CAPÍTULO 26 #3
—No hay manera de evitarlo. No es solo el hecho de que haya dado mi palabra.
Es más complicado que todo eso. La paz del reino de Frisia depende de ello.
Te he ocultado muchas cosas. No quería que el peso que me acompaña nublara este viaje.
Tenía la oportunidad de ser libre al menos por un tiempo y no quería desperdiciarlo.
Carla hablaba cada vez más despacio, con mayor dificultad para formar las palabras. La medicina estaba haciendo su efecto.
—Solo quería… disfrutar de mi libertad y te he arrastrado conmigo —continuó, haciendo todo lo posible por mantenerse despierta.
—¿Me estás diciendo que solo he sido un entretenimiento para ti, Ana? —Su voz se quebró al decirlo.
—¡Oh! ¡No, Anthony! ¡No es eso! —lo corrigió, sorprendida porque llegara a esa conclusión.
Cogió aire, apretando los puños, infundiéndose el coraje que necesitaba para decirle la verdad.
—Nunca he creído en el amor, ¿sabes? La realidad siempre ha sido otra a mi alrededor.
Era algo que solo existía en las novelas que leía mi prima cuando estábamos en el palacio.
Mi madre nunca amó a mi padre. Mi padre no podía amar a mi madre por mucho que lo intentara.
Ella volvió a casarse después de su muerte, y aunque asegura que fue por amor, sé que no es así.
La voz le temblaba cada vez más.
—Su nuevo marido satisface todos sus deseos. Compra su afecto, pero en cuanto rechaza una petición suya… el cariño desaparece. No he conocido a nadie que haya vivido un matrimonio por amor, Anthony.
Soltó las palabras al aire, esperando que pudiera comprenderla.
—Lo entiendo —respondió firme y sincero—. Más de lo que puedes imaginar.
Se detuvo un segundo. Carla pudo sentir cómo sus manos vibraban a través de la cama.
—Lo siento. No debí volcar mis sentimientos de una forma tan pomposa y absurda…
—Parecía estar ahogándose con sus palabras—.
Me criaron para declararme a la persona que habían designado para mí.
Y entonces, apareciste tú, antes de que llegara ese momento.
No sabía cómo expresarlo y utilicé lo que me habían enseñado.
Cogió aire, como si le pesara.
—No sé si es amor. No sé lo que es. No puedo ponerle nombre porque es algo que jamás había sentido hasta ahora.
Ana… el suelo bajo mis pies se remueve cada vez que estoy a tu lado.
El desconsuelo me atormenta al separarme de ti.
Caigo en lo más profundo de tus ojos al encontrarme con tu mirada.
¿Es eso amor? Solo... me duele pensar en que no podré vivir a tu lado.
—¡Mierda, Anthony! —maldijo Carla—. ¿Cómo puedes soltarme eso sin inmutarte?
—No pretendo ser correspondido, solo… que puedas entenderme. Sé que tienes un deber y que no faltarás a tu palabra. Ni tampoco lo pretendo. En cuanto lleguemos a la capital, no volveremos a vernos. Quiero que sepas la verdad, que podamos despedirnos sin resentimientos.
La buscó con la mirada, atravesándola con la voz rota.
—Tengo claro que tus sentimientos son muy distintos. No soy capaz de imaginar que alguien que ilumina el mundo como tú pueda amar a… alguien como yo.
—No digas eso —respondió Carla, bostezando profundamente—. Eres amable y valiente. Yo puedo ver lo que hay dentro de ti. Anthony, yo… siento algo muy intenso cuando estás conmigo.
El sueño se la estaba llevando, junto a la poca cordura que le quedaba.
—He luchado contra estos sentimientos una y otra vez —se dejó llevar, ya no había vuelta atrás—.
Al principio podía mantenerlos a raya porque estaba convencida de que no te fijarías en alguien tan bruta y torpe como yo.
No tenía sentido. Según pasaba el tiempo, todo comenzó a revolverse en mi interior.
Anthony… cuando casi mueres en la finca de Ille, el pánico se apoderó de mí.
No podía gestionarlo, y me distancié para protegerte.
Solo tenía que evitarte hasta llegar a la capital.
Me estaba engañando a mí misma. Por mucho que me alejara, por mucho que te rechazara, siempre regresabas.
Y cuando me dijiste lo que sentías en el manantial de las luces…
todo lo que había estado usando de escudo se derrumbó como si fuera de papel mojado.
El muro había caído y lo que había guardado estaba saliendo sin control.
—Aquello me dolió, sí, pero no fue tu culpa —siguió haciendo un enorme esfuerzo por mantenerse consciente—. Fui yo la que me hice daño al reprimirlo. Daba igual lo que sintiera en realidad. Mi deber está por encima de mis deseos. Es mi destino. Prefería que pensaras que no sentía nada por ti.
Las palabras se convertían en susurros.
—No podía decirte la verdad porque no habría cambiado nada.
Podría cargar con todo lo que se agolpaba en mi interior.
Sería otra cicatriz de la que solo yo conocería el significado.
Una marca que llevaría con orgullo si con eso lograba aliviar tu sufrimiento.
—Los ojos de Carla se cerraron. Intentó abrirlos de nuevo, pero no pudo—.
Yo jamás podré olvidarte, pero ruego porque tú puedas hacerlo.
Porque no tengas que cargar con el mismo vacío que siento… en mi pecho.
Y la oscuridad la reclamó, llevándola a un lugar en el que no quedaba más que el recuerdo de sus ojos mientras la escuchaba.