CAPÍTULO 32 #2
—¿De qué coño hablaba? —preguntó Isobel en cuanto el doctor abandonó la habitación.
—No tengo ni idea, solo dijo cosas sin sentido —respondió Carla—. Aunque me inquieta lo de los secretos…
—No te preocupes. —Le sujetó la mano con aprecio—. A Owen solo le gusta provocar. No creo que quiera dañarnos de alguna manera.
—¿Eso ha sido un halago, Isi? —Una sonrisa jocosa se le tatuó en la cara—. Creo que es la primera vez que no le buscas el peor de los defectos a alguien.
—¡Oh, cállate! —La soltó con su semblante orgulloso, pero Carla podía jurar que se había sonrojado un poco—. Solo pretendía animarte. El doctor magnífico solo tiene las cualidades de su profesión.
—Eso ya me suena más a mi querida prima. Vamos, tenemos que movernos.
Estaba más ansiosa por salir de aquella habitación que por acudir a la cita con el rey y su madre. Quería salir a explorar la ciudad, pero tenía una misión. La convocaron al jardín, donde almorzarían para conocerse mejor.
Al acabar, acudiría a tomar el té con el príncipe Kiran, donde serían presentados formalmente por el chambelán de la corte.
Isobel, Alan y Alice la acompañarían como escoltas en todo momento.
Era una de las pocas cosas que había exigido.
Los hermanos ya la esperaban en la puerta junto con dos escoltas de Issel.
—Déjame verte antes de salir —le pidió Isobel, ya vestida con ropa de soldado—. Creo que has perdido la costumbre de llevar vestidos.
—No puedo negarlo —respondió algo nerviosa—. ¿Cómo me ves?
Su prima se separó tres pasos para observarla mejor.
Un vestido color crema envolvía a Carla, que la hacía sentir terriblemente incómoda.
Había sido confeccionado para ese día. Le adulteraba la figura, marcándole la cintura y levantándole el pecho como su mejor atributo femenino.
Tenía bordados de hilo de oro en las mangas y en el bajo de la falda que brillaban en movimiento.
El cabello cobrizo le contrastaba con aquel neutro color.
Carla quería parecer bella a los ojos del príncipe, pero no quería intimidarlo con algo demasiado estridente.
Pretendía un estilo sencillo, sin parecer una mujer frívola que gastaba todo el dinero en vestidos y joyas.
Así se lo había descrito a Diana y ella…
—Estás preciosa —interrumpió su prima el batiburrillo de pensamiento que se le había desbocado—. ¿Te acordarás de caminar con unos tacones?
—Ja. Ja. Ja. —rio de manera sarcástica—. Eres de gran ayuda, Isobel.
Respiró hondo antes de que Diana abriera la puerta. Dejó que el aire la inundara, tratando de controlar el temblor que comenzaba a latirle en las manos. Y se irguió, echando los hombros hacia atrás, con su mejor expresión protocolaria decorándole la cara.
Estaba lista.
Atravesó la puerta con paso firme.
Isobel la seguía con su cara y cabello cubiertos bajo la capucha del uniforme. Alice y Alan la imitaron para evitar sospechas. La escolta real comenzó a caminar en cuanto la vieron, guiándola.
El jardín interior del palacio se parecía un poco al de la finca de Ille, pero era mucho más extravagante.
La mayor diferencia era que la belleza salvaje del jardín secreto del marqués allí era inexistente.
Todas las plantas formaban figuras geométricas, medidas al milímetro, que delimitaban caminos y estancias.
Nada se salía de su lugar.
Era hermoso, sí, pero demasiado inflexible.
La luz era intensa. La temperatura, elevada, a pesar de ser invierno. Los soldados la llevaron hasta una gran mesa de piedra donde no había nadie.
El rey siempre era el último en llegar. Así lo marcaba el protocolo.
Un mayordomo salió a su encuentro de detrás de los grandes y cuadriculados setos.
—Alteza, permítame acomodarla mientras aguarda.
Carla asintió con una sonrisa forzada anclada en el rostro y tomó el asiento que le ofrecía. Era la silla de la izquierda de la cabecera. A pesar de ser la invitada de honor, parecía que el lugar a la derecha del rey estaba destinado a su madre.
Sus compañeros se apartaron con sutileza, quedándose junto a los setos en los que acababa de desaparecer el sirviente.
Pasó un buen rato antes de que regresara con dos lacayos. Carla se encontraba de espaldas al camino, pero al verlos acudir, se levantó inmediatamente.
Estaba cerca.
Aparecieron con un séquito de seis soldados y el chambelán.
—Su majestad el rey Víctor Grayson De Jenner y su majestad la reina Elizabeth De Jenner —los presentó el chambelán con toda la opulencia que se esperaba de él.
Ella respondió con la mejor de sus reverencias.
—Sus majestades, me presento con humildad, mi nombre es Carla De Meredith Pratt, princesa del reino de Frisia. Agradezco el honor de hospedarme en vuestra casa.
—Eres bienvenida —respondió el rey, señal de que podía levantarse.
Unos ojos ambarinos, como los de un animal salvaje, la recibieron al alzar la cabeza. Una fina trenza, del color del trigo, caía con elegancia sobre su hombro.
Era muy apuesto. Tanto que parecía irreal.
Y su rostro le resultaba familiar de algún modo, aunque no conseguía emparentarlo con nadie que conociera.
Se parecía mucho a la mujer que tenía junto a él.
La reina Elizabeth también era rubia, con su cabello recogido firmemente en un moño en la nuca.
Vestía de manera simple, pero impoluta. No había nada en ella que se pudiera considerar un adorno, ni siquiera la gargantilla de oro que llevaba en el cuello.
Su mirada era severa.
No tenía cejas. Estaban pulcramente pintadas. Le daba un aire demasiado estricto, como el de una institutriz enfadada. Con sus ojos de color verde oliva, parecía estar juzgándola, sin perder el mínimo detalle.
—Por favor, niña. Eres nuestra invitada. Toma asiento. —Le señaló la reina la silla con un sutil movimiento de mano.
Obedeció sin dudar y esperó pacientemente a que la acompañaran. El despliegue que los seguía se colocó al otro lado de la mesa, justo frente a Carla, como si pretendieran intimidarla.
—Espero que hayas descansado después de tan largo viaje, pequeña —se interesó la reina—. Tengo entendido que ha sido muy ajetreado. —Su sonrisa era amable, aunque no le salía de manera natural.
—Me honra con su preocupación —respondió con la sonrisa especial para la corte—. Han sido muy amables al enviarnos escolta. Gracias al capitán Ferner y su pelotón, llegamos a salvo a la capital.
Su mirada cambió fugazmente a una expresión que no tuvo tiempo de identificar.
—Me alegra saber que nuestros soldados han sido de utilidad —le respondió recuperándose—. Espero que tu estado de salud sea bueno.
—Lo es. Les agradezco que tuvieran la bondad de enviar al doctor Ille a examinarme esta mañana. —Se adelantó Carla al camino por el que quería salir aquella mujer.
—Siento mucho que el médico real no pudiera acudir a verte —cogió ella el guante—. Agradecemos al doctor Ille que pudiera acompañarte durante el viaje.
—También yo. —No apartó la mirada, no se dejaría avasallar.
—¿Las estancias son de tu agrado? —inquirió con cortesía.
Carla miró de reojo al rey.
—Son magníficas —apenas le prestaba atención—. Debo alabar su buen gusto. A mi madre le hubiera encantado. Ella tiene una gran pasión por la decoración.
—¿Y a ti, pequeña? ¿No te interesa?
—Me temo que no —respondió con sinceridad.
—¿Qué otros intereses tienes? —insistió la reina—. ¿Tal vez la pintura? ¿La música? ¿El bordado? ¿Tocas algún instrumento?
«¿Qué se cree que soy? ¿Un circo andante?», pensó indignada.
—Lo lamento. No fui instruida para ser una dama —soltó sin contenerse.
—No te entiendo. —Parecía realmente confusa.
—Me refiero a que mi preceptor debía enseñarme: Historia, para conocer el reino.
Matemáticas, para controlar dinero y bienes.
El arte militar, para dirigir ejércitos.
Y protocolo para poder interactuar con los países vecinos —explicó Carla, sin dejar de sonreír—.
En definitiva, se me enseñó todo lo necesario para gobernar . No tenía tiempo para las labores.
Esperó un instante a que la información cuajara en su cabeza.
—Si me pregunta si tengo alguna pasión en todo eso… Podría decirle que se me da muy bien la lucha con cuchillos y la espada. También que últimamente disfruto del ajedrez y los juegos de estrategia.