CAPÍTULO 27 #3
Estaba tan convencida de sus palabras, pero Kiran era incapaz de imaginar ninguna situación en la que pudiera rechazarla.
—Tienes razón, no podemos conocer el futuro, pero, aunque te viera actuar de un modo diferente, esta es mi verdadera Ana.
La que está conmigo esta noche, en esta habitación.
No importa quién finjas ser ni cómo vistas.
Ni siquiera tu nombre. Yo he visto quién eres y eso no cambiará por mucho que te pongas una máscara.
—¡Joder, Anthony! —se quejó, tapándose la cara con una mano—. ¿Estás jugando a distraerme para ganarme de nuevo?
—No te voy a negar que me gusta ver esa expresión en tu rostro, pero… no es para distraerte.
La partida se alargó mucho más que las anteriores. Se provocaban el uno al otro, se buscaban y se bloqueaban con descaro.
Estaban disfrutándola como ninguna otra.
Ambos iban a por la victoria.
—Tablas —dijo Kiran al comprobar el tablero—. ¡¿Me has forzado a tablas?!
—Soy muy tozuda, Anthony, y también sé cuándo no puedo ganar. ¿No fuiste tú el que me dijiste que usara todos los medios a mi alcance?
—Sí, lo dije, pero ¿tablas? ¿En serio? Eso es un arte muy rastrero, capitán De Luca. —La acusó Kiran riendo socarrón.
—En la guerra todo vale, ¿no?
—¡Ja, ja, ja! —Kiran empujó el rey, tirándolo sobre el tablero—. Me rindo ante ti. Has ganado.
—¡No, no lo he hecho! —replicó Ana molesta—. Es un empate técnico. Me conformo con eso.
—¡Está bien! ¡Está bien! Lo dejaremos en tablas por mucho que me moleste.
El silencio se adueñó de la habitación. Se había quedado mirándola, embelesado con el rubor de sus mejillas y su sonrisa satisfecha.
Ella no lo evitó. Sostenía los ojos de Kiran, como si hubiera encontrado algo de valor incalculable en ellos.
Sus gruesos labios lo llamaban. Lo tentaban con su color cereza que había regresado.
Tuvo que obligarse a apartar la vista, tragándose las ganas que tenía de probar su sabor.
—Ya es muy tarde, Ana. Deberías dormir. Owen me matará si no descansas.
—Pero ¿y tú?
—Ya viste cómo se puso el doctor magnífico esta mañana. Si me encuentra durmiendo, no llegaré vivo a la capital. Tranquila, he dormido suficiente esta tarde.
—Si te vas a quedar despierto, al menos túmbate en la cama.
El cerebro de Kiran se desconectó por un momento.
Se negaba a creer lo que acababa de escuchar.
—¡¿Qué estás diciendo?! No estás bien. El golpe tuvo que ser más fuerte de lo que pensamos.
—¡Por favor, Anthony! ¡No puedo dejar que te quedes otra noche sentado en esa silla!
—¡No puedo dormir contigo, Ana! ¡No es apropiado!
—¡Ya dormimos juntos en el refugio!
—¡Eso fue diferente!
—¡Claro que lo fue! ¡En el refugio estábamos desnudos y ahora no! —le respondió Ana muy molesta—. ¡Me importa muy poco si es apropiado o no! ¡Te ordeno que te tumbes en la cama!
—¡Ja! ¿Me lo ordenas?
—¡Sí! ¡Es una orden, capitán Ferner! ¡Acuéstate conmigo!
La cara de Ana comenzó a tornarse roja al darse cuenta de las palabras que habían salido de su boca. Kiran rompió a reír en carcajadas sin poder contenerse.
—¡No te rías! ¡Ya sabes a lo que me refiero! —le rogaba tapándose la cara.
—¡Sí, lo sé! No te preocupes —trató de recuperar el aliento de tanto reírse—. No he podido evitarlo al ver tu cara. ¿Me perdonas?
—Te perdonaré si aceptas. Sé que no dormirás, pero al menos descansarás, por favor.
Kiran se pasó la mano por el pelo.
Ana acabaría por robarle la cordura.
—¡Está bien! —suspiró—. Luego no te quejes si no tienes espacio.
—No te preocupes. —Se recostó, dando golpecitos al colchón con una mano—. Soy pequeña. Cabemos los dos.
Se acercó lentamente a ella. Hipnotizado por su sonrisa.
«Esta es la peor idea de la historia», se reprochó Kiran.
Aun así, los pies se le rebelaron y continuaron su camino. Dudó, pero acabó tumbándose junto a ella sin quitarse las botas.
Si alguien llamaba a la puerta, se bajaría en un segundo.
Ella se giró, dándole la espalda.
—Buenas noches, Anthony.
—Buenas noches, Ana.
Un fuerte resoplido resonó en la almohada.
—¿Te importaría hablarme un poco? Necesito relajarme después de… nuestro juego.
—La verdad es que quería preguntarte algo…
—Dime.
—Creo que comprendo un poco mejor a la princesa Carla y la situación de Frisia en el final de nuestro viaje. Es solo una suposición, está claro, y si quieres que lo deje…
—Dilo de una vez. —Lo cortó algo inquieta.
—Creo que no es solo esa organización la que quiere acabar con la princesa.
La idea de que su hermano debe sentarse en el trono ha calado en los nobles del reino.
Creo que teme por su coronación. Teme que se rebelen contra ella.
Necesita demostrar que es digna. Y el mejor modo de conseguirlo es una alianza con Salm, que tiene una fuerza bélica mucho mayor que la de otros reinos.
Necesita firmar su compromiso con el príncipe Kiran para poder ser coronada. ¿Me he equivocado en algo?
Tardó unos segundos en responder. Su cuerpo se había tensado junto a él.
—No, no te equivocas —le confirmó sin girarse—. Lo necesita para ocupar el trono que le pertenece por derecho. Ella… Una guerra civil traería el sufrimiento a su pueblo. La princesa Carla daría su vida por ellos.
—Entiendo. —Tragó saliva con fuerza.
No veía a la persona de la que hablaba en la princesa que él conocía, pero confiaba en Ana.
—Solo dime una cosa más. —continuó Kiran—. Si yo pudiera intervenir, si estuviera en mis manos que ese compromiso fuera posible, ¿querrías que lo hiciera?
Ana se levantó, sentándose de repente.
—¿Lo dices en serio? —preguntó alterada.
—Sí, respóndeme. ¿Te ayudaría que ese compromiso se firmara?
—¿Te pondrías en peligro?
—¿Por qué me preguntas eso? Acabas de decirme que los ciudadanos de Frisia sufrirán si no lo consigue. Mi vida no importa más que la de miles de personas.
—¡A mí me importa! Estaría dispuesta a sacrificar la mía sin dudarlo, ¡pero no la tuya!
Sus palabras lo dejaron aturdido por un momento. Recobró el aliento antes de responder.
—No, no correría peligro.
—¿Me lo prometes?
—Te lo juro.
—Entonces, si está en tu mano, si puedes conseguirlo… Te lo ruego, ¡ayúdame!
La desesperación que desprendían sus palabras le encogió el pecho a Kiran.
—Lo haré —respondió, levantando el meñique como había hecho Alice esa mañana—. Lo prometo.
Ana sonrió y le envolvió el dedo con el suyo, sellando su acuerdo.
—Gracias, Anthony. —Bajó la cabeza al soltarle—. Sé que es abusar, pero ¿puedo pedirte algo?
—Si está en mi mano concedértelo, lo haré.
—¿Puedo abrazarte?
Kiran la miró como si fuera un animal exótico.
La cabeza le gritaba que era impropio, que estaba prometida con otro hombre. Pero el cuerpo… le rogaba que se lo concediera.
—Puedes —respondió, separando los brazos para acogerla.
Ana se lanzó sobre él, apretándolo con fuerza. Kiran absorbió su calor, rodeando su pequeño cuerpo.
Sentía que podía partirse si apretaba demasiado.
—Gracias —susurró, soltando un profundo suspiro—. Si no te importa, voy a dormir aquí.
Se le acomodó sobre el pecho, utilizándolo como almohada. Tomó aire con fuerza, relajándose al soltarlo. Su respiración era cada vez más lenta y rítmica, hasta que se quedó profundamente dormida.
Los latidos en el pecho de Kiran retumbaban como tambores de guerra.
No quería moverse, ni siquiera respirar, por miedo a despertarla.
Aspiró el aroma de su cabello, apropiándose de él.
Era cítrico y primigenio, como si acabara de llover en un jardín de hierbas aromáticas.
Necesitaba grabarlo en la memoria, igual que su tacto y su calor.
Deseaba fundirse en su piel. Quedarse así para siempre.
Pero lo había prometido.
Firmaría el compromiso con la princesa Carla.
Y lo haría por Ana .