CAPÍTULO 34 #2
—Porque siempre fuiste tú. Porque nunca tuve elección.
Desde el instante en que pusiste tu cuchillo sobre mi cuello, solo quedó una luz a la que seguir —soltó aquellas palabras como si no pudiera contenerlas ni un minuto más—.
Traté de alejarme. Me obligué a buscar en la que debía ser mi prometida alguien a quien admirar, pero nada funcionaba.
Te metiste en mi mente y en mi piel y nunca pude sacarte.
Y la verdad es que tampoco quería hacerlo.
«Te está mintiendo. Sabes que no puede ser cierto», le prevenía una voz en la cabeza.
—Cuando me contaste que estabas comprometida, decidí que cuidaría de ti con todo lo que tuviera en mis manos, aunque no pudiéramos estar juntos. Lo único que podía hacer era ayudar a tu país con mi compromiso con la princesa Carla, así que te prometí que lo haría y aquí estoy.
«No le escuches. Eres un juego más para él», insistía esa voz.
—Ahora la situación ha cambiado —siguió sin apartar su mirada—. Ya no tengo que seguir luchando. Me da igual la manera en que esté a tu lado. Como tu esposo. Como tu amigo. Incluso a tu servicio.
Carla hacía todo lo posible por contener sus lágrimas. Había esperado tanto tiempo a que alguien la eligiera y ahora… no sabía si era real o no.
Kiran extendió su mano, ofreciéndosela una vez más, suplicándole en silencio que la tomara.
Ella la miraba mordiéndose el interior de la mejilla.
Durante el viaje se la había tendido en muchas ocasiones.
Él era diferente.
Todos los que acudieron a pedir su mano en matrimonio, que fueron muchos, la habían agarrado cuando ella los había rechazado.
Kiran no lo había hecho.
Sus manos siempre le dejaron espacio para decidir.
—No quiero que seas mía —dijo como si le hubiera leído el pensamiento—. Solo quiero estar a tu lado. Que puedas apoyarte en mí cuando lo necesites.
Carla alargó los dedos lentamente.
Una parte de ella le gritaba que no lo hiciera, que no podía confiar en él. La otra… la empujaba a sentir su contacto.
El corazón le latía demasiado rápido. Le retumbaba por todo el cuerpo mientras se acercaba. Ya podía sentir el calor de su piel…
Se detuvo.
No podía hacerlo.
Se separó como si le hubiera dado una bofetada.
—Lo siento —dijo Carla bajando la mirada—. No fingiré que tus palabras no me han removido, pero eres un estratega.
»Eso es lo que se espera de ti.
El príncipe suspiró bajando su mano. Parecía verdaderamente decaído por su rechazo.
—Entiendo —aceptó—. No voy a presionarte. Tú eliges. Sé que necesitas este compromiso. Si quieres un matrimonio político para tu conveniencia, estoy dispuesto.
Los ojos de Carla se le abrieron de golpe al escucharle. Se había olvidado de su deber por un momento.
—Tienes razón, eso es lo que busco —respondió, con tristeza—. Un matrimonio político y nada más.
—Estoy en tus manos. —Se ofreció con un suspiro cansado—. Úsame del modo en el que me necesites.
Casi parecía una súplica en sus labios.
—¿Te parece bien un contrato de 10 meses? —continuó él, borrando la expresión de su rostro que por un segundo Carla había creído que era dolor—. Celebraríamos nuestro enlace dos meses antes de que cumplas los dieciocho y seas coronada reina.
Carla no podía ocultar su asombro.
—¿Así sin más? ¿Sin condiciones? ¿No vas a preguntar cuáles son tus beneficios? ¿No quieres saber cuál es la dote?
Kiran volvió a suspirar.
—Tú quieres este compromiso. Yo deseo este compromiso. Mi madre ambiciona este compromiso. Incluso mi hermano, el rey, también lo quiere. ¿Me explicas cuál es el problema?
Carla soltó una carcajada ante su evidente frustración. Kiran le respondió con una mueca extraña. No pretendía burlarse de él, quería decírselo, pero no podía bajar la guardia de nuevo.
—Está bien. —Apartó la mirada al verse reflejada en sus ojos—. Si está todo claro, creo que deberíamos ir a la sala del trono. Revisaremos las cláusulas del contrato para que esté preparado, si te parece…
—Todo lo que quiero es ayudarte. Es el camino que he elegido.
Aquellas palabras fueron como puñaladas.
Volvía a aprovecharse de él.
Esa mañana había pensado en lo injusto que era para Anthony y ahora que sabía que era el príncipe Kiran lo volvía a hacer.
—¿Puedo hacerte una pregunta más? —No pudo contenerse—. Te dejaré que me hagas una a cambio…
—De acuerdo. —La miró con curiosidad.
—¿Estabas dispuesto a casarte con la princesa Carla cuando creías que era otra persona, solo por ayudarme? —soltó sin más.
—Lo estaba y lo estoy —respondió con convicción—. Si mi matrimonio sirve para evitarte el sufrimiento de una guerra civil, me casaría contigo y con quien fuera.
—No lo entiendo —dijo Carla confundida—. ¿Qué pasa con lo que tú deseas?
—¡Je! Aún no lo has entendido… Lo único que deseo es poder estar a tu lado. No me importa de la manera que sea. Solo me importa tu felicidad.
—Dices que has elegido tu camino —escupió Carla apretando los dientes—. Pero lo haces anteponiendo mi vida a la tuya.
—Es la primera vez que elijo por mí mismo —le respondió con la voz impregnada de dolor—. Te ruego que no lo menosprecies.
—Lo siento, no pretendía… —intentó disculparse.
—No importa —la detuvo él—. Me toca preguntar.
Carla asintió, sin saber cómo arreglarlo.
—Lo que me dijiste el día que nos despedimos en la sala médica, en el paso fronterizo, ¿lo sentías de verdad?
No se lo esperaba.
La confusión le cruzó la cabeza, reflejándosele en el rostro sin poder remediarlo. Estaba segura de que lo que sentía por Anthony era verdadero, pero ¿era aquel hombre la misma persona?
—Lo siento, yo… —trató de explicarse.
—Lo entiendo —la cortó Kiran visiblemente dolido—. No es necesario que sigas. Siempre lo he sabido. Era… imposible.
—Espera, yo… —quiso aclararlo cuando la puerta se abrió de golpe.
El chambelán había entrado sin llamar, muy enojado.
—Alteza —escupió sin disculparse—, su majestad la reina los requiere en la sala del trono. Ahora mismo.
—Permítame, princesa Carla —le ofreció Kiran su mano, con una mueca aún en sus labios—. Debemos acudir para revisar las cláusulas de nuestro contrato de compromiso.
»Nada ha cambiado.
Tomó su mano, caminando junto a él hacia la puerta.
Quería detenerse. Explicárselo todo. Decirle que la había malinterpretado, que en realidad era ella la que no era suficiente para él, pero debía continuar.
El deber estaba por encima de lo demás.
Una alianza que podría salvar el reino de la guerra la esperaba en la sala del trono.