CAPÍTULO 30 #2
—Se enfrentaría a él intentando impedirlo.
—¿Qué haría el duque?
—Joder, Isi, ya veo por dónde vas, no es…
—Responde —insistió ella con dureza.
—Obligar al consejo a degradar y a desterrar al comandante Oliver.
—Y si el comandante no estuviera con tu hermano para aconsejarle, ¿qué pasaría?
—Que Luke haría todo lo que el duque y mi madre le pidieran.
—Y si lo tienen entretenido con regalos y consintiendo todo lo que pide, ¿quién gobernaría el reino de Frisia?
—El duque de Braber. —Se mordió el labio—. Pero, siendo objetivos, ¿no está capacitado para gobernar?
—Sí, lo está —admitió Isobel siendo sincera—. ¿Pero a qué precio? Pudiste ver su ducado al pasar por allí. Si no es por la ayuda que envía el consejo para las personas más necesitadas… habría muertos en las calles.
—Estás opinando —se quejó Carla.
—Buff… Replanteo la pregunta: ¿Pondría el duque a todos los ciudadanos bajo el mismo rasero?
—No, no lo haría.
—¿Podría abusar de su autoridad y subir los impuestos para complacer las extravagancias de tu madre?
—¡Mierda, Isi! ¡Sí que lo haría! Vamos a dejarlo ya…
—Solo una última pregunta.
—Está bien —aceptó Carla, a pesar de que se sentía como si le hubiera caído una losa sobre la espalda.
—¿Podrías vivir egoístamente si sucediera?
—No, no podría —respondió con convicción.
—Nunca ha sido por cumplir el deseo de tu padre, Carla. Siempre ha sido porque tú eres la más indicada para ser la reina de Frisia.
—Y estoy condenada a hacerlo sin poder elegir.
—Puedes… Tienes dos opciones: renunciar y vivir como capitán, portando el sufrimiento de haber permitido que el reino cayera.
O sentarte en el trono, protegiendo a tu pueblo y arrastrando el dolor de no poder ser tú misma —sentenció Isobel, sin ironía ni burla, sino compartiendo el sentimiento que la embargaba—.
Las dos opciones tienen una carga. Ese es el precio de ser una Meredith.
»Tienes que escoger la que te pesará menos el resto de tu vida.
Carla se sumergió por completo bajo el agua para evitar que viera las lágrimas que amenazaban con brotar sin control.
La impotencia la estaba destrozando.
Una presión agobiante le envolvía la piel.
Al salir, Isobel la miraba con pesar, como si la carga fuera suya también.
—¿Cuál elegirías? —buscó Carla una respuesta.
—Mi querida prima, tú y yo, aunque seamos muy parecidas en aspecto, somos la noche y el día. Mi elección sería la opuesta a la tuya, sin duda alguna.
—Tú me conoces como nadie, Isi. Si crees que optaría por lo contrario a ti, dame tu respuesta…
—Yo miraría solo por mí misma, Carla. Renunciaría a la corona para vivir mi vida, porque no tendría remordimientos por lo que sucediera tras mi marcha.
Sus labios formaron una sonrisa perversa.
—¡Je! —rio Carla con tristeza—. Creo que estás equivocada al pensar que no los tendrías, pero tienes razón en mi elección. No podría ser feliz dejando el reino bajo el yugo del duque.
—Lo siento mucho. —Dos gruesas lágrimas corrieron por sus mejillas—. Los dioses te han sentenciado a una vida en la que el peso de las elecciones de los demás recae sobre tus hombros. No es justo, y yo… quisiera no tener… —Las palabras se quedaron atascadas en su garganta.
—¡Oh, Isi! —se lanzó sobre ella para abrazarla—. No, por favor. Tú ya haces demasiado por mí. Has estado siempre a mi lado, devolviéndome a mi camino cuando dudaba de él.
—Soy una piedra más en tus zapatos. No merezco tu afecto, soy una… Soy horrible. —Lloraba Isobel sin consuelo.
—Puede que no seas la más amable y que siempre pienses mal de todos, pero yo te necesito —la cortó, separándose de ella para mirarla a la cara—. Oliver siempre me dijo que tú eras la maldad que yo no poseía. Que nunca me separara de ti porque me harías falta en los momentos difíciles.
—¡Ja, ja, ja! —Explotó en una risa histérica—. ¡Maldito viejo! ¡A mí siempre me dijo lo contrario! Que tú eras la bondad que no tenía. ¡Que sin ti no encontraría nada bueno en mi vida!
—¡Qué cruel! —rio Carla—. ¡¿Cómo pudo decirte algo así?!
—Creo que eres la única que encuentra algo bueno en mí, Car —murmuró, con una mueca de dolor.
—Eso es porque nadie te conoce como yo —le respondió con su mejor sonrisa—. Soy la única que te ha visto sin tu coraza. He visto quién eres en realidad.
—No te voy a negar que eso es cierto —le respondió, devolviéndole una sonrisa vacía—. Pero hasta yo misma lo dudo.
—Querida Isi, ves tus habilidades como defectos.
No puedes estar más equivocada. Con tu mente desconfiada y tu lengua viperina, acabas de convencerme de que no puedo huir sin pensar en lo que dejo atrás.
Has evitado que abandonara el reino, dejándolo en las manos de quienes solo piensan en sí mismos.
Es probable que, siendo la persona más borde y dura de todas, acabes de salvar vidas.
—¡Qué exagerada eres! —regañó Isobel a su prima—. Solo ha sido una conversación hipotética. Nadie conoce el futuro.
—Yo no era capaz de ver las cosas con perspectiva. Estaba dejando que mis sentimientos me nublaran el juicio. Tu forma de ser te permite ser pragmática. Eliminar lo que no es necesario para tomar decisiones. Serías la mejor de los estrategas de Frisia. Incluso podrías ser mejor reina que yo.
—No hay nadie mejor que tú para ser reina, Carla.
Estoy convencida. —Se estaba esforzando por sonreír—.
Si aún me quieres a tu lado cuando regresemos, prometo que te seré útil.
Me convertiré en la mejor en la estrategia.
Superaré a ese capitán de tres al cuarto.
¡Incluso dejaré en evidencia al príncipe estratega si es necesario!
Su risotada maléfica hizo eco en las paredes del baño.
—¡Ja, ja, ja! Pagaría por verlo, Isi, pero tengo algo que decirte…
—¿Qué ocurre? —La asaltó la preocupación por el cambio de tono de Carla.
—Con esa risa perversa, ¡de verdad pareces una versión malvada de mí! ¡Ja, ja, ja!
—¡Serás bicho! —le salpicó agua, directa a los ojos—. ¡Para que luego digan que no hay maldad en ti!
—Yo poseo maldad en la misma dosis que tú guardas bondad, mi querida prima. —Chapoteó Carla como respuesta.
—¡Venga! ¡Para ya! —se puso en pie Isobel—. Tenemos que vestirnos. Seguro que han empezado la fiesta sin nosotras.
Carla la vio salir de la bañera, con su piel de porcelana y su cuerpo curvilíneo. Una punzada de celos la atravesó. Aquella era la imagen de una princesa perfecta.
Lo que le devolvía el espejo cuando ella se miraba…
Gracias a Isobel volvía a estar segura de que necesitaba firmar ese compromiso. Sin embargo, el miedo a no ser la princesa que el príncipe Kiran esperaría al verla le contrajo el estómago.
Tal vez, después de todo, la elección no le perteneciera.