La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 31 #3
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CAPÍTULO 31 #3

La fiesta continuó toda la noche. No decayó ni un solo momento hasta que Alice se derrumbó, rendida sobre la mesa entre las risas de sus compañeros.

Su hermano y Hugo le colocaban una servilleta en forma de cucurucho sobre la cabeza para burlarse de ella al despertarla.

Marcia permaneció observando todo lo que sucedía.

Hablaba con Ana cuando esta le preguntaba algo directamente para incluirla en la celebración.

Kiran había disfrutado aquella noche más que ninguna otra.

Sin contar las que había pasado junto a Ana.

—Creo que ya es hora de recoger a mi hermana e irnos a la cama —dijo Alan, metiéndose bajo el brazo de Alice para levantarla—. ¿Me ayudas, Hugo?

—¡Claro! —respondió, moviéndose con él—. ¡Déjame! ¡Yo la llevaré!

La cogió entre sus brazos y ella se le agarró del cuello con la baba colgándole de la boca.

—Adelántate, quiero despedirme —lo alentó Alan con una sonrisa.

—¡Te espero en tu caseta! —lo informó Hugo al salir.

—Creo que ya no nos volveremos a ver, hermano.

Kiran se levantó cuadrándose frente al capitán con una sonrisa y agarró el brazo que le tendía.

—Ha sido un placer viajar a tu lado. —Le mostró su mejor sonrisa—. Si alguna vez necesitas mi ayuda, sea lo que sea…

»Acudiré a tu llamada.

—Gracias, hermano —respondió Kiran apretando con fuerza su antebrazo—. Te digo lo mismo. Siempre estaré en deuda contigo.

Alan le golpeó el hombro con afecto antes de darse la vuelta.

—Adiós, Anthony —se alejó Alan, dirigiéndose a la puerta con una mueca compleja en su rostro—. Que el camino al que estás destinado te traiga la felicidad que mereces. Ha sido un placer, Marian. Por favor, cuida de él…

Y abandonó la habitación dejando la puerta abierta. Solo quedaron Kiran, Ana y su hermana en el interior.

—Creo que yo también me iré a dormir —se apresuró a decir Ana.

—Subamos los tres. —Les señaló Kiran el camino con la mano extendida.

Al llegar a la primera planta, Ana se detuvo.

—Encantada de haberte conocido, Marian.

—Igualmente —sonrió Marcia—. Gracias por cuidar de mi hermano, Ana.

—Era lo menos que podía hacer —respondió, devolviéndole la sonrisa—. Anthony…

—¿Puedes adelantarte, Mar? —pidió Kiran a su hermana, mirándola fijamente—. Es la última habitación del pasillo, antes del baño. Subiré en un momento.

—Claro —respondió ella sin oponerse, entendiéndolo sin que tuviera que decir nada más.

—Anthony, yo… —quiso decir Ana, con la mirada en su dedo índice que sujetaba otra vez con demasiada fuerza—. Yo…

—No hace falta que digas nada —la interrumpió Kiran sujetándola por la barbilla, empujándola suavemente a que levantara su cabeza—. Ya dijimos todo lo que teníamos que decir. Pero… necesito pedirte un último favor.

—Dime. —Posó la vista en él.

Kiran estuvo a punto de perder el aliento.

Sus ojos brillaban.

Sus mejillas parecían arder.

Seguramente fuera por lo mucho que había bebido, pero no pudo evitar estremecerse.

—Quiero que me prometas que, pase lo que pase dentro de dos días, cuando el príncipe Kiran y la princesa Carla se conozcan, no me odiarás.

—¿Odiarte? —preguntó desconcertada—. ¿Por qué lo haría?

—Te prometo que el compromiso se firmará. Que el príncipe Kiran hará todo lo que esté en su mano para evitar una guerra civil en Frisia, pero… tiene un coste.

—¿Un coste? No te entiendo, Anthony. ¡Me prometiste que no correrías peligro! ¡Si te pasara algo…! ¡No lo hagas!

—No correré ningún peligro, lo juro —respondió él, acercándose a su rostro sin poder evitarlo—. Estaré a salvo. Lo entenderás todo dentro de dos días. Lo siento, no puedo decirte nada más. Es necesario para que el compromiso pueda llevarse a cabo.

—¿De verdad estarás a salvo? —preguntó sin apartarse.

—Lo prometo —la consoló Kiran.

Sus ojos seguían llamándolo desde lo más profundo. Estaba cautivo en ellos. Cada latido le retumbaba en los oídos. No podía escuchar con claridad la voz que le gritaba que tenía que apartarse de ella. Tan solo había unos pocos centímetros entre ellos.

La deseaba tanto…

Necesitaba el contacto de su piel. Venerarla.

Cuando sus labios estuvieron a punto de rozarse, se contuvo. Giró la cabeza y la besó en la comisura de su boca, tal y como había hecho ella la noche anterior. Lo alargó todo lo que pudo hasta quedarse sin aire. Y se retiró, recuperando la respiración con un profundo suspiro.

—Lo siento —se disculpó, avergonzado por haberla tocado sin esperar su permiso.

—No te disculpes —le respondió Ana con la respiración entrecortada—. No importa lo que suceda, yo… nunca podría odiarte.

—¡Je! Nunca es una palabra demasiado definitiva, ¿no era así?

La expresión confusa de su cara solo consiguió que brillara más. Tuvo que hacer acopio de toda la fuerza que le quedaba para despedirse.

—Adiós, Ana. Siempre estaré cuidando de ti.

—Adiós, Anthony. —Se giró de pronto, echándose a correr por el pasillo sin mirar atrás.

Kiran continuó subiendo los escalones por inercia. Sentía dolor donde las uñas se le clavaban en las palmas de las manos.

No importaba lo que le esperaba al llegar a palacio.

No sería nada comparado con la sensación de vacío que se le agolpaba en el pecho.

Abrió la puerta, encontrándose a Marcia. Lo esperaba sentada a los pies de la cama.

—Volvamos a casa —soltó Kiran.

Su hermana lo envolvió en un cálido abrazo.

Y él dejó que la debilidad lo invadiera una última vez antes de afrontar el camino que había elegido.