La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

C arla estaba muy confusa. Todo le parecía surrealista. Aún le costaba creérselo. Nunca pudo imaginar que Anthony fuera en realidad el príncipe Kiran.

Su mano esperaba tendida ante ella. Firme, sin presionarla, seguía… siendo él.

«Pero ¿quién es en realidad?», pensó, dudando de si debía tomarla.

Era el príncipe. Había abandonado la seguridad de su palacio para conocer a su futura prometida. Y en vez de intentar acercarse a la que él creía que era la princesa Carla, le había declarado su amor a una simple capitán.

Ahora lo tenía delante, ofreciéndole respuestas a sus preguntas.

Debía decidir si volver a confiar…

La había engañado desde el principio, pero ¿acaso no lo había hecho ella también?

Necesitaba averiguar si el hombre que conoció durante el viaje era una fachada.

La desconfianza no había desaparecido, pero tomó su mano.

Su contacto le produjo un hormigueo que le recorrió todo el brazo hasta llegar a la nuca.

Tenía que controlarse.

Evitar que se le reflejaran los sentimientos en la cara.

Ahora ya no era Anthony, era un miembro más de aquella corte.

El té les esperaba sobre la mesita en un juego de porcelana demasiado recargado, seguramente elegido por la reina madre.

El príncipe la soltó, alargando su contacto un instante de más.

—Puedes sentarte donde prefieras —le indicó, señalando la otomana y los dos tresillos que la rodeaban.

Dudó por un momento, pero se sentó en la otomana.

Le mostró una pequeña sonrisa al ver su elección.

Podía haber escogido la distancia que le proporcionaba cualquiera de los tresillos, y no lo hizo.

Él no se lo pensó dos veces y se sentó a su lado, casi rozándola. Carla no se levantó; aun así, se separó sutilmente.

Necesitaba dejar espacio para pensar con claridad.

—¿Y bien? —inquirió él, adelantándose a servirle un té.

—De acuerdo —aceptó con una media sonrisa maliciosa al ver la expectación en su rostro—. Aunque estoy segura de que te vas a arrepentir.

—Tienes tres preguntas. —Le ofrecía la taza con una sonrisa que nubló el juicio de Carla por un segundo—. Me encantaría decir que puedes preguntar lo que desees, pero… no tenemos demasiado tiempo.

Debían acudir al encuentro del rey y la reina.

Como siempre, iba un paso por delante.

—Primera pregunta: ¿Por qué decidiste acudir disfrazado como mi escolta?

—Sin rodeos, ¿no? —Fingió que se sorprendía—.

Llevan toda la vida hablándome de la mujer con la que tenía que casarme.

Desde que perdiste a tu padre, yo me convertí, sin quererlo, en tu pretendiente.

Es… No. Era mi obligación conseguir que contrajeras matrimonio conmigo.

Necesitaba verte, quería conocerte antes de que alguien pudiera interferir en mi percepción de ti.

Dudó un instante antes de continuar.

—Además… ansiaba salir de la ciudad en ese momento. Quería tener libertad para descubrir mi futuro por mí mismo.

Ella se quedó en silencio, escrutándolo con la mirada.

—¿Satisfecha? —le preguntó algo inquieto.

—Satisfecha —aceptó ella, tratando de mantener las expresiones a raya.

—¿Segunda pregunta?

—¿Quién podría interferir en algo tan íntimo como es la percepción que tienes de alguien? —preguntó sin pestañear.

El príncipe abrió los ojos de más sin darse cuenta.

Una media sonrisa satisfecha se le escapó de los labios a Carla. Había bajado la guardia.

—Pues… —dudó.

—¿No dijiste que no evadirías mis preguntas? —Levantó una ceja de forma inquisitiva.

Él miró al lugar donde se encontraban sus manos, una junto a otra, sin tocarse, y respiró profundamente.

—Te pido que seas magnánima. No me juzgues por lo que te voy a contar —le rogó sin poder mirarla—. No he dicho estas palabras en voz alta, jamás.

Carla se arrepintió un poco de haberlo preguntado; ahora era demasiado tarde para retractarse.

—Nunca se me permitió tener juicio propio. —Una congoja controlada envolvía su voz.

Su mano temblaba junto a la de Carla.

Alargó el dedo meñique, tentada de tocarlo, pero se contuvo.

—Lo que te conté en el refugio era verdad —continuó—.

Mi educación fue algo severa. Mi padre fue un buen hombre, que solo pidió de mí que yo también lo fuera.

Sin embargo, mi madre me exigía algo que ni siquiera está en mi mano decidir.

Desde que llegó la noticia de que serías la heredera a la corona, no hubo nada más en mi vida que ser tu pareja perfecta.

Debía conseguir que no tuvieras ojos para nadie más y me preparaba para ello.

No había espacio para dar mi opinión. Solo podía obedecer si no quería asumir… las consecuencias.  Ella…

El nudo en la garganta de Carla comenzaba a quemar.

Lo tragó con dureza.

No podía mostrarse vulnerable de nuevo.

Él recobró el aliento antes de seguir.

—Me apartaba de su lado si hacía o decía algo que no consideraba correcto. Su manipulación me dejó… marcado. Ni siquiera hoy puedo contradecirla. —Cerró sus puños con fuerza—. No hay nada peor para un niño que ver el rechazo de su madre.

—Y creías que su influencia podría cambiar la imagen sobre tu prometida —dejó escapar Carla al comprenderlo.

—Ya pudiste comprobar cómo se aseguró de verte antes de nuestra presentación formal. Habría vertido su opinión en mi cabeza. No sería real. Si te hubiera conocido en el palacio como princesa, tampoco me conocerías tal y como soy, aunque eso se lo debo más a tu elección que a la mía.

Kiran levantó la cabeza para mirarla a los ojos. Carla no se había dado cuenta de que se estaba mordiendo el labio. Había intentado mantener sus emociones, pero aquella historia…

—¡Je! —Era una risotada cargada de tristeza—. Empezaba a creer que habías aprendido a no reflejar tus sentimientos.

—También yo —respondió tratando de beberse la rabia.

—¿Satisfecha con mi respuesta? —volvió a preguntarle apartando la vista.

—No puedo decir que lo esté. —Él levantó la cabeza para mirarla con los ojos muy abiertos—. Pero agradezco tu sinceridad.

—Entiendo. —Suspiró con lo que parecía alivio—. Tienes una última pregunta. Podrías aprovecharla de manera estratégica, ¿no crees?

—Después de lo que hemos vivido, ¿de verdad piensas que valgo para eso? —apuntilló con una risa nerviosa.

El príncipe rio con ella.

—No. —La desarmó con su sonrisa—. Podrías sacarme los secretos del reino ahora mismo. Es algo por lo que muchos pagarían.

—No necesito información sobre tu país. Necesito saber más sobre ti —le soltó, sintiéndose ofendida.

Ya no quedaba ni rastro de su semblante impasible. Ahora era Carla la que podía leerlo como un libro abierto. No se esperaba la respuesta que le había dado.

Tardó un segundo de más en dejar de mirarla y recomponerse.

—Adelante, puedes preguntarme lo que quieras.

Carla dejó la taza sobre la mesa. Se levantó, alejándose de él, en dirección al ventanal.

Quería evitar sus ojos.

—¿Cuáles fueron tus percepciones sobre mí? —preguntó con la voz apagada.

Necesitaba conocer la verdad.

Nunca había sido suficiente para nadie.

Él le había confesado sus sentimientos y se los había creído. Tenía que saber si eran… reales.

—No puedo negar que, al conocerte, me sacaste de mis casillas —le soltó sin más y Carla sintió un pinchazo agudo en su vientre—.

Me habían instruido para halagar y proteger a las mujeres, pero contigo no había manera.

No sabía cómo actuar.  Siempre me sorprendías.

Con cada palabra, con cada acto. Nunca hacías lo que esperaba y, para un estratega, no hay mayor derrota que esa.

Carla se apretó el dedo índice con fuerza.

Se lo esperaba, pero le dolió más de lo que podía imaginar.

No era lo que debía ser.

Nunca lo fue.

No era suficiente para su madre, que la había reemplazado por su hermano. No era suficiente para su reino, que quería relegarla, obligándola a renunciar a su corona.

Y no era suficiente… para él .

«Eres idiota. ¿De verdad le creíste?»

—Me lo dicen a menudo —consiguió responder en un susurro—. No soy lo que se espera de una princesa.

—No mentiré diciendo que no me costó entenderte. —Se puso en pie y comenzó a acercarse a ella como si fuera un animal herido—. Pero eso decía más de mí que de ti. Día tras día te empeñabas en demostrarme lo equivocado que estaba.

Con cada palabra daba un paso más hacia ella, hasta el punto de colocarse a su espalda.

—Y te vi. Más allá de tu máscara. —Estaba tan cerca que sentía su respiración en el cuello—.

Percibí que eres realmente amable. Que no finges serlo como los demás.

Que eres valiente. Leal. Tenaz. Sí, sobre todo tenaz.

A pesar de todo lo que cargas, no toleras que te arrebaten la mejor parte de ti.

Esa pequeña niña, tan pura, que vive en tu interior.

Esa que fue recluida por la mujer en que debiste convertirte para cumplir con tu deber.

Te aferras a ella para poder seguir adelante.

No te permites ser vulnerable porque temes perder a los que están a tu alrededor si no puedes con todo.

Su mano le tocó el hombro con tanta suavidad que parecía una brisa.

—Mi percepción de ti —continuó él, girándola con calma hacia él y mirándola a los ojos— es que eres la persona más auténtica que he conocido.

Eres la única persona por la que he estado dispuesto a contradecir a mi madre.

Si me hubieras aceptado siendo la capitán Ana De Luca, me habría marchado contigo sin importarme las consecuencias.

Carla dio un paso atrás, pero se encontró con el ventanal, impidiéndole alejarse.

No podía ser cierto. Sus palabras… no, no eran verdad.

—¿Por qué yo y no la que creíste que era la princesa? —soltó en un susurro.

—Eso es una cuarta pregunta. —Le sonrió con malicia, pero se retiró un paso al ver su reacción.

Carla esperó en silencio, tratando de no rogarle con la mirada que le respondiera.