendo, pero si es lo que quieres, no me interpondré —aceptó, levantándose para sentarse junto a él—. Solo… ¿Podría preguntarte la razón?
—Buff —resopló Kiran mirando al suelo—. Es bastante complicado, la verdad. Puede que algún día te cuente la historia completa, pero por ahora solo puedo decirte que mi deseo es estar a su lado.
—¿Así, sin más? —preguntó, realmente sorprendido—. No querrás contarme el cuento de que te has enamorado de una princesa paseando con ella en un carruaje, ¿verdad?
—¡Ja, ja, ja! —rio Kiran poniéndole la mano sobre el hombro—. ¡De ninguna manera! Ya te dije que es algo complejo. Si tengo que resumirlo, te diría que encontré una luz que ha iluminado mi camino y no quiero dejarla ir.
—¡Buah! ¡Por los dioses! —soltó él, poniendo cara de haberse tragado un insecto—. ¡Eso suena a frase de novela romántica!
—¡Ja, ja, ja! —volvió a reír ante su cara de asombro—. Puede que tengas razón, pero te aseguro que nuestro viaje no pudo estar más alejado de lo que ocurre en una de esas historias.
—No lo parece. —Le apretó la rodilla con afecto—. No es que me guste quedarme con esta intriga, pero respetaré tus decisiones. No puedo negártelo después de verte sonreír así.
Kiran suspiró con cierta tristeza.
—No sé si es la vida que padre esperaba para mí —dejó salir las palabras mirando de nuevo al suelo—.
No puedo decirte que esté enamorado, porque no sé lo que significa eso.
Ni siquiera sé si ella siente algo hacia mí.
A decir verdad, lo dudo mucho. Lo único que sé es que estoy convencido de que mi lugar está junto a ella.
—Te creía más inteligente —le reprochó Víctor—.
Padre no te pidió que vivieras un cuento de hadas.
Eso solo existe en los libros. Él quería que sacaras la cabeza.
Que salieras al mundo a romperte la boca con lo que viniera y te levantaras después.
La vida consiste en eso, avanzar para a veces caer, pero siempre levantarte.
—¿Crees que estaría satisfecho con mi elección? —preguntó en un susurro—. ¿Crees que me equivoco?
—Padre estaría satisfecho desde el día que te lanzaste al camino —le dijo Víctor con una sonrisa—.
En cuanto a si te equivocas o no… No sé las razones que te llevan a firmar este compromiso, pero son tuyas y de nadie más.
Las circunstancias que te rodean ahora pueden cambiar en un abrir y cerrar de ojos.
Lo que hoy es adecuado, mañana puede no serlo.
Lo has elegido y, si no tomas ese camino, te arrepentirás. Sea cual sea el resultado.
—¡Je, je! —rio Kiran, cubriéndose la boca—. Puede que incluso llegues a ser un rey sabio, hermano.
—¡¿Eso han sido palabras de halago encubiertas en desdén, Kiran?! —rio, pasándole su brazo sobre los hombros, atrayéndolo hacia él—. Si hace dos meses me hubieran dicho que tenías sentido del humor, los hubiera encerrado por perder la cordura.
—¡Para! ¡Que me estrangulas! —reprendió Kiran a su hermano, soltándose de su abrazo—. ¿Puedo preguntarte algo?
—Pregunta, pero date prisa. Está a punto de llegar. —Miró de reojo a su sirviente que estaba junto a la puerta del fondo.
—Siempre he tenido la sensación de que no querías ser el heredero al trono, ¿me equivoco?
—¡Je! —rio él, intentando ocultar la tristeza reflejada en sus ojos—. Por algo te llaman el príncipe estratega . Puedes ver todo lo que sucede en el tablero. No, no te equivocas. Nunca he querido esta responsabilidad.
—Entonces, ¿por qué no renunciaste a la corona? Y no me digas que porque era tu deber. No te pega nada.
—No podía hacerlo. No puedo —le respondió levantando la mirada hacia él—. No es justo.
Kiran no entendía lo que quería decirle. Solo estaba seguro de que prefería no hacerlo.
—Es mi carga —le dijo con firmeza—. Solo quiero que sepas una cosa. Grábalo en esa hábil cabecita. No importa lo que me veas hacer sentado en ese trono, aunque contradiga todo lo que te he dicho en este momento. Recuerda que, antes que rey, siempre seré tu hermano .
Víctor se levantó de los escalones sin darle tiempo a responder.
— Ella está aquí. —Se puso de nuevo su máscara de rey.
Kiran lo imitó sin pensarlo. Aún confuso por las palabras que le acababa de decir.
Su madre hacía su entrada por la puerta del fondo.
Caminó con paso firme hasta colocarse junto a los pies del trono.
—Majestad. —Se inclinó.
Se giró inmediatamente hacia Kiran en cuanto se levantó de su reverencia.
—¿Y bien? —le preguntó con desdén—. ¿Has conseguido algo con tu absurdo plan? Sigo sin entender por qué querías verla a solas.
—Ha aceptado firmar nuestro compromiso —dijo Kiran después de morderse el labio por la frustración—. Está en la sala contigua esperando para que acordemos las cláusulas del contrato.
La actitud de su madre cambió como el viento en otoño.
Para sorpresa de Kiran, sonrió como nunca la había visto hacer en toda su vida.
—¡Lo he conseguido! —exclamó triunfante—. Después de tantos años de duro trabajo, ¡por fin lo he logrado! Estarás agradecido, ¿verdad, hijo mío ? Tras todos mis esfuerzos… ¡Serás rey de Frisia!
Kiran la miraba como si fuera un animal extraño.
Era la primera vez que la palabra «hijo» salía de su boca refiriéndose a él.
—No te voy a negar que tuve mis dudas —siguió con su discurso, dándole una palmadita en el brazo—. Creía que no lo conseguirías a pesar de todo mi empeño, ¡pero lo has hecho!
—No lo hago porque sea lo que esperas de mí —soltó Kiran molesto por el aura triunfal que la envolvía—. Es mi elección.
—¡Sí, sí! ¡Entendido! No estropeemos este momento tan esperado —lo cortó con indiferencia.
—Bueno, es igual. De nada sirve intentar que escuches lo que tengo que decir.
—Eres un ingrato —le respondió cambiando de nuevo su actitud—. Después de todo lo que he sacrificado por ti, ¿y te atreves a hablarme de ese modo? —Se acercó a él de manera amenazante.
—Madre —la llamó Víctor desde su asiento con aire impasible—. No debemos hacer esperar a la princesa Carla.
—Tienes razón, querido . Doy gracias todos los días porque fueras el primero en nacer. No sé qué habría sido de nosotros si este hubiera sido el heredero al trono.
—Siento ser una vergüenza para ti, madre —soltó Kiran apretando los puños—. Espero al menos ser digno de mi compromiso con la princesa Carla.
—No tienes de qué preocuparte —le expuso mientras se sentaba donde correspondía a la reina—. En unos años, podremos unir los dos reinos bajo la corona de tu hermano.
»Será lo mejor para todos.
—¿Qué? —preguntó Kiran, mirándola sorprendido—. ¿Ese ha sido tu plan desde el principio?
—¡Ja! —soltó una risotada cargada de desprecio—.
¿De verdad crees que estás preparado para gobernar?
Tus preceptores no hacían más que decirme lo inteligente que eras…
¡Sabía que no podían estar más equivocados!
No sirves como príncipe. Casi no me sirves ni para conquistar a una princesa, aun con la belleza con la que has sido bendecido.
De ningún modo puedes servir como monarca.
Cumplirás con tu papel hasta que el reino de Frisia desaparezca bajo tu reinado.
Engendrarás hijos para asegurar la línea de sucesión de tu hermano, en el caso de que no encontremos una reina adecuada para él.
Ese será tu único papel y obedecerás sin seguir preguntando, ¡¿te ha quedado claro? !
Kiran temblaba de nuevo ante la amenaza de su madre. Intentaba contenerse, pero no era capaz. Volvía a sentirse como una pieza tallada por sus manos, obligado a encajar en el tablero de juego. Temía las represalias si le llevaba la contraria.
Era un cobarde.
El miedo lo comprimía con cada una de sus palabras. Comenzaba a faltarle el aire.
Tenía que hacer algo. Se negaría a acatar sus órdenes cuando viviera en Frisia alejado de su manipulación…
No, no podía arriesgar aquello por lo que la princesa había luchado tan duramente.
—¿Y si rehúso a mi compromiso en este momento? —fue menos que un susurro y le había costado toda la voluntad que tenía.
—¿Qué has dicho? —Se levantó ella, enfurecida—. ¿Crees que puedes tirar por la borda todo mi trabajo?
—Si lo rechazo, no podrás hacer nada —continuó Kiran, con los nudillos blancos de tanto apretar los puños.
—¿Que no podré? ¡Te mandaré a encerrar hasta el fin de tus días! —gritó su madre, levantando la mano para hacer una señal.
—Si con eso puedo evitar tus planes… ¡Que así sea!
—¡Guardias! —gritó ella.
—¡Ya basta! —La voz de Víctor retumbó por todo el salón hasta casi hacerlo vibrar—. Madre, esto es innecesario. Kiran cumplirá con su deber.
—¡No puedes permitir que se alce de este modo contra ti!
—¡He dicho que basta! —insistió él—. ¡No lo repetiré! Su camino ha sido escogido y él lo cumplirá.
—Majestad… —trató de replicar Kiran inclinándose ante él.
—¡Harás lo que se te ordene! —lo cortó sin miramientos.
Su expresión buscaba someterlo, pero sus ojos…
Le recordaban lo que acababa de decirle, antes de que llegara su madre.
—Lo que desee, mi rey —aceptó Kiran, inclinándose de nuevo ante él.
—Entonces, no hay nada más que decir —sentenció, manteniendo su frío semblante—. ¡Traed a la princesa Carla!
»¡Que venga sola!
Tenía que confiar en él. El rey debía conocer el plan de su madre. No había preocupación en su mirada; todo lo contrario.
Sabía lo que estaba haciendo.
Sus palabras eran claras.
Quería que lo dejara en sus manos.
Él lo impediría, aunque Kiran aún no podía ver cómo.