Epílogo #2
—Nunca he querido ser rey —soltó sin rodeos—.
A pesar de ser el primero en la línea de sucesión, mi deseo siempre fue otro.
Tenía diez años cuando nació Kiran. En ese momento vi un rayo de esperanza al que aferrarme.
Mi hermano podía tomar la corona y ocupar mi lugar.
Pensé en renunciar en su favor. Lo tenía planeado.
Estoy convencido de que, en otro lugar, él sería un magnífico gobernante.
Sin duda, mejor de lo que yo seré jamás.
Pero nuestra madre tenía otras intenciones.
Sus mandíbulas se tensaron un instante antes de continuar.
—El peso que cargó sobre sus hombros comenzó a derrumbarlo. A Marcia y a mí nos dejó más libertad. A Kiran lo moldeó para obtener el pretendiente que necesitaba.
—Lo sé —le confesó apretando los puños—. Me lo contó todo.
Por un segundo, su impenetrable máscara fue derribada por el asombro, pero se recompuso tan rápido que Carla pensó que se lo había imaginado.
—Entonces, eso me facilita las cosas. —Una sonrisa triste se dibujó en su boca—.
Cuanto más se perdía Kiran, más me daba cuenta de que renunciar a la corona sería su perdición.
Por mucho que desee marcharme, si lo hago, nadie podrá salvarlo.
Si se convierte en rey, será la marioneta de nuestra madre y eso…
acabará con él. Decidí que la vida de mi hermano era más importante para mí que cualquier deseo de libertad.
Sus palabras se desvanecían poco a poco, como si se perdieran en el viento. Se estaba sacrificando para que su hermano pudiera vivir una vida distinta.
—Ella tiene en su mano el poder de decidir quién será el rey.
Debo mantenerme firme hasta el día de mi coronación —le explicó—.
Por mucho que me duela y quiera que pare, tengo que parecer su mejor opción.
Debo ser el hijo sumiso que ella espera de mí.
No puedo mostrar ningún sentimiento. Es el único modo de impedir que nombre a Kiran como heredero de la corona.
—Pero eres el rey, ¿no? —preguntó Carla algo confundida.
—En realidad no lo soy —explicó Víctor, soltándole la mano—. Soy algo así como un sucesor designado. Hasta que no sea ungido en la catedral y firme en el acta del reino, ella puede cambiarlo.
Carla lo miró a la cara. Ahora podía verle. Se ocultaba tras su supuesta indiferencia, pero a ella le había mostrado su verdad.
—Es el mayor acto de amor que he presenciado en mi vida, Víctor —se le escapó sin poder evitarlo—.
Has renunciado a todo lo que quieres. Has soportado todo ese dolor en soledad, para proteger a tu hermano.
Desde fuera parece que lo ignoras, pero la realidad es que has sacrificado tu propia libertad para concederle la suya.
—¡Je! —rio Víctor tapándose los ojos con la mano, tratando de evitar que Carla viera una lágrima que se había escapado sin su permiso—. Podría decir algo parecido de ti, ¿no es cierto?
El corazón de Carla comenzó a latir con fuerza y sus mejillas se tornaron rojas por la vergüenza al escuchar aquellas palabras.
—Tu rostro te delata, querida. —Su sonrisa traviesa era aún más difícil de ignorar.
—¡Oh, joder! ¡Víctor, no me hagas esto!
—Parece que tu problema es precisamente el contrario que el de mi hermano —le dijo con aire misterioso.
—¿A qué te refieres?
—Kiran es incapaz de demostrar cualquier sentimiento con su rostro, pero los expresa de una manera muy elocuente. Tú, por el contrario, lo muestras todo en tu cara aun sin pretenderlo, pero no eres capaz de contarlo con palabras. —Se regodeó con cierta sorna.
La mandíbula de Carla se cayó, dejándola expuesta una vez más.
—¡Ja, ja, ja! Ahí tienes el ejemplo —soltó Víctor entre risas.
—No serviría de nada negarlo —aceptó ella—. Y, aun así, ¿qué sentido tiene? Lo que siento no va a cambiar nada.
»No es lo que él necesita.
—¿No crees que debería saber lo que sientes? —Parecía desconcertado.
—Antes de llegar, no te voy a explicar todos los detalles porque moriré de la vergüenza, pero tu hermano supo cuáles son mis sentimientos. Su única voluntad fue hacer todo lo posible para que yo consiguiera mis objetivos.
—Ya veo.
—Kiran necesita tener, recorrer su propio camino sin dejarse guiar por nadie —se reafirmó Carla.
El rey abrió la boca, como si quisiera decir algo, pero se detuvo.
—Creía que ya éramos amigos —lo invitó a decirlo.
Él soltó una risa por la nariz antes de continuar.
—La verdad es que te hice venir por otro motivo aparte de darte las gracias —le confesó—. Necesito saber si deseas esperar a que Kiran cumpla los veintiún años y pueda aceptar vuestro compromiso.
La impresión la descolocó de nuevo.
No entendía por qué quería su opinión.
—Es cierto que sería lo mejor para el reino de Frisia —dijo Carla, apretándose el dedo con fuerza—. Pero él merece una vida escogida por su propia voluntad. Alguien mejor que yo a su lado. —Terminó casi en un susurro.
—¿Mejor que tú? —La tomó por la barbilla sin pedirle permiso para mirarla a la cara—. Lo dudo mucho, querida. Estás dispuesta a renunciar a lo que necesitas para tu reino, aquello que te haría la vida más fácil, por el bienestar de mi hermano.
—Me aproveché de su buena voluntad —lo interrumpió, empujada por un horrible sentimiento de culpabilidad—.
Él creía que yo era Ana De Luca. Dejó a un lado lo que sentía por ella para casarse con la que creía que era la princesa.
Con una mujer a la que no apreciaba. Se entregaba para ayudarme a conseguir la paz, aun suponiendo que era una simple capitán. Yo… no soy suficiente para él.
—Carla —envolvió el nombre de toda su paciencia—, puedo estar de acuerdo en que mi hermano necesita elegir su propio futuro.
Sin embargo, no pienses ni por un segundo que no eres suficiente para él —era increíble cómo su tono podía ser amable y severo al mismo tiempo—.
Kiran marchó de aquí a punto de sucumbir y regresó con ganas de vivir .
El brillo de sus ojos, su sonrisa… Creía que los había perdido para siempre y ahí estaban.
Ninguna mujer, en toda la corte de Issel, y te puedo asegurar que muchas lo intentaron, lo había conseguido.
Solo tú lo hiciste. No te menosprecies, por favor.
El rubor le subió por el cuello hasta las mejillas al escucharle.
—No sé qué hacer, Víctor —soltó desesperada.
—Podemos probar algo, si estás dispuesta. No soy el príncipe estratega , pero podría valer para algo.
—¡Je! —rio Carla con tristeza—. Te escucho.
—Te quedarás hasta la coronación. Eres mi invitada. Puedes entrar y salir de tus aposentos todo lo que quieras, aunque te aconsejo que vayas siempre con escolta. Utiliza el palacio en tu beneficio. Tal vez puedas encontrar una solución a tu problema.
—No veo cómo…
—Necesitas una alianza, ¿cierto? No hay mejor momento ni lugar que este para entablar nuevas amistades. —Esperó un instante, a ver si ella llegaba a su misma conclusión—. Piénsalo. Esta semana comenzarán a llegar los representantes de los demás reinos. No encontrarás una oportunidad como esta.
Tenía sentido. Había hecho un largo viaje para encontrar un posible aliado. Ahora los tendría a todos en el mismo lugar, pero…
—¿Y… él ? —preguntó Carla sin poder evitarlo.
—¡Je! —soltó una jocosa carcajada—. Él será libre —le dijo dándole unos golpecitos en la mano que escondían lo mismo que aquella espontánea risa—. Permítele el beneficio de la duda. Crees que impusiste tu voluntad sobre la suya cuando os despedisteis, pero ¿y si fue su elección?
—No te entiendo, Víctor.
—Tienes que saberlo. —Amplió su sonrisa, ahora envuelta en satisfacción—. Antes de que llegaras a la sala del trono, Kiran estaba dispuesto a renunciar a vuestro compromiso.
—¿Qué? —No podía creerlo.
—Nuestra madre amenazó con borrar Frisia del mapa. Quería utilizarlo para convertir nuestros reinos en uno solo. Kiran se opuso. Si lo cancelaba, no podría utilizarlo. Es consciente de que no puede enfrentarse a ella. Estaba dispuesto a sacrificarlo todo para protegerte.
—¿Por qué me cuentas esto? ¿No crees que podría llevarme a desconfiar de él? ¿Cómo sé que no obedecerá a su madre si nos casamos?
—¡Je! Siempre te quedas en la superficie de lo que te dicen, ¿no? ¿Acaso el que quisiera renunciar al acuerdo no es la mayor prueba de que es capaz de enfrentarla? Hay otro trasfondo en esta historia, pero no me pertenece explicártelo. Creo que debes llegar por ti misma o no servirá de nada.
Carla lo miraba con la cabeza ladeada, cada vez más confundida. No era capaz de seguir el ritmo de su pensamiento.
—Ayúdame, Víctor. —Le suplicó con la mirada—. No soy capaz de comprenderlo.
—Tengo tan solo una sospecha, y de nada servirá que te lo explique porque creerás que estoy tratando de sugestionarte. Debes verlo con la mente abierta.
—Piensas que me equivoco al pensar que tu hermano me antepone a sus deseos…
—Opino que deberías borrar esa idea de tu cabeza. Deja que él escoja, sin barreras. Por favor, solo déjale hacerlo. No levantes un muro entre ambos por la convicción de que necesita algo distinto a lo que tú le puedes ofrecer.
—¿Cómo se hace eso? —preguntó, sin fuerzas para rebatirle.
—No lo apartes de ti —le simplificó con su perfecta sonrisa—. Permítele que tenga todas las piezas del tablero. No le quites nada. Ni lo bueno ni lo malo.
—Creo que eso puedo hacerlo, pero… —Dudó un momento, había algo que la detenía y no podía quedárselo para ella—. ¿Qué pasará conmigo si elige otro camino? No puedo… exponerme así.
—Querida, ese es el precio que has de pagar —le soltó sin reparos—. Puedes renunciar a él para siempre, marcharte para luchar por tu deber. También tienes la opción de quedarte al juego que va a comenzar y ver cómo acaba. Puedes perder, eso está claro.
»Está en tu mano decidir si quieres participar o no.