La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 32 #3
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CAPÍTULO 32 #3

El rostro de la reina Elizabeth, que era imperturbable cuando llegó, ahora tenía una expresión extraña. Carla no podría asegurar nada, pero parecía estar un poco inquieta por lo que acababa de contarle.

Creyó percibir una ligera sonrisa en el rostro del rey, pero era imposible asegurarlo al no poder mirarlo directamente a la cara.

La inquisición a la que la estaba sometiendo era cada vez más personal.

Lo que había empezado por la familia y el estado de las casas nobles, había acabado en un interrogatorio íntimo.

Solicitaba saber cosas como a qué edad había florecido .

Cuántos varones habían dado a luz los antepasados de la casa real de Frisia.

Y el plato fuerte: saber cuántos hijos pretendía tener en el futuro.

Carla respondió amablemente cada una de sus dudas, dejando claro que no se dejaría amedrentar.

Lo que creía que podía saber, lo respondía; lo que no era de su incumbencia, se lo hacía saber con claridad, pero sin ser grosera.

Continuaron así hasta el final del almuerzo.

El rey no dijo ni una sola palabra desde que le dio la bienvenida. A esas alturas, Carla podía decir sin lugar a dudas que quien tenía más interés en aquel compromiso era la reina madre.

Incluso se atrevería a decir que, en realidad, era esa mujer la que gobernaba el reino de Salm.

—La comida ha sido magnífica —alabó, conteniendo el dolor en las mejillas por forzar tanto tiempo la sonrisa—. Hacía mucho que no comía tan bien.

—Espero que se quede hasta mi coronación el día de Año Nuevo —intervino al fin el rey Víctor, regalándole una sonrisa perfecta.

—Será un honor, majestad. —Una sensación familiar encogió el pecho de Carla.

—Perfecto. —Se levantó él de la silla—. Ahora, creo que mi hermano la espera.

—La veremos en la sala del trono después de su presentación.

No era una invitación. La reina no se andaba con florituras.

—A su servicio —aceptó, inclinándose en otra reverencia hasta que se marcharon.

Carla los observaba desde la mesa sin poder apartar la vista del rey. Le intrigaba saber qué tipo de persona era, pero no había sacado nada en claro de aquel almuerzo. Solo podía asegurar que ella era un hueso duro de roer.

Los soldados la llevaron por los pasillos de piedra blanca hasta una gran biblioteca. Dejó caer la barbilla sin darse cuenta al entrar. La cantidad de libros que había en aquel lugar era fascinante.

Una alta y amplia torre de tres plantas se alzaba ante ella. Las escaleras subían por ambos lados de la sala. Las estanterías forraban todas y cada una de sus paredes. La zona de estar estaba despejada, orientada hacia un inmenso ventanal que la iluminaba por completo.

Era tan hermosa como apacible.

A pesar de ser tan grande, solo había una otomana con una mesa para el café y dos tresillos a ambos lados.

Junto al ventanal, había un diván para tumbarse a leer.

En el otro lado, se erigían cuatro mesas cuadradas con dos asientos.

Todas separadas entre sí, cada una con un juego de estrategia desplegado sobre ella.

Solo pudo distinguir el tablero de ajedrez.

Isobel investigaba los libros de la estantería más cercana.

—¡Je! —rio Isobel entre dientes—. Este debe ser el refugio del príncipe estratega .

Le mostraban un libro de un color rojo brillante con letras doradas: “ El arte en la guerra ” de un autor cuyo nombre era impronunciable.

—Es muy probable —le dio la razón Carla en voz baja.

Los soldados se habían quedado a ambos lados de la puerta custodiándola. No debían decir nada inapropiado en voz alta.

El ventanal la llamaba. Tuvo la necesidad de mirar a través de él. Se acercó seguida por su prima, mientras Alice y Alan se posicionaban uno a cada lado de la sala. La luz que lo atravesaba era… simplemente perfecta. Estaba compuesto por cientos de pequeñas ventanas, todas del tamaño de un libro.

Era una obra maestra en sí misma.

La puerta se abrió sin que se diera cuenta, perdida en el paisaje que se extendía ante ella.

—Su alteza el príncipe Kiran Grayson De Jenner, del reino de Salm —aclamó la voz del chambelán, devolviéndola a la realidad.

Se giró de golpe, tan apurada por hacer una reverencia que no le dio tiempo de mirarlo a la cara.

—Le presento a su alteza la princesa Carla De Meredith Pratt, del reino de Frisia. —Continuó la presentación con la misma pompa y ceremonia.

—Bienvenida, princesa —dijo una voz demasiado conocida.

Se levantó ante su invitación, encontrándose con Anthony de frente, vestido con un traje negro formal.

—¿Qué co…? —Se mordió la lengua, atrapando la barbaridad que le venía a los labios.

Él la miraba con la misma expresión de confusión en sus ojos. Parecía un príncipe, vestía como un príncipe, pero eso no…

Miró desconcertada a los lados.

A su izquierda, su hermana Marian, vestida con un maravilloso vestido de color azul digno de la realeza, tenía la boca abierta de la sorpresa. Era evidente que no era una sirviente.

A su derecha se encontró con los brillantes y maliciosos ojos de Owen. Una sonrisa pletórica le ocupaba toda la cara. No había desconcierto alguno en él.

Era el único que parecía saber exactamente lo que estaba pasando en aquella biblioteca.