La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 27 #2
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CAPÍTULO 27 #2

—¡Genial! ¡Vámonos, Hugo! Dejemos que Anthony recupere sus facciones bendecidas por los dioses —gritó Alice, pasándole el brazo por la cintura, casi como una caricia.

—¡Vamos a divertirnos! —le siguió él el juego—. La llevaré a su caseta, mi señor —le susurró a Kiran.

La taberna estaría cerrada. No les estaba permitido beber de día, pero eso Alice no lo sabía. Kiran sonrió para sí mismo antes de quitarse la ropa y tirarse en la estera.

Estaba agotado.

Se quedó dormido en cuanto posó la cabeza en la almohada.

La luz del sol ya había caído cuando Hugo lo despertó.

—Mi señor, debe levantarse —lo llamó agitándole el hombro con suavidad—. Debe comer algo antes de salir.

—¿Cuánto he dormido? —preguntó, sujetándose la cabeza para intentar contener el dolor que sentía.

—Unas siete horas —dijo Hugo, cubriéndose la boca para que no lo viera reírse—. No es por falta de sueño.

—¿Te parece gracioso? —le reclamó Kiran refrescándose en la jofaina.

—Bastante —se burló él—. No está acostumbrado a beber. No debería haberse hecho el valiente esta mañana.

—Tal vez tengas razón. —Aceptó apretándose el puente de la nariz con los dedos—. ¿Qué pasó con Alice?

A Kiran le pareció ver una pequeña mueca en su rostro antes de que le respondiera.

—Está a salvo, mi señor. Se… se ha quedado dormida.

Había algo raro en su respuesta.

No quiso pararse a indagar. Confiaba en Hugo. Si no quería decirle más, tendría una buena razón para ello.

Salió de la caseta, sin prestar mucha atención al movimiento constante del campamento. Al llegar a la sala médica, llamó a la puerta suavemente.

—¡Adelante! —le respondió Ana desde el interior.

—¿Cómo te encuentras…? —comenzó a preguntar antes de darse cuenta de que la princesa Carla estaba allí.

—¡Je! —rio ella con desdén—. Así que ya os tuteáis…

—Lo lamento. No sabía que estuviera aquí, Alteza. —Hizo una reverencia.

—Es evidente —respondió, altiva—. Bueno, podemos irnos ahora que llegó su guardia.

—Alteza —inclinó la cabeza, a la vez que Alan y Ana.

—Recuerde que hicimos un trato —le escupió en voz baja al pasar junto a él.

—No lo olvido.

—Más le vale —lo amenazó al salir, seguida por Alan.

Kiran cerró la puerta tras ellos y miró a Ana con súplica.

—Perdóname —pidió, pasándose la mano por el pelo—. No me di cuenta de que…

—No te preocupes. En realidad, es mucho más gentil de lo que aparenta.

—Tú la conoces mucho mejor que yo, pero permíteme que lo dude.

—¡Ja, ja, ja! ¿Te ha dicho algo inconveniente?

—Bueno, digamos que… es una mujer que impone.

—Eso es parte de su papel, ¿no crees?

—¿Perdón?

—Siendo amigo de un príncipe, deberías saber que eso es lo que muestran en público. Una representación. Alguien en su posición debe permanecer fuerte ante los que quieren perjudicarla. Si se mostrara vulnerable, les estaría poniendo un arma en la mano.

—Entiendo —aceptó, cogiendo la silla para sentarse a su lado—. Es supervivencia.

—Eso mismo. ¿Comenzamos mi revancha? —Miraba el tablero que traía en las manos.

—Por supuesto. Al fin y al cabo… es la última noche que jugaremos juntos.

Colocó la mesilla entre ambos.

—No digas eso, Anthony. La vida da muchas vueltas. Nos han invitado a quedarnos en el palacio para asistir a la coronación de su majestad el rey Víctor. Puede que saquemos algo de tiempo si…

—Me temo que no será posible. —La detuvo y comenzó a colocar las piezas en su lugar sin levantar la cabeza—. Han solicitado mi traslado en cuanto lleguemos a Issel.

—Ya veo. —Su voz se convirtió en un fino hilo—. Supongo que es lo mejor.

—Lo es.

Ana soltó un intenso suspiro, como si tuviera que vaciarse antes de recuperar el aire con fuerza.

—Pero esta noche aún estamos aquí, Anthony —le respondió, agachándose para buscarle la mirada—. Olvidemos todo lo que está fuera. Solo por esta noche. Seamos tú y yo hasta el amanecer. ¿Podemos?

Kiran ya estaba perdido antes de que dijera aquellas palabras. No había nada que deseara más. Quería pasar una última noche a su lado.

Solo con ella .

—Podemos —aceptó con convicción.

—¡Bien! Lo primero es ganarte una partida. No podré volver a Frisia con la cabeza alta si no lo consigo. —Movió su peón, el mismo con el que abría todas las partidas.

—Buena suerte —respondió él, moviendo el peón frente al suyo.

Terminaron muy rápido. Ana perdió sin poder evitarlo. Kiran disfrutaba mirando las expresiones de su rostro. Fruncía el ceño al descubrir que la tenía pillada. Chasqueaba la lengua cuando se daba cuenta de que no podía ganar.

La envidiaba por ser tan expresiva.

—¿Qué ocurre? —inquirió ella, interrumpiendo sus pensamientos.

—¿Por qué lo preguntas?

—Es solo que… Bueno, he decidido que seré yo misma toda la noche, así que te lo diré sin rodeos… Consigues guardar muy bien tus emociones, pero puedo ver en tus ojos cuando algo te ronda la cabeza.

—¡Je! Interesante… —respondió Kiran colocando de nuevo las piezas en su lugar.

—¿El qué?

—Precisamente estaba pensando en que te envidio por tu capacidad de mostrar tus emociones.

—¡¿Qué me envidias?! —soltó muy sorprendida—. ¿Qué tiene de envidiable que todo el mundo sepa lo que estás pensando?

—¡Je, je! —rio Kiran, tapándose los ojos con la mano—. Es cierto que poder controlar tus expresiones es muy necesario en lugares como la corte, pero en momentos como este, preferiría poder mostrar lo que pienso con tanta libertad como tú.

—La verdad es que me sale solo. Siempre tengo que controlarme, así que cuando estoy cómoda con alguien, me dejo ir. Es agotador esconderse tras una máscara todo el tiempo.

—Te entiendo —se le escapó una mueca de tristeza—. Esa es la razón por la que me gustaría poder enseñar quién soy en realidad a las personas en las que confío, pero no lo logro. Es algo que odio y que no puedo evitar.

—Siempre tan duro contigo mismo, Anthony.

—Ana le posó su mano en el antebrazo—. Puedes cambiarlo.

Lo has hecho. Cuando te conocí, no mostrabas emoción alguna.

Ni siquiera cuando tuviste mi cuchillo en tu cuello.

Desde entonces te he visto sonreír, sorprenderte y…

llorar. Has abierto tu corazón y podrás seguir haciéndolo, si es lo que quieres.

Luchar contra el miedo es la única forma de avanzar.

—Ojalá tuviera tu convicción.

—Ojalá creyeras más en tus cualidades y menos en tus defectos —le reprochó—. ¡De verdad que me exasperas! Me encantaría que pudieras verte a través de mis ojos.

—Solo ves el reflejo de lo que has vertido en mí. Emanas fuerza y coraje allá donde vas, Ana. Yo no poseo tu valentía.

—¡Ja! ¿Cómo puedes decir eso después de interponerte tratando de salvarme?

—Eso fue un acto involuntario. No lo pensé.

—La fuerza nace sin pensar en ella. Es un impulso que surge de nuestros deseos.

—Pero yo… —quiso decir Kiran, pero se paró al mirarla a los ojos.

—Adelante. Dime. Esta noche no habrá filtros.

—Nunca he deseado nada, ni a nadie, hasta que te conocí.

Ana cogió aire de golpe, con un pequeño silbido en su garganta. Se sonrojó, desviando la mirada antes de continuar.

—Eso es lo que te han hecho pensar, pero hay algo que quieres.

—¿El qué?

—Quieres vivir, Anthony, y quieres hacerlo a tu manera.

Kiran abrió mucho los ojos. Sus palabras lo pillaron por sorpresa. No sabía qué responder. ¿Podría ser cierto? Había salido del palacio empujado por las palabras de su padre, sin saber muy bien qué significaban. Pero ahora, ¿lo sabía?

Sí, estaba seguro de ello.

Lo que estaba haciendo en ese momento con Ana.

Algo que no se repetiría.

Eso era vivir .

No volvería a verla cuando llegaran a la capital y eso le aplastaba el pecho, pero quería experimentarlo por mucho que le doliera. Sentirlo. Grabárselo a fuego.

Extendió la mano despacio y la detuvo junto a su rostro, casi rozándola.

—¿Puedo? —preguntó con cierta ansiedad en la voz—. No sé por qué, pero necesito sentir tu calidez.

Ana lo miraba con la boca ligeramente abierta, conteniendo la respiración.

Asintió despacio sin decir una palabra. Kiran le posó la palma en su mejilla con ternura.

Disfrutando del tacto de su piel. Ella respondió a la caricia inclinando su rostro.

Lo buscaba, haciendo presión sobre él, mientras cerraba los ojos.

—Eres realmente maravillosa —susurró, aunque era un pensamiento que no debía salir—. Tienes razón, quiero vivir. Quiero poder decidir mi camino y creo… que ya sé cuál es.

Separó la mano, alargando el movimiento todo lo que pudo. Con cada centímetro que se retiraba, sentía como si le arrebataran algo, pero no se arrepentía.

—¿Quieres compartirlo conmigo? —preguntó ella, suspirando al sentir que no la tocaba.

—Lo siento. Sé que esta noche no querías secretos entre nosotros, pero creo que lo mejor es que no lo sepas. —Sonrió, sintiéndose culpable—. ¿Otra partida?

—Aún no te he ganado —respondió, como si fuera una ofensa que lo dudara.

—¿Un consejo?

—¿Va a revelarme su estrategia, capitán Ferner?

—No osaría insultar de ese modo a mi capitán. Es solo… una sugerencia.

—La acepto —le respondió riendo.

—Siempre empiezas con la misma pieza. Prueba otras opciones. Además, vas demasiado rápido. Tómate tu tiempo. Piensa varias jugadas antes de mover. Te pueden las prisas, por eso pierdes. El ajedrez necesita tiempo para adelantarte a lo que puede pasar.

—Está bien, lo probaré. —Movió Ana el peón frente al alfil y no el de la reina.

—También podrías aprovecharte de mis debilidades. —Se agarró la cabeza por el dolor—. No finjas que no te has dado cuenta de que no estoy en plenas facultades…

—¡Je! Por supuesto que me he dado cuenta, pero quería guardarme esa ventaja.

—¡Ja, ja, ja! —Rompió Kiran en carcajadas—. Así que eres capaz de controlar tus expresiones después de todo. Pagaría por verte en la corte.

—Puedo, cuando es necesario —respondió ella apretándose el dedo—. Yo pagaría para que nunca tuvieras que hacerlo. Es algo difícil de ver. Sin duda, me… rechazarías.

—Nunca podría hacerlo.

—Nunca es una palabra demasiado definitiva, que acaba siendo relegada por el propio tiempo.