CAPÍTULO 27
L a voz de Owen resonaba en el interior de la cabeza de Kiran como campanas llamando a la iglesia. Sentía el contacto de la sábana en la mejilla. Estaba muy cansado y la luz le dañaba los ojos. Necesitaba dormir después de haber pasado la noche en vela vigilando a Ana.
—Se supone que se quedaba a hacer guardia —protestaba la voz de su amigo—. ¡Voy a despertarlo! Alguien debería darle una lección.
—Por favor, déjalo dormir un poco más —le suplicó la voz de Ana—. Estuvo toda la noche despierto. No lleva ni una hora durmiendo.
—¡Eres demasiado amable con este idiota! —la reprendió él—. ¿Qué habría pasado si te mareas y te caes en ese tiempo? ¡Tenía que haber avisado al oficial médico!
—Yo le pedí que descansara. No había dormido desde el ataque en el bosque. Por favor, solo un rato más.
Kiran sintió que una cálida mano le rozaba el rostro, colocándole el pelo tras la oreja.
—¡No me importa! —la reprendió Owen, alzando tanto la voz que Kiran sintió un pinchazo en la sien—. ¡Este imbécil testarudo solo tenía una cosa que hacer!
—¿A quién llamas imbécil, hermanito? —preguntó Kiran, abriendo los ojos para encontrarse con los de Ana.
—¡A ti! ¡Por supuesto! ¡La has dejado sin supervisión! —le recriminó con saña—. Te has librado de que te tirara de la silla de una patada porque ella me lo ha impedido.
—He estado despierto todo el tiempo, solo he cerrado los ojos —respondió Kiran levantando la cabeza—. Yo no desatiendo mis deberes, Owen, no lo olvides.
Le dedicó una mirada autoritaria.
—¿No has dormido nada? —los interrumpió Ana, con un aire de decepción en su voz.
—Lo siento. —Le dedicó una sonrisa culpable—. No podía dejarte sola.
—¡Pues ve! ¡Ahora mismo! —escupió ella, muy molesta.
—Como ordene, mi capitán —se cuadró Kiran a modo de pequeña burla—. Pero antes necesito que el doctor me confirme que estás bien… si no te importa.
—Pero…
—Por favor —le rogó Kiran.
—¡Joder, Anthony! ¡Está bien! —resopló—. ¡Doctor! ¡Haga su trabajo para que pueda irse a descansar!
—A la orden —continuó Owen con la burla.
El doctor realizó las mismas pruebas de la noche anterior. También le quitó el vendaje de la cabeza para asegurarse de que no estuviera inflamado y se lo cambió por uno nuevo.
—Está todo bien —alivió Owen la tortura de Kiran, mientras envolvía la cabeza de Ana con una venda limpia—. Puedes ir a descansar. Yo me quedaré con ella.
—¿Cuándo podremos partir? —preguntó Kiran sin moverse del sitio.
—Lo mejor será quedarnos otra noche aquí —explicó Owen—. Es necesario que Ana coma en condiciones y descanse antes de continuar. ¿Está de acuerdo, mi capitán?
—¿Me lo pregunta a mí, doctor magnífico ? —respondió Ana con chanza—. ¡Usted manda!
—Mi querida Ana, sabía que eras la más inteligente. ¡Por fin alguien lo entiende! —se rio él—. Entonces, ordeno que debe quedarse en la cama todo el tiempo posible.
—A la orden, doctor —respondió ella, con una sonrisa tan auténtica que dejó a Kiran casi sin aire—. Ahora, capitán Ferner, ¡haga el favor de largarse!
—Solo si me promete que puedo volver a hacer la guardia esta noche, mi capitán. —Intentó sonreír; solo le salió una mueca forzada.
—Tienes que recuperar fuerzas para el viaje, no deberías… —comenzó a decir, pero se detuvo al ver cómo le suplicaba con la mirada—. ¡Mierda! ¡Está bien! Pero ¡quiero mi revancha al ajedrez!
—Volveré luego —aceptó él, ahora sonriendo con sinceridad.
Al salir, Hugo y Alan hacían guardia a ambos lados, apoyados contra la pared.
—Buenos días, Alan —dijo al verlo—. ¿Podrías relevarme?
No dijo nada. Se le acercó, colocándose frente a él, con el brazo extendido.
Kiran, que conocía lo que significaba ese gesto, agarró su antebrazo con la mano, apretándolo con fuerza.
Alan le respondió del mismo modo. No era un saludo, era un símbolo de respeto.
Se miraron a los ojos de modo solemne por un instante.
—Gracias —le dijo Alan, inclinando la cabeza—. Has salvado la vida de mi amiga dos veces. No lo olvidaré. Desde este día, somos hermanos.
—Bueno, en realidad yo no he hecho nada… —quiso quitarle importancia.
—Te metiste en la trayectoria de las flechas que la amenazaban —le recordó él con firmeza—. Te pusiste en peligro por protegerla. Estoy en deuda contigo.
—No me debes nada. Solo te pido que la cuides cuando nos separemos, hermano.
—¡Dalo por hecho! —afirmó Alan, soltando su brazo para atravesar la puerta.
—¡Mi señor! —lo llamó Hugo, desesperado—. ¡Por favor, déjeme llevarle a su caseta! ¡Tiene que dormir!
—Primero me vendría bien lavarme —colocó la mano sobre el hombro de su amigo—. Y algo de comer…
—¡A la orden! —se le iluminó el rostro a Hugo—. Vaya a los baños mientras le traigo ropa limpia.
La cabeza parecía haber abandonado a Kiran mientras caminaba.
Estaba agotado físicamente, pero aún lo estaba más mentalmente.
Al dejar correr el agua cálida sobre él, los músculos se le relajaron.
La mantenían caliente poniéndole brasas bajo los tanques de metal.
No era una bañera, pero sentía cómo arrastraba el sudor y la presión que le agarrotaba los hombros al caer.
Sus pensamientos estaban desbocados. No podía pararlos. Estaba eufórico porque Ana lo correspondiera, pero por dentro, sentía un vacío inmenso. Una mano invisible le agarraba el cuello al pensar en separarse de ella, pero estaba decidido. No había vuelta atrás.
Esa noche se despedirían.
En cuanto el convoy llegara a la capital, el capitán Anthony Ferner desaparecería, tal y como le había prometido a la princesa.
Al salir del cubículo, su ropa le esperaba con una toalla.
«No sé qué haría sin ti, amigo mío»
Lo estaba esperando junto a la entrada para acompañarlo.
—Gracias, Hugo —dijo Kiran con una sonrisa amable.
—Es mi trabajo —respondió él, devolviéndosela.
—Es más que eso.
—Informo, mi señor. —Fingió que no había escuchado nada—.
No hubo heridos, más que… bueno, ya sabe.
Alan y yo mismo nos encargamos de que los asaltantes tuvieran su merecido.
Solo sobrevivió un individuo que quería escapar por la retaguardia.
Fue capturado por nuestros hombres y puesto a disposición del capitán, que pidió que lo mantuviéramos en secreto.
Alice le espera en la caseta para darle más información sobre este tema.
Cuando cruzaron la lona, Alice estaba sentada en los cojines cómodamente, bebiendo lo que parecía ser una cerveza.
—Me alegra verte tan relajada —la provocó Hugo.
—Dame un respiro —le respondió ella, bebiendo un trago demasiado largo—. Ha sido una noche dura y, como no nos moveremos de aquí, me merezco una buena birra.
«¿Acaba de decir birra?»
No parecía ella misma.
—No me opondré si me dejas acompañarte —le soltó Hugo en tono jocoso.
—Claro que sí. ¡Pilla un vaso! —respondió ella, agarrando la jarra para servirle.
—¿Solo un vaso? —intervino Kiran—. ¿No se extiende la invitación hacia mí, Alice?
—¡¿Qué?! —exclamaron a la vez.
—No esperaba que el perfecto Anthony bebiera algo tan burdo como esto —le soltó, dejando salir toda la ironía que la caracterizaba, pero con un nuevo matiz.
—Bueno, no es que yo… beba demasiado. —Se rascó la cabeza, algo avergonzado.
—Más bien nada —aprovechó Hugo para meter cizaña.
—Pues creo que hoy es el día indicado para hacerlo. Si me permites unirme a ti…
—Mmmm —Alice profirió un gemido que pretendía ser seductor—. Qué sugerente. No puedo negarme si me lo pides de ese modo.
—Pero antes —llamó Kiran su atención—. Cuéntame quién es el individuo que hemos capturado y por qué debemos mantenerlo en secreto.
Hugo sacó dos vasos más, colocándolos junto a la jarra que Alice tenía en la mano.
—Es Bram Muller —dijo ella sin rodeos, mientras los llenaba hasta el borde—. Segundo hijo del barón Muller, vasallo del duque Willem de Braber. El actual esposo de Sophia Braber De Pratt, la madre de su alteza, la princesa Carla.
—Ya veo —respondió Kiran, entendiéndolo con claridad.
—Sabía que lo pillarías al vuelo —respondió Alice levantando su vaso—. Ahora, ¡ya podemos empezar a beber!
—Espera un momento, antes de brindar, ¿puedes contarme algo más?
—No estoy autorizada. —Parecía perdida en la espuma blanca que recorría el cristal en su mano—. Lo siento, pequeño. Debes hablar con Ana si quieres saber más.
Kiran se llevó la mano a la barbilla, pensativo.
—¡Ahora, bebamos! —soltó Alice demasiado alegre.
Levantó su copa mirando a Kiran sonriente.
—¡Por la salud de Ana! —respondió, elevando el vaso.
—¡Por la salud de Ana! —exclamaron Hugo y Alice a la vez, llevándoselo a la boca para beber.
Continuaron con más brindis absurdos, todo lo que dio de sí la jarra de cerveza. Alice estaba casi cayéndose. No paraba de reírse de los chistes fuera de tono de Hugo. Parecía que la bebida era su válvula de escape.
Beber hasta derribar sus muros, sin que le importara guardar las apariencias.
Kiran solo bebió dos vasos. Se aseguró de dar tragos más cortos que los de sus compañeros. Aun así, se sentía algo mareado.
—¡Venga, Anthony! —gritó Alice, desatada—. ¡Una más!
—¡Amiga mía! —la paró Hugo, que aún estaba fresco a pesar de todo lo que había bebido—. Mi señor tiene que dormir. ¿Qué te parece si seguimos tú y yo en la taberna con los soldados?
—¡Oh! Es cierto, tienes mala cara —se le tiró al cuello en un abrazo—. ¡Je! No queremos que esa mirada taaaan seductora se vea empañada por el agotamiento.
—Está bien, Alice, no te preocupes. —La separó con toda la amabilidad que pudo—. Cuando estemos en la capital, beberemos todos juntos. Haremos una fiesta de despedida.
—¡¿Prometido?! —exclamó ella, extendiendo el meñique delante de su cara.
—Prometido —respondió, mirándole el dedo, sin saber qué hacer con él.
—¡Una promesa de dedo es inquebrantable! —Le agarró la mano, sin pedir permiso, y le estiró el dedo pequeño, estrechándoselo con el suyo.
—Lo haré —se rio por la expresión de su rostro, que le parecía de lo más tierna.
Quizás estuviera algo achispado.