CAPÍTULO 26 #2
—Cuando te pregunté si estabas bien, ¿no se te ocurrió mencionarlo? —soltó Anthony con un suspiro cargado de frustración—. Te voy a levantar en brazos.
—¿Qué? ¡No! —intentó quejarse, pero ya la tenía cogida en volandas.
Carla alzó la cara, encontrándose con sus ojos. Le rogaban que no se lo impidiera.
Volvió a caer en ellos.
La atrapaban por mucho que quisiera resistirse.
Quería evitarlos. Tenía que hacerlo, pero era imposible.
Estaba perdida y no sabía cómo regresar.
El tiempo se detuvo y solo podía pensar que no quería que se iniciara de nuevo.
Una parte de ella, que había tomado el control, quería permanecer entre sus brazos. Puede que para siempre.
—¿Os ayudo? —Una voz socarrona se elevó junto al hombro de Anthony—. Me parece que en esa posición es complicado que podáis abrir la puerta —se burló Owen adelantándose para hacerlo él—. ¡Adelante, parejita!
—Cuando Ana esté mejor, voy a arrancarte las entrañas, hermanito —lo amenazó entre dientes—. Disfruta de lo que te queda de vida.
—¡Uy! No sabes cuánto me alegra que hayas vuelto a la normalidad. —Tendió su mano, indicándole el camino con una exagerada reverencia.
—¡Je! —rio Carla sin poder evitarlo, llevándose una mano a la cabeza por el dolor.
—¡Haz algo útil y dale algo para aliviarla! —le recriminó Anthony—. Y tú, Ana, por favor, deja de reírle los chistes.
—Es que yo también me alegro —murmuró Carla en su cuello.
La comisura de su boca se elevó ligeramente. Trató de contenerla, pero ya era demasiado tarde. Atravesó la puerta, girándose para pasar las piernas de Carla por delante, mientras el doctor preparaba algo en un vaso.
La habitación era muy simple. Solo había una cama y una mesilla.
Era muy parecida a la que Anthony ocupó en la finca de Ille, pero sus paredes, en vez de blancas, eran de piedra viva.
Owen entró tras ellos y los adelantó para abrir las sábanas.
Anthony la recostó con mucho cuidado. Deslizando sus manos lentamente, como si no quisieran separarse de ella.
La temperatura era muy agradable. Alguien había encendido la chimenea.
—Bébelo todo —le ordenó Owen, poniéndole un vaso en la mano—. Sabe a rayos, pero es muy efectiva. Tardará una hora en hacer efecto. Con tu complexión, puede que antes. Mandaré a un oficial médico para que pase la noche aquí.
—No es necesario —interrumpió Anthony—. Yo me quedo.
—Como quieras. No tiene sentido discutir contigo, así que… —Se encogió de hombros Owen—. Habrá un oficial de guardia al otro lado de la puerta.
—De acuerdo —aceptó él—. Si hay algún problema, lo avisaré de inmediato.
—¿Y tú no tienes nada que opinar, Ana? —le preguntó Owen, sorprendido de que no hubiera protestado.
—La verdad es que me gustaría que se quedara. —Carla apretó el vaso con fuerza—. No dormiría tranquila con un desconocido en la habitación. —Se tragó su contenido tratando de desviar la atención.
—Puedo llamar a Alice o a Alan —le respondió en un tono burlón.
—¡Cof! ¡Cof! —tosió Carla al atragantarse—. ¡No! Es decir… no es necesario molestarles ahora, Anthony ya está aquí y puede… —trató de arreglarlo al darse cuenta de lo que había soltado.
—Esto se pone cada vez mejor… —El doctor estaba disfrutando demasiado de todo aquello—. Ya me voy. Está claro que aquí sobro.
—¿Puedes decirles…? —comenzó a preguntar Carla.
—Tranquila, avisaré a Alice de que está todo bien y de que Anthony se quedará contigo esta noche.
—Gracias, Owen.
El doctor le recogió el vaso y abandonó la habitación por la puerta de la sala médica, cerrándola tras él.
Dejando de lado su interminable ironía y su constante obsesión con provocarlos a todos, era una buena persona.
Anthony tomó la silla del fondo de la habitación y se sentó junto a Carla.
El colchón se hundió bajo la presión de sus codos al apoyarlos sobre él.
Cediendo un poco más cuando colocó la barbilla sobre sus manos.
Su rostro gritaba a los cuatro vientos que estaba agotado.
Sus ojos brillaban con la luz de la chimenea; había tristeza reflejada en ellos.
—¿Vas a pasar así toda la noche? —Lo miró Carla, recostándose de lado.
—Esa es la idea, sí.
—¿Qué es lo que ocurre, Anthony? ¿Por qué parece que estás sufriendo?
Tal vez sería por la falta de sangre o por el golpe en la cabeza, pero algo en ella creía que ya no tenía nada que perder. Lo había soltado sin siquiera pensarlo.
—No voy a mentirte, me invade la tristeza.
—Suspiró, con tanta profundidad que pareció que se había vaciado por completo—.
Hasta hace nada, el temor a perderte para siempre no me dejaba respirar.
Ahora estás despierta, y en un par de días me separaré de ti.
Algo se rompe dentro de mí al pensarlo, Ana.
—¡Joder! —Se tapó los ojos con la mano—. ¿Por qué…?
—Lo siento. —Anthony bajó la mirada—. Lo he vuelto a hacer. Te he soltado lo que siento así sin más. Sin pensar en cómo puede afectarte.
—No tienes de qué disculparte…
—Sí, debo hacerlo, Ana —la cortó, sin levantar la vista del colchón—. He sido un egoísta. No tenía derecho a presionarte. No quería dañarte. Perdóname, por favor.
—Soy yo la que te debe una explicación. —La voz de Carla parecía querer desaparecer al salir—. Debí ser sincera contigo desde el principio. Yo… Estoy prometida a otro hombre.
Apartó la mano que le cubría la cara, buscando una reacción al decirle la verdad. No hubo ninguna. Ni siquiera frunció el ceño.
No dijo nada.