La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 33 #3
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CAPÍTULO 33 #3

—Pero la ceremonia… —quiso decir el chambelán.

—Señor —intervino Owen, poniéndole el brazo por encima de los hombros al indignado hombre sin perder su gran sonrisa—. Ha hecho un magnífico trabajo, pero no es necesario continuar. —Y lo arrastró hasta la puerta, no sin antes guiñarle un ojo con descaro.

Marcia le apretó la mano sutilmente y se separó para seguir a Owen. Los hermanos De Visser y la mujer que estaba junto a Ana la miraron esperando sus órdenes.

No se moverían de su lado si ella no se lo pedía.

—Estaré bien —respondió a la pregunta que no habían formulado.

Los hermanos salieron de la sala mirándolo de reojo al pasar a su lado. La otra mujer se paró frente a él. A pesar de que solo se veían sus ojos, pudo reconocerla. Ese desprecio… era la mujer que había hecho de señuelo.

La había engañado y lo pagaría.

—Está todo bien, Isi —dijo Ana desde el ventanal.

Isi… Tal vez fuera su nombre.

Ella aceptó su palabra y abandonó la biblioteca.

Los soldados junto a la puerta permanecían en su puesto.

—He. Dicho. A. Solas —ordenó Kiran con firmeza, sin levantar la voz.

Al instante desaparecieron y solo quedó el sonido de la puerta al cerrarse entre ellos.

Una imperiosa necesidad se apoderó de él. Quería envolverla en sus brazos. Sentir su calor de nuevo, pero…

Dudó un instante, temeroso por su reacción, por no haberle dicho la verdad.

Ella cubrió su rostro con las manos y se dio la vuelta, evitando mirarlo a la cara.

Los pies de Kiran se le habían clavado al suelo y no respondían. Los latidos le iban a un ritmo frenético que le martilleaba el pecho y los oídos.

Estaba conteniendo la respiración sin darse cuenta.

«Maldito seas, la has jodido, pero bien.»

Los pensamientos le cabalgaban sin control. Apenas sentía el dolor en las palmas de las manos, allí donde las uñas se le clavaban.

Trató de recomponerse, pero no lo lograba.

Solo quería…

Extendió la mano al frente, como si pudiera tocarla.

Levantó el pie, decidido a dar rienda suelta a todo lo que sentía en su interior.

—¡Ja, ja, ja, ja, ja! —rompió Ana a reír, deteniéndolo en seco—. ¡Ja, ja, ja, ja, ja!

A carcajada limpia, sin molestarse en intentar controlarlas. Se doblaba por la mitad. Sus lágrimas corrían por sus mejillas. El aire la había abandonado, pero no se detenía.

—¡Ja, ja, ja, ja, ja! —seguía y seguía.

Sus mejillas sonrojadas le robaron una sonrisa a Kiran. Llevándose consigo la tensión que lo había atenazado.

Aquel maravilloso sonido era demasiado contagioso.

Sin saber cómo evitarlo, estalló también.

—¡Ja, ja, ja! —la imitó, dejándose ir.

—¡Ja, ja! ¡Mierda, esto es…! ¡Ja, ja, ja! —maldijo ella, tratando de recuperar el aire.

—Todo este tiempo… ¡Ja, ja, ja, ja! —Así no había manera de hablar.

No podían parar. Cuanto más se reía ella, menos podía contenerse Kiran.

Los minutos fueron pasando y sus risas seguían resonando entre los libros.

Rozaban la histeria.

Ella se secaba las lágrimas con las manos. A él le dolían las costillas. No se había reído de ese modo en toda su vida. No podría haberlo hecho ante ninguna otra persona.

Solo con ella .

No sabía por cuánto tiempo se desataron, dejando salir todo lo que habían contenido durante el viaje, cuando al fin empezaron a remitir.

—¡Ja, ja! Lo siento. Je, je —intentó disculparse la princesa, conteniéndose como podía—. No ha sido muy protocolario por mi parte.

—¡Je! Yo también… Lo lamento. —Intentó recomponerse.

—Bueno —dijo acercándose a él—, pero ha sido liberador, ¿verdad?

—No puedo negártelo —aceptó Kiran, tendiéndole el pañuelo para que secara su rostro—. Creo que no me había reído de este modo, jamás.

—Me alegra que toda esta situación haya servido para algo.

Sujetó el pañuelo, con cuidado de no tocarle la mano.

Por un segundo, el silencio que quedó tras el residuo de su catarsis se volvió demasiado incómodo.

La necesidad de tocarla regresó a Kiran, pero quería respuestas.

—¿De verdad eres la princesa? —preguntó, buscando acallar la voz que insistía en que era imposible.

—Entiendo que te cueste creerlo. —Apretó sus labios con fuerza, como si le doliera—. Me presentaré. Mi nombre es Carla De Meredith Pratt, princesa del reino de Frisia y su heredera al trono.

—Encantado de conocerla, al fin —respondió Kiran haciendo una reverencia—. Mi nombre es Kiran Grayson De Jenner, príncipe del reino de Salm. Por favor, no volvamos a las formalidades. Creo que ya nos conocemos lo suficiente, ¿no crees?

La princesa arrugó el entrecejo antes de responderle.

—¿De verdad? —le preguntó bajando la mirada.

El corazón se le saltó un latido al escucharla. No podía ser. Aquella situación volvería a levantar un muro entre ambos si no hacía algo.

—Está bien —se adelantó Kiran—. Pregúntame lo que quieras saber. —Le tendió la mano esperando que la tomara para guiarla hasta la otomana.

—Juro que no mentiré ni evadiré la pregunta —insistió.

Ella se quedó mirándola como si dudara.

No importaba.

Esperaría el tiempo que hiciera falta.

Owen tenía razón. La vida le había brindado una oportunidad y, por esa vez, estaba decidido a no desperdiciarla.