La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

E l zumbido constante de las palas deslizándose sobre la nieve no permitía a Kiran caer en las profundidades del sueño.

Alan lo había empujado al interior de uno de los carruajes para continuar con el viaje.

Lo necesitaba en plena forma en la celebración de esa noche, le había dicho.

Quiso negarse, pero la verdad es que no aguantaba el agotamiento.

Sentía el cuerpo pesado, entumecido. Se le cerraban los ojos.

Necesitaba dormir.

Pero le había prometido a Alice que beberían juntos y no faltaría a una promesa.

La luz de la tarde atravesó el postigo, llamándole a que mirara a través del postigo. El prado que rodeaba la capital se iluminaba con la nieve derritiéndose sobre la hierba.

Estaban llegando.

Aspiró aquel olor que tantos recuerdos le traía. Había pasado muchos días corriendo por allí, cuando aún se le permitía. Luchaba con Benjamin, blandiendo las espadas de madera que les había regalado su padre, el anterior marqués.

Sonrió al recordar aquellos momentos. Hacía mucho tiempo que no pensaba en ello.

En el exterior escuchó la sonora risa de Owen que provenía del carruaje de la princesa.

Debió colarse cuando no miraba.

—¡No tienes remedio, hermanito! —le reprochó, aunque sabía que no podría oírle.

La risa de las dos mujeres lo acompañaba en su diversión. Un ápice de envidia lo envolvió al pensar que Owen había conseguido ganarse a la princesa, mientras él… tenía su desprecio.

«Solo alguien como él puede atravesar una armadura como esa», le concedió el mérito.

No quedaba mucho para cruzar la primera muralla. Los trasladarían a la zona este de entre muros. Era la destinada a la nobleza. Asignarían unas dependencias en la torre para la princesa y los demás montarían el campamento en su base. Una vez en el interior, no correrían peligro. Estarían a salvo.

Era el final.

En cuanto firmaran el compromiso, ya no habría vuelta atrás.

Sus atacantes no se atreverían a intentarlo una vez más.

Estarían bajo la protección del reino de Salm.

Su fuerza bélica era conocida por todos los reinos; no tenían rival.

Su número y su habilidad en la estrategia los habían convertido en invencibles, o al menos eso era lo que creían sus adversarios.

—En fin —se dijo a sí mismo—. Si la princesa está a salvo, Ana también lo estará.

Pensar en ella revolvió lo que había estado conteniendo desde la noche anterior.

No conocía los detalles de por qué debía aceptar un matrimonio político.

No veía en qué podría favorecer a una familia noble aceptar a un miembro de la Guardia Real como la esposa de alguno de sus hijos.

Siendo capitán, era lógico pensar que no formaba parte de la nobleza.

Ningún aristócrata permitiría que su hija se instruyera como soldado.

Aunque… sí había una casa De Visser. Y sus hijos estaban allí, como parte de la guardia.

Tal vez en su reino podría ser habitual que las hijas de los nobles se formaran como militares.

Pero no conocía ningún título asociado a la familia De Luca.

Había estudiado todas las casas nobles en sus lecciones. Podía jurar que no había ninguna que fuera De Luca.

No le encontraba ningún sentido. Que se unan por contrato dos familias que no sean de la nobleza…

Había algo que se le escapaba.

Estuvo tentado a preguntárselo directamente, pero no quería importunarla. Ya se habían dicho demasiado esa noche.

Tal vez fuera algún tipo de deuda que contrajeron con su padre en vida.

Se pasó la mano por el pelo, resoplando con fuerza.

—Déjalo de una vez. No hay vuelta atrás —se reprendió.

Ambos cumplirían con sus promesas.

Estaba decidido.

Si contraía matrimonio con la princesa, no solo ayudaría a salvar al reino de Frisia de una guerra civil. También se trasladaría a la ciudad de Brielle. Estaría siempre cerca de Ana, desde la sombra.

Se emplearía para ser su apoyo, aunque ella jamás lo supiera.

La luz comenzaba a tornarse rosada. En aquella época del año, cuando los cielos estaban despejados, los atardeceres eran de un rosa pálido muy suave.

La estrella más brillante del firmamento se elevaba sobre el oeste, compitiendo con los colores de la puesta de sol.

Estaba radiante aquella tarde. Nunca se había dado cuenta de lo bello que era ese paisaje.

Respiró profundamente. Realmente había valido la pena abandonar la ciudad para emprender el viaje que estaba a punto de terminar.

No importaba lo que sucediera a la mañana siguiente, cuando se presentara ante su madre.

No se arrepentía.

Lo volvería a hacer una y mil veces.

El carruaje se detuvo junto con sus pensamientos. Habían llegado a los portones de la muralla. Sería mejor que saliera y se reuniera con los demás.

Hugo discutía con los soldados de guardia. Alan y su hermana estaban junto a él. Alice se había adelantado para entregar el salvoconducto, pero el soldado no los dejaba entrar.

—Haga el favor de volver a los carruajes, señora —respondía a su petición—. No tiene autoridad para hablar conmigo.

—¡Soldado! —llamó su atención Kiran, a la espalda de sus compañeros de viaje, que se giraron al escucharlo—. ¡Cuádrese ahora mismo ante la capitán Alice De Visser de la Guardia Real del reino de Frisia!

—¡Mi señor! —respondió él, con los ojos abiertos por puro miedo—. ¡Le pido disculpas! ¡No sabía que este era su convoy! —se inclinó en una reverencia.

—¿No me ha oído? —escupió entre dientes, en tono amenazante—. No es a mí a quien debe sus disculpas.

—¡Sí, mi señor! —respondió, girándose hacia Alice—. ¡Lo lamento, capitán! No tengo excusa posible, pero no estoy acostumbrado a ver a una mujer en su puesto…

—No, no la tiene. ¡¿Acaso no reconoce la estrella de capitán en su uniforme?! ¡¿Debería mandarle de nuevo a la instrucción?! —lo regañó Kiran con dureza—. Hablaré con su superior para que le enseñe a respetar a todo el que cruce esta puerta. ¡Ahora apártese!

El soldado mandó retirar el portón para dejarles pasar. Se arremolinaron en torno a ellos, formando un pasillo de bienvenida.

—Lo siento, Alice —susurró al pasar junto a ella.

—Estoy acostumbrada a este tipo de cosas en Frisia. Al menos él tiene excusa. En Salm no está permitido que las mujeres formen parte del ejército, pero… —dudó, apartándole la mirada—. Te agradezco que salieras en mi defensa.

—¿Defenderte? Solo quería evitar que le rompieras los dientes a un soldado en la puerta de la capital. Solo el papeleo sería todo un engorro.

—¡Ja, ja, ja! —rio Alan junto a ellos—. Estaba preparado para sujetarla.

—¿Y quién estaba preparado para agarrarte a ti? —le preguntó Hugo poniéndole el brazo sobre los hombros.

—¿No te avisé de que ese era tu trabajo? —le respondió Alan entre risas—. Pues sí, podría haber salido jodidamente mal.

El convoy continuó la marcha hasta el lugar en el que debían pasar la noche. Hugo se encargó de dirigir el último montaje del campamento. Kiran acompañaría a la princesa Carla a las dependencias destinadas para ella.

Se acercó al carruaje donde las risas seguían sonando en su interior. Al llamar con los nudillos, Owen abrió, saliendo a su encuentro.

Su cara reflejaba una gran satisfacción.

—Parece que te lo has pasado bien… —No pudo contener el tono de reproche.

—No te haces una idea, amigo mío —se paró junto a él, con una expresión un tanto extraña en su rostro—. Habrás pedido una habitación para mí, ¿verdad?

—¡¿Cómo no?! El doctor magnífico no puede dormir en un campamento desolado —le respondió Kiran con un retintín muy marcado—. Ahora le acompañaré a sus aposentos. ¿Podemos hacer algo más por usted?

La princesa estalló en risas en el carruaje, mientras Ana salía al exterior.

—Permítame, capitán —se adelantó Owen ofreciéndole su mano como apoyo para bajar el escalón—. Mi querida Ana también necesita alojamiento en la torre.

—No se preocupe, Anthony, yo dormiré con su alteza para su custodia.

—Cuando vuelva de la celebración —apostilló la princesa, asomándose.

—Permítame servirle de apoyo, Alteza —se ofreció Kiran, tendiéndole la mano—. Las escoltaré hasta…

—Por fin hemos llegado —lo cortó ella, sosteniéndose al bajar—. No veía la hora…

Su mirada dejaba clara su intención. Era un recordatorio de que le debía algo y quería su pago.

—Le pido que me permita asistir a la celebración de esta noche —solicitó Kiran—. Se lo prometí a la capitán Alice.

—Creo que hace demasiadas promesas. —No se preocupó por ocultar que le molestaba.

—Pienso cumplirlas todas. —Mantuvo agarrada su mano con firmeza.

Le rogó con la mirada.

Solo era una noche de gracia. Sabía que ella podía entenderlo. Otra cosa era que quisiera hacerlo.

—¡Está bien! —aceptó a regañadientes—. Igualmente, si lo prohibiera, el doctor Ille vendría a mi puerta a rogar, así que accederé.

—Me halaga —le dedicó Owen una sonrisa, demasiado atrevida incluso para él—. ¿No cambiará de opinión? Mi oferta sigue en pie.

—No lo haré. Además, estoy demasiado cansada —se justificó la princesa, tirando de su mano para soltarse de Kiran.

El silencio los envolvió de manera incómoda mientras subían los escalones de la torre. La fría piedra que los rodeaba era ahora más cálida que la mirada de la princesa.

Sentía cómo se le clavaba en la espalda mientras caminaba.

Les habían preparado una habitación en la primera planta. Se paró ante la puerta y la abrió para que pasaran delante de él.

—Si necesita algo, no dude en pedirlo —se ofreció, sin cruzar el umbral—. Abajo hay una cocina. El baño está al final del pasillo. Es exclusivo para su alteza. Tiene una bañera por si quiere tomar un baño. El doctor y yo nos alojaremos en la siguiente planta.

—Gracias, Anthony —dijo Ana sin mirarlo a la cara.

—La celebración de esta noche será en el comedor junto a la cocina. En cuanto caiga el sol, estará todo dispuesto —informó, forzando una sonrisa—. Podéis bajar cuando queráis. Alteza, si cambia de opinión, estaremos complacidos de acogerla.

—Mira que sois insistentes los de Salm —se quejó ella.

—Por favor —rogó Owen a su espalda—. ¿Acaso no lo ha pasado bien durante el viaje?