CAPÍTULO 30
L os últimos tonos rosados del atardecer pintaban el cielo despejado por fuera de la muralla.
Carla admiraba las vistas desde el balcón de la habitación de la torre.
Podía verse el inmenso prado que se extendía hasta el bosque.
Los brotes verdes comenzaban a despuntar entre la nieve.
Las montañas lo rodeaban, protegiendo la capital como una barrera natural.
Era un país bello, de eso no cabía duda. El reino de Salm era envidiado por sus vecinos, no solo por su belleza, sino por su prosperidad.
El difunto rey Damian hizo un gran trabajo durante su reinado.
Se decía de él que era un hombre que poseía todas las cualidades de un gran monarca.
El comandante Oliver siempre alabó su mandato.
Él creía que todos los reyes de la historia tenían más defectos que virtudes, pero que se les perdonaba por portar la corona.
Para el rey Damian, solo tenía alabanzas.
Decía que tenía defectos, como todos, pero, dejando al rey Noah de lado, no había ningún otro a su altura.
Puede que el príncipe Kiran hubiera heredado alguna de sus cualidades.
Tal vez se pareciera a su padre.
Una infinidad de preguntas asaltaban la mente de Carla.
Hasta ese día, solo se había centrado en el viaje, pero había llegado a su fin. Ahora, la misión de firmar el compromiso con el príncipe era casi una realidad. Estaba tan decidida cuando salió de Frisia y ahora…
—¿Carla? —la llamó Isobel tras ella—. ¿Estás bien?
—La verdad es que no lo sé. —Entró de vuelta en la habitación, dejando atrás el atardecer.
—Vamos a darnos un baño. —La tomó de la muñeca y la arrastró por el pasillo sin esperar respuesta—. Solo necesitas relajarte un poco. Has cargado con demasiado.
—Puede que tengas razón. —Se dejó llevar.
El baño era simple, pero tenía todo lo que era necesario. Una bañera de cobre se alzaba al fondo de la estancia. Era la más limpia y brillante que había visto en su vida.
—¿Crees que la han pulido para ti? —le preguntó Isobel, riéndose con malicia.
—¡Ja, ja, ja! —la acompañó ante su ocurrencia—. Siempre pensando lo peor de los demás, Isi.
—Es mi labor principal. —Se acercó para tocar el agua en su interior—. Está perfecta. Vamos, ¡lávate y métete tú primero!
—Báñate conmigo —le pidió, quitándose la ropa—. ¡Cómo hacíamos antes!
—Venga, Carla. ¡Ya no somos unas niñas!
—¡Qué más da! Tú por un lado y yo por el otro. ¡Así terminaremos antes!
—¿Tienes prisa por bajar? —preguntó Isobel apartando la mirada, mientras se desvestía.
—¿Qué pasa, Isi? Has estado algo rara…
Una ligera expresión de alarma se cruzó en la cara de Isobel antes de responder.
—Me he sentido un poco impotente —le dijo con tristeza, acercándose a la tina para quitarse el polvo del camino.
—Lo siento. —La abrazó por la espalda—. No pretendía que sufrieras por mi culpa.
—Supongo que no era tu intención caerte del maldito caballo. —Forzó una sonrisa, zafándose para lavarse.
—Dime la verdad —rogó Carla, aferrándose a la pieza de jabón que sostenía en la mano—. ¿Qué te ocurre?
—En el paso fronterizo… ¿qué pasó con el capitán Ferner? —le preguntó mirando al suelo.
La pregunta la cogió por sorpresa.
Tardó unos segundos en responder.
—No pasó nada. —Buscó una explicación en su mirada.
—¿Seguro?
—No sé por qué te preocupa eso. Solo nos despedimos, nada más —respondió Carla, extrañada por el comportamiento de su prima—. Yo dormí todo el tiempo. Él cuidó de mí manteniéndose despierto durante dos noches seguidas. Por la mañana nos despedimos y nos deseamos suerte en la vida. Eso fue todo.
—Pero ¿habrías querido que sucediera algo más?
Escucharla poniendo palabras a lo que se había negado a reconocer fue como una bofetada.
—Sí, joder —respondió tajante—. Si hubiera podido elegir a un compañero… Sí, sin duda habría sido a él, pero… eso no sucederá.
Casi se atragantó al decirlo en voz alta.
—Entiendo. —Isobel volvió a mirar al suelo—. Lo siento, no tengo derecho a…
—Isi —le sostuvo la barbilla para mirarla a la cara—, solo hay una persona que tiene derecho a interrogarme, incluso a enfadarse conmigo, y eres tú. No tengas miedo de preguntarme lo que quieras. Nunca me enfadaría contigo por ello. Entiendo tu curiosidad.
—Sí, era eso —respondió Isobel, con una expresión extraña—. Mi curiosidad y mi imaginación desbocada…
—¡Ja, ja, ja! ¡Una imaginación un tanto indecente! —se burló Carla, agarrándola de la mano para arrastrarla con ella a la bañera.
—¿Indecente? —le preguntó, fingiendo que la había dañado con sus palabras—. ¿Cómo puedes pensar eso de mí? ¡Tú solita has llegado a esa conclusión!
—¿Qué es lo que se considera indecoroso? —No pudo seguirle la broma a su prima—. ¿Quién elige qué lo es y qué no? ¿No puedo decidirlo por mí misma? ¿Por qué he de vivir según lo que los demás decidan? ¿No merezco yo poder elegir mi camino?
—Dime qué te pasa… —La preocupación le fruncía el ceño sin pretenderlo—. No estás bien. Vives y respondes a todo por inercia. ¿Es por golpe? ¿Te duele?
—No, Isi. —Carla se tapó la cara con una mano antes de soltar un suspiro—. La cabeza me duele, pero solo es un chichón.
—¿Entonces? —Le salpicó agua para que la mirara.
—No sé si estoy haciendo lo correcto. Tengo miedo de no estar eligiendo bien.
—¿Te refieres al compromiso? ¿Tan fuerte te ha dado con ese… capitán?
—No es eso. Me refiero a toda mi vida.
—Tienes dudas de si debes continuar luchando por una corona que nunca has codiciado.
—No lo habría descrito mejor… Elegí seguir este camino por no defraudar los deseos de mi padre, pero ¿dónde me deja eso?
¿No puedo ser Ana de Luca para siempre? Este viaje me ha abierto los ojos de muchas maneras.
Me he dado cuenta de que sería inmensamente feliz siendo capitán de campaña del ejército.
Viajando con el resto de los soldados. Visitando otros reinos…
¡Joder! ¡Sería feliz solo con poder elegir!
—Lo serías. —Le cogió las manos entre las suyas—. Pero eso solo sería posible si hubieras nacido en otra familia y no en la familia real. Si no fueras princesa, habrías elegido tu camino sin arrepentirte.
—¿Qué quieres decirme?
—Lo siento, Carla, pero eres la princesa de Frisia. Heredera al trono. Sabes lo que implicaría abandonar ese título. Sabes lo que sucedería si renuncias. ¿Podrías seguir adelante sin mirar atrás?
—No lo sé. —Se quedó mirando cómo las gotas de agua de sus manos producían ondas al caer.
—Sí, lo sabes —le dijo Isobel con firmeza—. No podrías soportar el remordimiento ni las consecuencias de esa decisión. Acabarías rota, sabiendo que estuvo en tu mano impedirlo. Que pudiste gobernar y protegerles. No está en tu naturaleza darles la espalda y vivir de manera egoísta.
—Pero ¿acaso no lo evitaría si renuncio a mi derecho? Si me quito de en medio, ya no habría razón para una guerra…
—Puede que se evitara una guerra civil. Es lógico pensar que, si tú no disputas la corona, no sería necesaria. Supongamos que lo haces. ¿Qué pasaría si gobernara tu hermano Luke?
—Seguro que podría aprender a ser un buen rey. —Levantó la cabeza—. Estoy segura de que el comandante lo ayudaría.
—¡Por los dioses, Carla! —se enfadó Isobel, soltándole las manos—. Odio tener que ser la que piensa mal de las dos, de verdad, pero ¡no me lo pones nada fácil!
—¿A qué te refieres? —preguntó algo molesta.
—¡A que siempre piensas lo mejor de los demás!
—elevó el tono más de lo que quería—. Lo siento, pero no me dejas más remedio que mostrarte la realidad.
Puede que tu hermano Luke no sea una mala persona, aunque no estoy segura del todo, pero es un niñato consentido que se deja manejar por el duque de Braber y tu madre.
—El duque podría ayudarlo a gobernar junto con el comandante…
—¡El comandante sería degradado y desterrado!
—El consejo no lo permitiría.
—¡Venga, Carla! ¡Está bien! Vamos a pensar juntas qué es lo que sucedería si renunciaras al trono. No voy a empujarte ni a darte mi opinión, solo voy a guiarte para que lo mires de forma objetiva, ¿vale?
Carla miraba a su prima como si no la conociera de nada. Siempre había sido la más impetuosa de las dos, pero nunca la había atosigado de ese modo.
—Yo ya he visto todas las resoluciones posibles —insistió Isobel, recostándose en la bañera, intentando contener su frustración—. Solo quiero que tú las veas también y decidas lo que quieres en consecuencia.
—¡Je! —rio Carla entre dientes.
—¿Qué te hace tanta gracia? —Sonrió ella también.
—Que tienes más en común con Anthony de lo que crees…
—¡Au! ¡Eso ha dolido! —se quejó—. Vamos a olvidarnos de ese factor en esta ecuación. Pensaremos solo en ti y en lo que implicaría que renunciaras al trono.
—Estoy lista —consintió Carla, preparándose para lo que viniera de su afilada lengua.
—Bien, paso a paso. ¿Quién sería el siguiente en la línea de sucesión?
—Mi hermano Luke. Sería coronado rey.
—¿Qué edad tiene?
—Ya lo sabes —resopló frustrada.
—Lo sé, pero yo solo estoy para hacer preguntas. Tú debes dar las respuestas.
—¡Vaaale! Tiene trece años.
—¿Podría ser coronado a esa edad?
—No.
—¿Sobre quién recaería el gobierno de Frisia hasta que él asumiera el cargo?
—Sobre el consejo y sobre mi madre, la reina regente.
—¿Quién elige al consejo?
—El consejo ya está elegido. Se creó bajo las últimas voluntades de mi padre al morir.
—¿Se puede relevar del puesto a algún consejero?
—Se puede, pero tiene que firmar el heredero al trono, la reina regente y al menos uno de los miembros del consejo.
—¿Es el duque de Braber uno de ellos?
—Sí, lo es.
—Si tu hermano es el príncipe heredero y tu madre, la reina regente, es la esposa del duque, ¿podría él conseguir que ambos firmaran para destituir a quienes quisiera quitarse de encima?
—Mierda —maldijo Carla, apretando los puños con fuerza—. Sí, podría. El duque controla a mi madre y a mi hermano. Firmarían lo que les pidiera.
—¿Quién tiene la competencia para degradar y desterrar a los miembros del ejército?
—El consejo.
—¿Qué haría el comandante Oliver si el duque de Braber nombra a un consejo que pudiera controlar?