La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 28
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CAPÍTULO 28

U n rayo de luz entraba por la ventana de la sala médica, atravesando la ligera cortina que la cubría. Carla admiraba en silencio cómo caía sobre el pelo de Anthony, iluminando sus reflejos dorados. Era como si fueran uno, como si su color hubiera nacido del mismo sol.

Se había despertado mucho antes de que la oscuridad comenzara a disiparse.

Estaba inquieta. No soportaba estar sin hacer nada, pero no quería que se acabara aquella noche.

Sentía el calor de su cuerpo en la mejilla.

El movimiento de su pausada respiración la elevaba cada vez que inhalaba.

Se aferraba a la tela de su camisa como un bebé a su cobija.

Soltarlo significaría que había llegado el momento de la despedida.

Nunca le había costado tanto cumplir con su deber.

El reino era la prioridad. Siempre lo fue.

Firmaría su compromiso con el príncipe Kiran y dejaría marchar a Anthony por mucho que se le encogiera el estómago solo de pensarlo.

Se incorporó lentamente, sentándose en la cama sin ser capaz de soltarle. Podía sentir sus latidos en la palma de la mano. Se quedó en silencio, fascinada por la fina línea que formaban sus labios. Debió quedarse dormido en la calma de la noche.

Carla le retiró el mechón de pelo que le caía sobre los ojos con suavidad, colocándoselo detrás de su oreja.

Suspiró al contacto de su piel.

«¿Podré olvidarte alguna vez?», le preguntó sin atreverse a decirlo en voz alta.

No podía apartar la vista de él. La forma de sus ojos.

Sus largas y pobladas pestañas. El ángulo que formaba su mandíbula.

Su recortada y fina barba. El color más oscuro de sus labios.

Todas y cada una de las partes de su rostro la tenían cautivada, pero había llegado el momento.

El doctor no tardaría en aparecer para ver cómo se encontraba.

Era ahora o nunca .

Necesitaba despedirse de él. Sabía que se derrumbaría si se volvía a perder en sus ojos.

Acercó la cara muy despacio, rogando porque estuviera realmente dormido.

—Lo siento mucho —le susurró—. Soy una cobarde. Debería decírtelo cuando despiertes, pero sé que no seré capaz. —Se tragó la bola que le crecía en la garganta—. Separarme de ti me parte en mil pedazos. Mi corazón llora tu pérdida aun cuando todavía no ha llegado el momento de dejarnos.

Aspiró profundamente, tratando de disipar la presión que le aplastaba el pecho.

—No olvidaré la sensación de caer rendida en el fondo de tus ojos.

No es solo que no pueda, es que tampoco quiero.

Guardaré tu recuerdo, tan grabado en mi cuerpo como las cicatrices de mi espalda.

Hoy tengo que despedirme de ti, aunque todo mi cuerpo me grita que permanezca a tu lado.

Deseo que puedas encontrar la felicidad que mereces.

La voz se le quebraba con cada palabra.

—Adiós, Anthony.

Recorrió muy despacio el espacio que quedaba entre ellos.

Acercándose a su rostro con tanto miedo como expectación.

No podía soportar encontrarse tan cerca sin rozarlo.

Quería probar su boca, pero no podía. Pensó en besar su mejilla, pero el cuerpo le pedía algo más.

Sin saber por qué, le besó en la comisura de sus labios.

Lo suficientemente cerca para sentir su calidez.

Sin sobrepasar el límite que el deber le reclamaba.

Fue lento y suave. Como el roce de una pluma.

Le estremeció la piel, recorriéndola por completo como si un rayo la hubiera atravesado.

El corazón le galopaba sin control. Temía que pudiera reventar por el esfuerzo. Cuando se separó de él, se dio cuenta de que se había olvidado de respirar. Cogió una profunda bocanada de aire que le inundó los pulmones antes de jadear tan fuerte que hasta las paredes vibraron con ella.

Se levantó de golpe, tapándose la boca con las dos manos. El miedo ante la posibilidad de haberlo despertado le aplastó el corazón.

Era demasiado tarde.

Los verdes ojos de Anthony la miraban fijamente con la sorpresa reflejada en su tamaño.

Carla se giró avergonzada. No podía mirarlo a la cara.

—¡Joder! —maldijo aturdida—. ¡¿Cuánto tiempo llevas despierto?!

—Hum… Toda la noche —le respondió Anthony, incorporándose para sentarse a su espalda—. Te dije que lo haría…

—¡Estabas fingiendo! —le reprochó, más avergonzada que molesta—. ¿Por qué te quedaste callado?

—Lo siento —se disculpó, poniéndole la mano en el hombro—. No te voy a mentir, quería escuchar lo que tenías que decirme. ¿Puedes mirarme?

—¡No puedo! —respondió cubriéndose la cara.

—Por favor, Ana —le pidió, tirando con suavidad para que se diera la vuelta hacia él—. Yo también necesito decirte algo antes de que Owen aparezca.

Carla suspiró, desarmada por el ruego que impregnaba su voz. Se quitó las manos de la cara y se giró lentamente, haciendo acopio de toda la fuerza de voluntad que tenía.

—Me muero de la vergüenza, Anthony. —Se apretaba el dedo índice de nuevo—. Te ruego que me perdones por haberme propasado.

—No tengo nada que perdonarte. Llevo toda la noche con los ojos cerrados con tanta fuerza que hasta me duelen. No podía verte tan cerca sin querer tocarte. Quería fundirme en ti. Entregarte todo lo que soy. Entiendo que… no pudieras contenerte.

—No me digas esas cosas —suplicó Carla, con las mejillas tan rojas como una manzana madura—. Creo que mi corazón no podrá soportarlo más.

—Necesito decirlo, Ana. No quiero arrepentirme de no haberlo hecho.

Me pides disculpas, pero no me has ofendido.

Me has regalado un instante que atesoraré toda mi vida.

Mi respiración, incluso mis latidos, se han detenido en el momento en que tus labios casi rozaron los míos.

Me has brindado la oportunidad de aprender lo que significa vivir.

Con ese beso … he conseguido entenderlo del todo.

Su pecho se elevaba a un ritmo frenético. Era la primera vez que podía ver reflejado en su rostro lo que sentía.

—Vivir no siempre es sinónimo de felicidad —continuó con la voz ronca—.

Vivir es tan solo continuar con tu camino, apreciando cada paso andado.

Atesorar cada instante compartido, por mucho que duela recordarlo.

Tu manera de enfrentarte al mundo ha iluminado el mío. Tu luz me guiará de aquí en adelante.

Soltó un suspiro, casi como un gruñido que la estremeció.

»Gracias, Ana. Por demostrarme que no importa lo difícil que sea y lo mucho que duela. Por enseñarme que, a pesar de todo, merece la pena arriesgarse.

—¡Mierda, Anthony! ¿Cómo puedo separarme de ti después de decirme todo eso?

—Nos despediremos sabiendo que lo que ha nacido entre nosotros es tan real que preferimos sacrificar nuestra felicidad a obligarnos a incumplir con nuestro deber.

Tú no puedes faltar a tu promesa. Yo no puedo ser la razón de que lo hagas.

Cumpliré mi cometido y me resignaré a una vida lejos de ti.

Te prometo que el compromiso se firmará.

Una lágrima, solo una, brotó en los ojos de Carla.

—Me marcharé en cuanto Owen abra esa puerta, pero quiero que sepas que siempre estaré cuidando de ti, aunque estemos separados.

La envolvió entre sus brazos, destrozándola con su calidez. Era tan firme, pero tan tierno a la vez… Deseaba con todas sus fuerzas poder quedarse en ese lugar, respirando el mismo aire que él para siempre, pero tenía razón.

Era el momento de decirse adiós.

La llamada del doctor en la puerta los separó, devolviéndolos cada uno a su lugar.

—Tengo que pedirte un último favor —le rogó, cambiando su gesto, volviendo a ser ese capitán impasible—.

Me temo que le prometí a Alice que beberíamos todos juntos como despedida.

Cuando lleguemos a la capital, tendremos que pasar la noche entre murallas.

Es un protocolo de inspección que no puede saltarse nadie.

Lo aprovecharemos para celebrar el final de nuestro camino. No te importa si…

—Por supuesto que no, Anthony —forzó una media sonrisa—. Me alegra mucho tener la oportunidad de separarnos como amigos. Celebrar el camino que hemos recorrido antes de tomar uno nuevo.

—Despedirnos de todos los caminos que podíamos haber escogido, antes de tomar el que debemos recorrer —le expresó su pensamiento—. Adiós, Ana.

—Adiós, Anthony —dijo Carla suspirando y mirando a la cama.

Él abrió la puerta, dejando que Owen entrara.

—¿Qué estabais haciendo? —les preguntó con su sonrisa maliciosa, acercándose a la cama—. No se habrá vuelto a dormir, ¿verdad?

—La dejo en tus manos —dijo Anthony, saliendo de la habitación, sin mirar atrás.

Al ver cómo se cerraba aquella puerta, el vacío que la embargó fue tan profundo como el mar.

El dolor que le provocaba el nudo en la garganta era insoportable.

Las lágrimas volvieron a surcarle las mejillas.

Debía permitir que salieran. Era el único modo de aliviar lo que la estaba quemando por dentro.

—¡Mi querida Ana! —exclamó Owen abrazándola.

El doctor la dejó que llorara sobre su pecho hasta la extenuación. Podía sentir el contacto de su camisa empapada pegada a la cara. Se separó empujándolo con las manos.

—Lo siento, Owen —dijo Carla entre sollozos—. Te he puesto la camisa perdida.

—No te preocupes —le respondió él, capturando las lágrimas con sus dedos—. Se secará pronto. Ha sido muy duro decirle adiós, ¿eh?

—Ha sido… —No encontraba palabras para describirlo.

—Tranquila, la vida da muchas vueltas. A veces creemos que está todo perdido, pero es solo porque no conocemos lo que está por venir. Tengo el presentimiento de que os volveréis a encontrar.

—Eso sería muy cruel. Por muchas veces que lo hagamos, las circunstancias seguirán siendo las mismas. No hay modo alguno de que podamos estar juntos.

—¡Je! La información tiene el poder de cambiar las circunstancias —dijo él de un modo enigmático, con una sonrisa socarrona.

—No sé lo que quieres decir con eso. Yo… debo seguir adelante con la elección que he tomado.

—Eso es cierto. Debes seguir tu camino. Solo pretendo decirte que sé que te llevará a tu destino. No desesperes.