La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

E l almuerzo se enfriaba en el dormitorio de Kiran. No podía probar bocado. El encuentro con su madre al llegar casi había conseguido acabar con las ganas de tomar sus propias decisiones.

Aún podía sentir el picor en la mejilla…

El sonido de su mano al cruzarle la cara marcó el ritmo del eco al recorrer las paredes.

—¿Cómo te atreves? —le gritó su madre después de propinarle el bofetón.

—¡Madre! —la reprendió Marcia sujetando la mano de Kiran.

—¡Tú cállate la boca! —escupió con tono despectivo—. ¡No eres mucho mejor que él!

—¿Crees que voy a quedarme sin hacer nada mientras lo golpeas? —se interpuso entre ellos.

—Está bien, hermana —dijo Kiran con apenas un hilo de voz que luchaba contra el temor que sentía—. No es necesario. ¿Puedes dejarnos a solas?

—Pero… —intentó protestar.

—Por favor —la cortó—. Necesito hacerlo.

—Entiendo. —Le dio un pequeño apretón, tratando de infundirle fuerzas—. Ya sabes dónde encontrarme si lo necesitas.

—Puff —resopló la reina—. No debí permitir que vuestro padre os malcriara de este modo. Es tan patético.

—¡No te atrevas a culparle! —explotó Marcia, girándose de frente a ella—. Si tuvieras solo una ínfima parte de su humanidad, tratarías a tus hijos como personas y no como objetos.

—Ya, ya —agitó su madre la mano como si espantara una mosca—. Conozco tu discurso, pequeña ingrata. Yo soy la mala de la historia por pretender que tengáis un futuro.

—¿Para quién? —escupió Marcia, dirigiéndose hacia la puerta—. No engañas a nadie. No pretendas hacernos creer que te preocupas por alguien más que por ti misma.

Y cerró dando un portazo que sobresaltó a Kiran al retumbar.

Un afilado silencio pareció separarlos sin que ninguno de los dos se moviera en lo más mínimo.

—¿Qué era lo que buscabas? —le espetó con desdén.

—No voy a intentar explicártelo, madre.

No era habitual ver alguna expresión en su rostro, pero las palabras de Kiran consiguieron perturbarla. No por su contenido, sino por su firmeza.

—¿Te estás burlando de mí? —La había molestado.

—No, no lo pretendo. Tampoco que entiendas las razones que me llevaron a hacer este viaje. —Apretó el puño, tratando de mantener la calma—. Solo necesitas saber que mi compromiso con la princesa Carla sigue adelante y que haré todo lo que esté en mi mano para que firme.

Lo miraba como si no lo reconociera.

Sus pies se movieron muy despacio, como si alargaran el momento de despegarse del suelo, acercándose a él. Un escalofrío le recorría la espalda con cada paso que daba. El cuerpo comenzó a temblarle sin remedio.

Ella era muy consciente del efecto que tenía sobre él.

Se detuvo.

Tan solo a centímetros. Mirándolo fijamente a los ojos.

—Más te vale que esto no sea una de tus estrategias —le advirtió.

Su mano le recorrió el cuello despacio.

Cualquiera que los mirara podía creer que era una caricia de afecto. Kiran la conocía lo suficiente para saber que guardaba una intención.

—He trabajado muy duro para que este compromiso se lleve a cabo. —Le agarró el cabello con fuerza, tirando lo suficiente para que elevara la mirada del suelo—. Si me traicionas, me encargaré de que no vuelvas a ver la luz del sol el resto de tu vida.

El aire lo abandonó durante un instante. Un peso invisible le cayó sobre el pecho.

—¿Lo has entendido, pequeño intrigante? —tiró con más fuerza, atrayéndolo hasta su oído para poder escuchar la respuesta de los labios de Kiran.

—No trato de engañarte, madre —susurró él, haciendo acopio de toda su voluntad para mantenerse en pie—. Firmaré el compromiso. Lo he prometido.

—¡Así me gusta! —respondió satisfecha, cambiando el gesto frío de su rostro por uno más amable—. Deberías estar agradecido, niño. Te convertirás en el próximo rey de Frisia y tu apellido perdurará en las generaciones venideras.

Le colocó la solapa de la chaqueta, limpiándole una pelusa que solo ella podía ver.

—Creía que te habías convertido en un buen chico. —Su sonrisa era la de una madre abnegada; sus ojos le guardaban rencor por haberla desobedecido—. No vuelvas a hacerlo. No quiero tener que educarte de nuevo.

Habían pasado dos días. Su cuerpo se tensaba al recordar sus palabras. Se sentía tan patético por no poder controlarlo…

Ella tenía razón.

Era débil.

No tenía valor.

La mirada de Kiran seguía perdida en el plato que removía sobre la mesa.

—No lo hagas —la voz de Owen le resonó en la cabeza.

Estaba sentado junto a él. Hacía rato que había terminado de comer.

—No permitas que te manipule —sentenció.

—No consigo dominarlo. —Suspiró con fuerza, dejándose caer sobre el respaldo de la silla—. Por muy seguro que esté, por mucho que piense que estoy preparado, cuando intento enfrentarla… me quedo paralizado.

»Vuelvo a ser un niño cuando se me acerca.

—Esa mujer lleva toda la vida moldeándote, Kiran. Utilizó el miedo para controlarte. Te despojó de todo. —Owen se mordió el labio un segundo, antes de continuar—. Volver a encontrar esa fuerza lleva tiempo. No puedes pretender recuperarla en un mes.

—Soy un maldito cobarde. —Se cubrió los ojos con la mano—. Mi padre se avergonzaría del hombre en el que me he convertido.

—Su vergüenza sería ver cómo te rindes después de encontrar el camino que quieres recorrer —le espetó, molesto por ver cómo decaía—. No hay mayor acto de valor que enfrentarse a tu peor miedo y tú lo hiciste nada más llegar a la capital. Tu padre estaría muy orgulloso. No lo dudes nunca.

—¿Cómo puedo considerar valentía a temblar aterrado ante mi propia madre?

—le espetó Kiran, levantándose—. Quería enfrentarme a ella.

Decirle que no volvería a decidir en mi nombre.

Que soy yo el que elijo firmar el compromiso.

Y… no pude. —Cogió aire con fuerza, antes de soltarlo en un profundo suspiro—.

Mi hermana se encaró con ella. Se interpuso para protegerme.

Yo solo pude quedarme ahí de pie. Sin moverme por miedo a caer de rodillas.

—¡¿De verdad crees que cualquiera sería capaz de confrontar a quien lo ha torturado?

! —saltó Owen de su asiento, visiblemente cabreado—.

¡Ningún hombre en su sano juicio lo haría!

¿Crees que por ser una mujer tendría que darte menos miedo?

¿Que el hecho de que sea tu madre no la convierte en un jodido monstruo?

Pues piensa en esto: si hubiera sido un hombre o una bestia la que te hubiera encerrado, golpeado y atormentado durante toda tu maldita vida…

¿Podrías plantarle cara? ¡No! ¡Ya te lo digo yo!

¡Esa mujer te destruyó, Kiran! Dejó cicatrices que no se ven a simple vista.

Viven tan dentro de ti que no puedes arrancarlas.

—Entonces, ¿nunca podré despojarme de su influencia? ¿Estaré siempre al servicio de los deseos de mi madre? ¿No podré vivir sin…? —La desesperación le apretaba la voz.

—Mi querido amigo. —Lo tomó por los hombros, mirándolo fijamente a los ojos—.

En los días que pasaste en nuestra finca, recuperándote de tus heridas, pude darme cuenta de que habías cambiado.

Despertabas con la expectativa de ver qué te deparaba el día.

Intenté recordar haberte visto así antes, Kiran y no pude.

Desde que comenzaron a prepararte para ser el pretendiente de la princesa Carla, comenzaste a decaer.

Cada día que pasaba te encerrabas más en ti mismo.

Tenías miedo de hacer cualquier cosa que no te estuviera permitida. Sabías cuál era tu castigo.

Kiran intentó apartar la mirada, pero se lo impidió. Lo sostuvo por la barbilla con determinación.

—Lo único que conseguía devolverte un poco a la vida era retar a tu padre a jugar al ajedrez. Cuando él murió, ese último resquicio que quedaba del niño que una vez conocí, cruzó también al otro lado.

Owen tragó saliva con fuerza.

Los ojos se le humedecían con cada palabra.

—Esa fue una de las razones por las que abandoné la capital. No podía soportar verte así. Me… partía en dos. —Se detuvo un segundo como si dudara de lo que iba a decir a continuación—. Sinceramente, hubo momentos en los que creí que intentarías quitarte la vida y eso me aterraba.

—No voy a negártelo —soltó, con un nudo en la garganta al recordarlo.

—Pero llegó ella y te sacó a rastras de ese oscuro pozo en el que habías dejado de luchar. —Una sonrisa satisfecha apareció en su rostro—. Con su cabello cobrizo y su ímpetu, te arrolló. Comenzaste a ver lo que había a tu alrededor. Tímidamente asomaste la cabeza tratando de salir.

Los puños de Owen se cerraron con tanta fuerza que podía escuchar sus nudillos crujir.

—Por favor, no permitas que tu madre vuelva a meterte ahí. Si pudiste mejorar, volverás a hacerlo. Tu vida empezará de cero en cuanto marches a Frisia y, créeme, será mucho mejor de lo que te imaginas.

»No te rindas.

—¿De verdad crees que podré hacerlo? —preguntó Kiran, sorprendido.

—Estoy convencido de ello —lo animó—. Voy a decirte una cosa, porque creo que lo necesitas. Escúchame bien, porque solo la diré esta vez, y que no se te suba a la cabeza.

Kiran lo miró desconcertado.

—Tengo fe en ti, hermano —le pidió con un gesto solemne en su rostro—.

Crees que no tienes cualidades, ni nada que te haga ser especial, pero te equivocas.

Rebosas determinación y autocontrol. Eres inteligente y respetas a todos los que están a tu alrededor.

Eres la viva imagen de tu padre. Serías mejor rey de lo que tu hermano Víctor podría llegar a ser jamás.

Sus palabras fueron como un golpe en el pecho, que ardía sin dejarle respirar.

—Owen… yo… —quiso agradecerle.

—¡Solo haz lo que te digo! —le ordenó Owen, soltándole los hombros—. No te atrevas a decirle a Benjamin lo que acabo de decir. ¡Lo negaré todo y te haré la vida imposible! ¡¿Te ha quedado claro?!

—¡Ja, ja, ja! —rio Kiran por primera vez desde la celebración—. ¿Por qué siempre intentas ocultar la mejor parte de ti, hermanito?

—Si tanto quieres saberlo —respondió con una sonrisa jocosa en su cara—. ¡Prefiero ser imprevisible!

—¡Je! ¡Está bien! Me conformo con que lo hayas compartido conmigo. Gracias, Owen.