CAPÍTULO 28 #3
—¡A la orden! —respondió ella entre las risas de su hermano en el exterior.
Sus carcajadas retumbaron al cerrarse la puerta. Carla intentó contenerse como pudo, mientras Owen e Isobel no perdían detalle de los movimientos del otro.
La mirada de Owen reflejaba su satisfacción y la de Isobel su frustración. Afuera, se escuchó la llamada para marchar, y el carruaje comenzó a moverse casi de inmediato.
—¿Esta noche contaremos con su presencia en la fiesta de despedida, Alteza? —preguntó Owen sin reparos.
—No creo que mi presencia invite a que algunos se relajen, doctor —respondió ella, sin soltar sus dientes.
—Para mí sería un honor acompañaros toda la noche —se ofreció con cierto tono seductor.
—Gracias, pero será mejor que no asista. Ana velará por mí hasta que podamos entrar en la capital, ¿verdad, capitán?
—Yo… —quiso decir Carla.
—¿De verdad la privaría de la oportunidad de celebrar el final del viaje? —la interrumpió Owen, obviando todos los protocolos—. Creí entender que era una persona atenta y amable…
—Pero ¿¡qué co…?! —explotó Isobel, sin poder controlarse ante sus descaradas formas.
—¡Alteza! —la detuvo Carla antes de que dijera lo que estaba a punto de decir.
—Creo que ha olvidado su lugar, doctor Ille —continuó Isobel, recobrando la compostura tras un profundo suspiro que advertía que había perdido la paciencia—. Le disculparé porque parece que no suele moverse demasiado en la corte, pero no se equivoque creyendo que me pondré a su altura.
—Yo creo que casi lo consigo…
—¡Doctor Ille! —llamó Carla su atención, rogándole con la mirada que parara—. No se lo tenga en cuenta, Alteza. En realidad, es una buena persona. Es solo que le gusta provocar.
—La única razón por la que continúa en este carruaje es porque aprecio demasiado a Ana. —Isobel metió en un cajón su sonrisa de cortesía—. Pero no olvide que mi paciencia tiene un límite y que en mi reino faltar el respeto a la realeza es un delito grave.
—Lo sé —la desafiaba con la mirada—, en el reino de Salm es exactamente igual.
—Me alegra que lo entienda. —Sacó a relucir de nuevo su sonrisa de protocolo.
—He sido plenamente consciente de ello durante toda mi vida —la provocó.
—Discúlpelo. Él no pretende ofenderla de ningún modo, ¿verdad, Owen? —medió Carla entre ambos, percibiendo que Isobel estallaría si seguía por ahí.
—Verdad —respondió él, relajando el tono—. No es mi intención disgustarla. Solo quería invitarla a nuestra celebración. Me gustaría que bebiéramos todos juntos esta noche para despedirnos en armonía. Si no tiene intención de asistir, ¿podría, al menos, dar permiso a los demás, Alteza?
—Podría venir con nosotros —la animó Carla—. Entre muros no habrá peligro.
—No puedo —respondió cortante Isobel, mirando a su prima con tristeza—. Créeme, será mejor así, pero, como bien dices, no habrá peligro para mí. Puedes ir con los demás.
Carla no entendía lo que sucedía. Creía que estaría feliz de asistir a una celebración después de aquel viaje.
Había sido muy difícil para ella permanecer siempre apartada.
No sabía lo que pasaba por su cabeza, pero la conocía lo suficiente como para saber que no debía insistir.
Solo se escuchaba el sonido de los del carruaje deslizándose sobre la nieve.
Era algo incómodo. Quería hablar con ella, pero con el doctor allí, era imposible.
Tendrían que seguir cada una en su papel hasta llegar al palacio de Issel.
—¡Je! —rompió Owen el silencio—. Ya veo. Debo disculparme. La juzgué precipitadamente. Definitivamente, es muy amable. Es solo que porta sobre sus hombros una pesada carga que la obliga a mostrar otra cara. Le ruego que me perdone.
Isobel y Carla lo miraron sorprendidas sin saber qué responder.
—¡Ja, ja, ja! —rio Owen al verles la cara—. ¡Está claro que sois familia! ¡Perdón, perdón! No pretendía reírme, pero ha sido muy gracioso veros hacer el mismo gesto.
—¡Ptfff! —retuvo una carcajada Isobel—. Tienes razón, Ana. No tiene malas intenciones. Discúlpeme por ser tan intransigente, doctor. A veces me excedo con la cautela.
—No se preocupe —le respondió Owen con una sonrisa sincera esta vez—. La entiendo perfectamente. Debe protegerse y proteger a los que tiene a su alrededor. No pretendía ofender con mis palabras, solo busco información con ellas. Es… ¿Cómo llamarlo…? Un hábito que tengo.
—¡Ja! —soltó Carla una risotada, aliviada por el cambio en el ambiente—. ¿Hábito? ¿Así lo llamas? No creo que haya maldad, es cierto, pero sí una falta de modales innata, acrecentada por tu arrogancia.
—¡Ja, ja, ja! —rio Isobel, bajando la guardia—. Yo no lo habría descrito mejor.
—¡Qué dolor! ¡Eso ha sido un puñal en mi corazón, mi querida Ana! —se quejó Owen agarrándose el pecho de un modo teatral—. Encima de que he arriesgado mi cabeza por beber contigo esta noche, ¿así me lo pagas?
—¡Cállate! ¡Entraste en el carruaje buscando entretenerte! Ahora atente a las consecuencias. Su alteza ya no necesita guardar las apariencias contigo.
»Pagarás muy caro tu atrevimiento. Sufrirás por lo que queda de viaje.