La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 28 #2
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CAPÍTULO 28 #2

Carla se quedó mirando al doctor como si no lo reconociera.

—¡Ja, ja, ja! —estalló él en carcajadas con su expresión—. No creías que pudiera ser tan optimista, ¿a que no?

—La verdad, Owen… Me lo hubiera esperado de cualquiera menos de ti —le respondió Carla con una sonrisa contagiada por su ánimo.

—La certeza es la mejor herramienta del optimismo, mi querida Ana —le respondió aún más enigmático—. Ahora vamos a hacerte tu último examen antes de partir.

—Eres la persona más extraña que he conocido. —Le sonrió—. Pero creo que he llegado a apreciar tu modo de ser, Owen.

—¡Uy, uy! No me estarás proponiendo nada incidente —le respondió mientras retiraba las vendas—. No te negaré que me resultas de lo más atractiva…

—¡Ja! Sí que eres optimista. ¡Tanto que vives alejado de la realidad! No podrías interesarme menos, mi querido Owen.

—¡Ja, ja, ja! Me encanta que no te andes con florituras. Y aún más que seas capaz de sonreír después de pasar por un momento tan duro. No cambies nunca, Ana, ¿me lo prometes?

—Te lo prometo —respondió Carla poniendo la mano sobre su hombro—, pero a cambio, debo pedirte que cuides de Anthony por mí.

—Eso es un hecho, querida. —No lo pensó—. Aunque no debes preocuparte, creo que él ha encontrado por fin su camino y todo ha sido gracias a ti.

—Aun así, necesito saber que tendrá con él a gente que lo aprecie, Owen.

—Tranquila, mi hermano y yo estaremos con él para lo que necesite. Y el gran Hugo también. ¡Es como su perrillo faldero! No se separará de él ni perdiendo la vida.

—Me consuela saberlo —respondió Carla mirándose las manos—. ¡Je, je, je!

—¿Qué es tan gracioso? —La cogió por la barbilla, levantándole la cabeza—. Ya te he dicho que no me gusta que hagas eso, Ana.

—Es muy gracioso, cuando conocí al marqués de Ille, él también me consoló mientras lloraba —se explicó, recordando el abrazo de su hermano—. No tuve el honor de conocer a vuestros padres, pero viendo cómo criaron a sus hijos, puedo asegurar que eran personas maravillosas.

—Realmente lo eran —le respondió Owen devolviéndole la sonrisa—. ¡Ya estás lista! ¡Has aprobado el examen!

—¿Podemos partir hoy?

—¡Sí! Pero con la condición de que viajes en el carruaje con la princesita —le dijo el doctor con su sonrisa maliciosa.

—¡Ja! ¿Princesita? ¡Creo que la subestimas demasiado! Yo en tu lugar no me atrevería a repetirlo donde pueda oírte.

—Lo tendré en cuenta. —le respondió, dirigiéndose a la puerta—. Avisaré para que envíen a tu ordenanza.

Al abrir la puerta, Diana ya se encontraba esperando, preparada para ayudarla. Entró sin ser invitada y comenzó a colocar todo lo que llevaba en los brazos alrededor de Carla.

—¡Anda! ¡Qué eficiencia, querida! Veo que ya no soy necesario aquí —dijo Owen al marcharse, cerrando la puerta al salir.

Diana se plantó frente a ella para mirarla a la cara como hacía cada mañana. Nunca decía una palabra. Tenía la capacidad de hablar, pero dejó de hacerlo desde muy niña.

El comandante Oliver la recogió de la calle en el reino vecino de Güeldres. Había pasado por un sufrimiento inimaginable a su corta edad. La trajo consigo a Frisia y acabó convirtiéndose en ordenanza y doncella de Carla, pero sobre todo era como una hermanita pequeña.

Tras un instante mirándola fijamente, se dio la vuelta y volvió con una toalla fría para ponérsela en los hinchados ojos.

—¿Tan mal se ve? —preguntó Carla sonriéndole.

—Ajá —respondió como hacía siempre.

Diana solo decía «ajá» para asentir y chasqueaba la lengua para decir no, pero no necesitaba nada más. Con el tiempo había conseguido expresarse con total claridad con su mirada y sus gestos.

Mientras Carla mantenía la toalla en los ojos, la escuchaba moverse alrededor.

Era ágil, rápida y muy diligente. Siempre tuvo la necesidad de ser útil para agradecer que Oliver la hubiera salvado de su calvario.

Se formó para convertirse en soldado desde que tuvo edad para poder acompañarla allá donde fuera.

Trabajó muy duro para conseguirlo, pero no se rindió.

La luz deslumbró a Carla cuando le retiró la toalla de la cara.

Pestañeó varias veces para acostumbrarse de nuevo y enfocó la mirada en su cara.

Sus ojos color miel brillaban llenos de ternura.

Su piel del color del bronce brillaba, como si la luz la eligiera a ella.

Su pelo castaño y muy rizado enmarcaba su redondo rostro.

Tenía unos cachetes que daban ganas de apretar de puro afecto.

Le sonreía, satisfecha por conseguir que le bajara la hinchazón.

Cogió las manos de Carla entre las suyas, llevándoselas a los labios para besarla. Lo hacía siempre que quería animarla.

—¡No se puede ser más linda! —Se tiró sobre ella para apretujarla en un cariñoso abrazo—. Solo con verte sonreír, ¡me vuelve la alegría!

La chiquilla chasqueó la lengua para que la soltara, revolviéndose entre los brazos, intentando escapar.

—¡Ya, ya! ¡Sé que tengo que vestirme! No te enfades conmigo por querer abrazarte… Porfiiii —rogó poniéndole ojitos.

Diana la abrazó con un suspiro cargado de frustración por no poder negarle nada. Era un abrazo tierno, de los que calientan el alma, aunque solo duren un instante.

—Gracias, hermana. —Contuvo las lágrimas que amenazaban con brotar de nuevo—. Será mejor que nos pongamos en marcha.

Cuando salió de la sala vestida de nuevo de capitán, Alan la esperaba junto a la puerta para escoltarla hasta el carruaje.

—¡Qué cara llevas! —le soltó, burlándose de ella.

Diana pasó junto a él, dándole un fuerte codazo en la ingle a modo de aviso.

—¡Ay! ¡Ja, ja, ja! ¡Vale, ya lo entiendo! ¡Mi boca permanecerá cerrada desde este mismo momento! —respondió Alan a su advertencia.

—¡Más te vale! —dijo Carla, poniendo palabras a la amenaza de Diana—. Vamos, tengo que dar las órdenes antes de partir.

—Yo me encargaré de eso. Te escoltaré al carruaje. Ella te está esperando —le pidió Alan, rascándose la cabeza, algo nervioso—. Créeme, es lo mejor.

—Tal vez lo sea. Si te encargas tú, me evitaré más de un drama —susurró Carla.

—¿Así está la cosa? —le preguntó, interpretando con agilidad a lo que se refería—. Sé que he dicho que mantendría mi boca cerrada, amiga mía, pero sabes que puedes contar conmigo. Si quieres gritar o pegarle a algo… ¡Te traeré a ese medicucho engreído para que le des una lección!

—¡Je! —rio con tristeza—. Te lo agradezco, Al, pero Owen ya ha hecho suficiente por hoy.

—Para lo que necesites —insistió Alan sujetándole la mano—. Siempre.

—Gracias…

—¡Bien! Es hora de partir. Además, aún te queda lidiar con ella durante el último tramo…

—¡¿No fue suficiente bronca la de ayer?!

—¡Je! Me temo que esta vez solo quiere acabar con todo lo que se ha imaginado durante la noche —dijo Alan, intentando contener la risa.

—¿A qué te refieres?

—¡Nada, nada! No te preocupes, son solo cosas mías —se justificó, mientras caminaban—. Solo necesita verte.

Junto a los carruajes esperaban los demás, como cada mañana. Se sorprendió al ver a Alice hablando alegremente con Hugo. Era imposible no responder a ese hombre cuando te sonreía. Hasta ella había caído. Una pequeña espina le atravesó el corazón al recordar la discusión que habían tenido.

Aún no había tenido oportunidad de pedirle perdón.

Anthony estaba recostado, con la espalda sobre una de las puertas. Tenía la rodilla levantada, apoyando su pie sobre el escalón. Sus brazos se cruzaban en su pecho y su cabeza colgaba hacia abajo. Tenía los ojos cerrados.

—Tiene que estar derrotado —susurró Carla entre dientes, sintiéndose culpable.

—Llegaremos esta noche a la capital. Podrá descansar en su hogar a partir de mañana. Concédele el mérito a su sacrificio y continúa tu camino —le dijo Alan, posándole su mano en el brazo—. Se merece nuestro respeto, no nuestra compasión.

—Tienes razón —suspiró, irguiéndose para caminar hasta el carruaje de la princesa.

Hugo le regaló una de sus sonrisas al verla, saludándola con la mano como si fueran familiares que se encontraban en el mercado. Carla no pudo evitar responderle. Anthony no se dio cuenta de su llegada. Continuó en la misma postura sin moverse.

No vio a Owen por ningún lado.

Alice se acercó hasta ellos y le abrió la puerta para que entrara.

—Alice, yo… —Trató Carla de disculparse por las cosas que le dijo.

—No te preocupes —la tranquilizó al verle la cara—. No tienes que decir nada. —Y con una sola mirada, supo que la había perdonado.

Su sonrisa le calentó el pecho.

—Gracias —consiguió decir a través de un pequeño hueco que le quedaba en la garganta—. No soy nada sin ti.

A Carla le pareció ver que sus ojos se humedecían, pero apartó la mirada demasiado pronto.

—Nos haremos cargo de todo el resto del camino —cambió de tema para no dejar caer su frío escudo—. Tú solo ocúpate de que ella te deje salir a beber esta noche.

Carla levantó el meñique para cerrar su promesa.

—Cuida de los demás por mí —le pidió con la voz a punto de romperse.

Alice le apresó el dedo y asintió.

Con eso fue más que suficiente.

Al mirar al interior, se encontró al doctor con su mejor sonrisa socarrona.

—¡Mi querida Ana! —exclamó en cuanto entró—. Su alteza ha tenido la amabilidad de dejarme ir con vosotras en este último tramo. Me preocupa estar lejos si tienes algún mareo o te desmayas. Debo estar cerca para cuidar de ti, ¿no es así?

—Es un alto precio que pagar por tu bienestar —respondió Isobel entre dientes.

—¡Ptfff! —Carla tuvo que cubrirse la boca para evitar reírse—. Es demasiado amable, Alteza.

—¡Da la orden de partir, Alice! —ordenó Isobel sin apartar la vista del doctor.