La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

P asaron dos días desde la celebración en la torre este. Aquella mañana, Hugo los había escoltado hasta el palacio de Issel donde fueron recibidos con honores. Sin embargo, ningún miembro de la familia real fue a su encuentro. Las metieron en unas espléndidas estancias y las invitaron a descansar.

Debía recuperar fuerzas antes de ser presentada, le dijeron.

Carla se consumía del nerviosismo. Encerrada en aquel enorme dormitorio, sin hacer nada.

Ya no lo soportaba.

Diana, ya en su papel de doncella, se presentaba cada mañana para despertarla y le traía todas las comidas a la habitación.

Permitieron que Isobel, vestida ahora como su escolta, ocupara la pequeña dependencia junto a la suya y permaneciera con ella todo el tiempo.

Alice y Alan solo podían acceder dos veces al día para informar del estado de su pelotón.

Era una jaula.

Una de oro, sin duda, pero la tenían cautiva.

Tuvo la tentación de escabullirse como Ana De Luca en varias ocasiones, pero Isobel la disuadió con su fría lógica. Era demasiado arriesgado que la vieran paseando por el palacio. Alguien podría reconocerla cuando se presentara ante la familia real.

Y después de tanta cautela, esa mañana la sorprenden con la decisión de enviar al médico de palacio para examinarla.

Sería un desastre si vieran la herida en la cabeza de Carla.

No les sería difícil atar cabos. La capitán que cayó de su caballo era la misma persona que se presentaba para firmar el matrimonio.

Se le pusieron los pelos de punta solo de pensarlo.

Había mandado a Diana en busca de Owen, pero una sirviente había llegado antes.

—Solo permite la entrada del doctor Ille —sonó la voz de Alice al otro lado de la puerta.

—Su majestad ha enviado al médico real para que la examine —respondió una voz femenina que Carla no conocía—. Están preocupados por la salud de su alteza.

—No es posible —se reafirmó Alice—. Haga llamar al doctor Ille. Él hará la revisión.

Un tenso silencio se instaló entre ambas.

—¿Puedo ayudarla en algo, señora Violet? —Lo rompió la voz de Owen, que había llegado justo a tiempo.

—Doctor —respondió la sirviente—. El rey ha ordenado que el médico real vea el estado de salud de la princesa, pero esta mujer vestida de soldado no permite su entrada.

—La capitán Alice De Visser de la Guardia Real del reino de Frisia —espetó Owen con firmeza, dejando sus palabras en el aire a modo de advertencia—, sigue mis instrucciones. Su alteza es mi paciente.

—Pero, su majestad… —La voz de la mujer trastabillaba.

—El rey me envía. He hablado con él ahora mismo —aclaró Owen—. Pueden retirarse, Violet. Puede decirle a la reina madre que yo me encargo de todo.

Cuando Owen entró en la habitación, Isobel y Carla habían intercambiado sus papeles de nuevo.

Diana lo seguía con una sonrisa de satisfacción por haberlo logrado.

—Buenos días, Alteza —dijo al entrar con una extraña sonrisa—. ¿Acaso no confía en el médico de palacio?

—Buenos días, doctor Ille —respondió Isobel—. Le agradezco que haya venido. No es que no confíe, es que no lo conozco. No me sentía cómoda con la idea de que un extraño me inspeccionara como si fuera mercancía.

—¡Je! —rio él, acercándose a Isobel—. ¿Se siente más cómoda con mi exploración?

Su tono se tornó grave, tan profundo que le resonaba en el cuerpo.

—No, en realidad no —respondió su prima, con una sonrisa que Carla nunca le había visto antes—. Solo me parece que esta opción es un poco menos horrible.

—Sí que le cuesta confiar en los demás. ¿Cuánta cercanía necesita para que la merezca? Creo que ya nos conocemos lo suficiente …

—¿Ha venido a hablar? ¿O a hacer su trabajo? —lo cortó ella, sin dejar de sonreír.

A Carla le pareció bastante extraña su actitud con Owen, pero parecía disfrutar de aquel juego, así que no la detuvo. El doctor comenzó con su trabajo tomando sus constantes y palpando su cuello.

—¿Puede quedarse en ropa interior? —pidió él, metido de lleno en su papel—. Examinaré la herida de Ana mientras se desviste.

—Diana, por favor, ¿puedes ayudarme? —pidió Isobel, metiéndose tras el biombo.

—Querida —se acercó con una expresión amable—, ¿cómo te encuentras?

—Estoy bien, Owen —respondió, suspirando—. Solo me duele el chichón, pero ya está mejor. Me he puesto hielo cada día y la pomada que me enviaste.

—Buena chica. —Le tiró del hombro para que se diera la vuelta—. Pero prefiero verlo por mí mismo, si no te importa. Siéntate en esa silla, por favor.

Carla lo obedeció a regañadientes, dejando su nuca expuesta. El doctor le retiró el pelo, dejando a la vista la zona que él mismo había afeitado.

—Tiene buena pinta. El pelo volverá a crecerte sin problemas. Quedará una cicatriz para el recuerdo —bromeó, con aquella sonrisa que podía derribar hasta la muralla más firme—. ¿Te has vuelto a marear?

—No. —Carla se levantó—. Estoy bien. No tienes que preocuparte por mí.

—¡Je! ¿Alguna vez dejarás que los demás te cuidemos? Te ocupas de todos los que te rodean, pero no permites que nadie lo haga contigo…

El cuerpo le respondió encogiéndose ante esas palabras que pretendían ser amables.

—Ya estoy preparada. —Los interrumpió Isobel al salir del biombo—. ¿De pie o sentada?

—Recostada —respondió él, con un brillo malicioso en su mirada.

—Haga lo que pueda, doctor —lo provocó su prima, tendiéndose sobre la cama—. No espero mejoras en sus resultados.

—Veo que su estado anímico es bueno. —Se acercó lentamente a ella, como un depredador en busca de su presa.

El doctor revisó minuciosamente el cuerpo de Isobel.

Lo hacía con tanta dulzura que Carla tuvo la necesidad de apartar la mirada.

Parecía que estuviera interrumpiendo un momento demasiado íntimo entre ambos.

Aquella sensación la hizo sentir incómoda, así que decidió salir al balcón en lo que terminaban.

Bajo sus pies se extendía todo Issel.

El palacio estaba situado en la base de la montaña que lo rodeaba.

Habían excavado la roca para poder construirlo por encima de la ciudad.

A salvo de cualquier ataque. Desde allí podía contemplarse en todo su esplendor.

La llamaban la ciudad blanca y no sin razón.

La luz de la mañana se reflejaba con intensidad sobre los muros húmedos de la capital.

Brillaba como una rosa adornada con el rocío de la mañana. Sin duda, era digna de admiración.

El rey Damian se encargó de hacerla crecer y prosperar durante su mandato. El rey Víctor tenía el listón muy alto para mostrarse digno heredero de su legado.

Carla había sido convocada ante él y la reina madre en cuanto acabara su examen.

No conocería al príncipe Kiran hasta por la tarde.

Estaba impaciente.

No le gustaba tener tanto tiempo libre. Quedarse allí, imaginándose las razones por las que pretendían tenerla encerrada…

¿Habría algún problema con el compromiso? ¿Se habrían echado atrás? ¿La habían descubierto?

Todo estaba en el aire y nadie le decía absolutamente nada.

No tuvo noticias de Anthony desde que se despidieron en la escalera.

La mano se le movió sin permiso hasta tocarse la comisura de la boca con la punta de los dedos. Aún podía sentir el contacto de sus labios.

«¡No sigas por ahí!», se recriminó para obligarse a centrarse.

Le había prometido que haría todo lo posible por ayudarla a conseguirlo. Lo dudaba. Era amigo del príncipe Kiran. Le debía lealtad. No antepondría los deseos de una mujer a la que acababa de conocer ante los suyos.

Si supiera que le estaba entregando en matrimonio a la mujer a la que había confesado amar…

—Muy rastrero por tu parte —se reprendió en un susurro, apoyándose en la balaustrada—. Merece a alguien más digno. Separarnos era lo mejor para él.

—Lo dudo mucho —intervino la voz de Owen tras ella.

—Te perdiste todas tus clases de educación de niño, ¿verdad? —le soltó, molesta porque la hubiera escuchado en un momento vulnerable.

—¡Qué cruel! Creí que habías llegado a confiar en mí.

—Tengo una deuda contigo —admitió tras resoplar—. Que me hayas visto en mis peores momentos no significa que te hayas ganado mi confianza.

—Veo que tenéis en común bastante más que vuestro aspecto —murmuró él, con una mueca.

—Es cierto. Aunque, cuando confiamos, lo hacemos para siempre, Owen —relajó Carla su actitud—. Tal vez solo tengas que esforzarte un poco más. La próxima vez, solo haz algún sonido para que pueda saber que estás cerca.

—A la orden, capitán. —Se cuadró ante ella con sorna—. Ya hemos terminado. Es la viva imagen de la salud.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Puedes —la invitó, con un deje perverso en su voz—. Otra cosa es que yo responda…

—No esperaba menos de ti —rio Carla—. El objetivo de esto, ¿era verificar su castidad?

—Esa es una pregunta muy compleja, mi querida Ana —dijo, colocándose un mechón rebelde tras su oreja—.

Solo te puedo decir que era la intención inicial, pero que tras hablar con su majestad…

Digamos que ha accedido a retrasarlo. No puedo darte demasiada información.

Puedo decirte que hay varias partes interesadas en este compromiso y que no siempre están de acuerdo.

—Entiendo —le sonrió, agradecida—, al menos a grandes rasgos. Pero ¿qué sentido tiene hacerlo ahora si habrá que repetirlo en profundidad?

—¡Je! —rio él jocoso—. Eso, amiga mía, es un secreto.

—¡Qué infantil! —rio Carla, algo más relajada—. Supongo que no me lo dirás…

—En el día de hoy, serán revelados muchos secretos —le respondió con un aire teatral, mientras apretaba la sonrisa que quería salir en su boca—. Puede que mañana tu impresión sobre mí haya mejorado.

—Deberías dedicarte a escribir, Owen. Te has montado una buena historia. ¡La intriga me está consumiendo! —se mofó de él—. La princesa tiene que prepararse. Así que, ¡mueve tu culo que ya no puedo esperar a ver qué pasa con esta trama!

—Búrlate lo que quieras, Ana. —Se giró para irse—. Cuando volvamos a encontrarnos, en cuanto cruces la mirada conmigo, encontraré una satisfacción inconmensurable. La cara que se te va a quedar cuando lo comprendas todo…

»La estaré disfrutando durante una eternidad.