CAPÍTULO 26
L os ojos de Anthony rebosaban alivio al verla despertar.
Estaban rojos e hinchados por el cansancio y las lágrimas; aun así, Carla no pudo evitar perderse en ellos.
La última luz del día creaba un nuevo halo en su interior.
El dorado rayo de sol que los atravesaba competía con su color verde ámbar, pero lo que realmente los iluminaba era su sonrisa.
Reía a la vez que lloraba, rozando la histeria.
Y ella no pudo más que devolverle la sonrisa, hasta que un dolor intenso sobre la nuca convirtió su cara en un borrón.
Se tragó las náuseas como pudo.
El corazón se le había encogido al ver su sufrimiento.
—Siento haberte preocupado —intentó consolarlo.
—Por favor, no vuelvas a asustarme de este modo —le rogó, secándose las mejillas bruscamente—. Siento que tengas que verme así. No es propio de mí.
—Siempre siendo tan duro contigo mismo. No tienes nada de lo que avergonzarte. Solo estás cansado y has estado bajo mucha presión.
—No tiene justificación.
Hugo abrió la puerta en ese momento con una bandeja de comida en las manos. Anthony soltó la mano a la que había estado aferrado y se giró, recobrando su impasible rostro.
—¡Mi señora! ¡Ha despertado! —exclamó Hugo pletórico, lanzándose hacia la mesa.
—¡Ni se te ocurra tirarte sobre ella! —lo regañó Anthony con dureza—. ¡Ve a por Owen!
—¡A la orden, mi señor! —respondió él, deteniéndose de golpe y dejando la bandeja junto a la puerta.
No pudo evitar volverse y dedicarle su mejor sonrisa a Carla antes de salir. La cabeza le palpitaba con cada movimiento, pero ver su alegría… era imposible no contagiarse de ella.
El silencio se instauró de nuevo en la sala médica. Carla miraba la espalda de Anthony, que se movía con la misma agitación que su respiración.
No podía verlo así.
—No has comido, ¿verdad? —preguntó al ver la bandeja de comida.
—No tengo hambre —le respondió, tras un profundo suspiro—. ¿Y tú?
—No mucha, la verdad, estoy bastante mareada —se mordió el interior de la mejilla al ver cómo la miraba—. Tienes que comer, Anthony. Por favor, hazlo por mí.
Le rogaba con cada parte del cuerpo, esperando en silencio a que aceptara.
Al fin, él resopló desarmado y levantó la mesa con la bandeja encima. La trajo hasta colocarla junto a Carla, arrastrando una silla para sentarse a comer cerca de ella.
—Gracias —sonrió satisfecha, antes de que se le escapara una mueca de dolor.
—No intentes esconderlo. Sé que te duele —le dijo, cogiendo la cuchara.
—Lo siento, yo… —Se miró las manos, avergonzada.
La puerta se abrió sin previo aviso. El doctor entró a paso rápido, cerrando tras de sí.
—¿Qué haces ahí sentado? —preguntó Owen al verlo comiendo—. ¡Apártate para que pueda examinarla!
Anthony se iba a levantar sin responder a su amigo, pero Carla le sujetó la mano, deteniéndolo.
—No te vayas —se agarró a él sin poder controlarse—. Por favor, Owen. Seguro que no te molesta. Me gustaría que… se quedara.
—Pero ¿qué? —exclamó él, con los ojos muy abiertos.
Carla sentía la cara ardiendo. Esperaba que fuera fiebre y no el calor en sus mejillas.
—¡Está bien! ¡Puedes quedarte ahí con tu sopa!
—Gracias —murmuró Carla, soltando la mano de Anthony para que siguiera comiendo.
—¿Cuánto te duele del uno al diez?
—¿Solo hasta diez? —bromeó, tratando de bajar la tensión que había en el aire.
—¡Je! Así que la imparable capitán De Luca tiene sus límites —le siguió el juego Owen, cogiéndole las manos—. Aprieta todo lo que puedas con ambas a la vez.
Carla lo hizo sin problemas.
—¡Ay! —se quejó él riendo—. Al menos, la fuerza no la has perdido. Ahora dime si sientes esto.
Le rozó la planta del pie con los dedos.
—¡Ja! —rio ella con una mueca de dolor—. ¡Sí, sí! ¡Para! ¡Tengo cosquillas!
—Interesante —murmuró con cierta malicia, mirando de reojo a Anthony—. Bien. Ahora mantente en silencio. Tomaré tus constantes y escucharé tu corazón y tus pulmones.
Ella lo obedeció, dejándole hacer su trabajo.
—Tienes las pulsaciones un poco altas, pero nada fuera de lo normal con el dolor que sufres —le explicó—. Anthony, ¿has terminado de comer? Necesito tu ayuda.
Él no respondió. Se levantó de la silla, retirando la mesa de nuevo a su sitio, y regresó junto a Carla.
—La cogeremos por la espalda, manteniendo su cuello con la mano, de este modo —le mostró Owen para que pudiera verlo—. Ana, querida, tú sujeta la sábana y la manta —le dedicó una sonrisa pícara—. ¡Bien! Uno, dos y ¡tres!
La incorporaron muy lentamente y con mucho cuidado hasta que quedó sentada.
—¡Joder! ¡Qué frío! —exclamó al sentir el contacto del cabello húmedo en la espalda.
Anthony le recogió el pelo hacia delante, colocándoselo sobre el hombro.
—Ahora, vamos a girarte. Deja que tus piernas cuelguen de la mesa hacia mí, ¿vale?
—Pero… tu espalda… —Se le escapó a Anthony por la preocupación.
—No pasa nada —respondió Carla mirándolo a los ojos.
Se sonrojó al darse cuenta de lo cerca que estaban el uno del otro. Su mano la sostenía por el hombro con delicadeza. Podía sentir el contacto de su brazo contra la piel. Era tremendamente suave, salvo por los callos de sus manos.
—¡Así que abriste los ojos! —lo reprendió, desviando la atención de su cara—. ¡Muy mal, capitán Ferner!
Anthony bajó su cabeza avergonzado, con una leve sonrisa adornando sus labios.
—¡Uy, uy! ¿Me he perdido algo? —rio Owen mientras le cogía las piernas para girarla.
Carla se movió con lentitud, dejándose guiar por las manos del doctor en las rodillas. Anthony la sostenía con firmeza, pero sin hacerle ningún daño. Cuando estuvo sentada, se quedó tras ella, sin soltarla.
—¿Puedes aguantarla un momento? —preguntó con urgencia—. ¿Podemos ponerle la muda de ropa que le trajo la ordenanza?
—Sí, claro, pero ¿a qué tanta prisa? —respondió Owen, sujetándola por los hombros mientras él cogía el camisón de la silla junto a la chimenea.
La suave caricia de la seda le cayó sobre la cabeza cuando lo deslizó sobre ella. Le retiró el pelo que había quedado atrapado debajo con cierta ternura. El dorso de su mano le rozó el cuello al pasar lentamente.
La piel de Carla se erizó con aquel dulce movimiento.
Le metió primero un brazo y luego el otro muy despacio, soltándole la tela por la espalda desnuda. Tiró de la manta, que se le había enredado en los pies, y la cubrió, envolviéndola por completo.
—Lo siento —dijo Carla apenada—. Sé que es difícil de ver.
—¿Qué? —preguntó Anthony, sujetándola de nuevo por los hombros.
No podía verle la cara, pero parecía confuso de verdad.
—¿Piensas que…? —soltó al darse cuenta de lo que significaban las palabras de Carla—. No pretendía cubrir tus cicatrices. Yo… Tan solo quería… No era apropiado verte…
—Lo que el elocuente capitán Ferner quiere decir —lo interrumpió Owen, rebosando sarcasmo— es que no quiere que cojas frío.
—Sí, bueno, eso también —farfulló él.
Podría jurar, por su tono de voz, que estaba azorado.
—¡Je, je! —rio Owen con pura maldad—. Sigamos. Sujétala un momento.
—Entonces, ¿no te impresionan mis cicatrices? —preguntó Carla curiosa, mientras el doctor desaparecía de su vista hacia los armarios—. No muchos las han visto, pero suelen generar… ya sabes… cierto rechazo.
—No, no es eso lo que siento al verlas —le respondió sin dudar—. Lo que me produce…
—¿Pena? —lo interrumpió, intentando facilitarle la conversación.
—No. Es ira —respondió con firmeza, al tiempo que Owen regresaba.
—Ahora, querida Ana, vas a mirarme a los ojos —le pidió, colocándose frente a ella con una lámpara encendida en la mano—. Voy a pasar la luz un par de veces. Intenta no parpadear.
—¿Ira? —preguntó Carla, ignorando la llama que pasaba ante ella una y otra vez.
—Pensar que alguien puede hacerle eso a una niña indefensa… —Su voz ahora era sombría, como el gruñido de un animal salvaje—. La ira me invade por no poder hacer nada para evitar que sucedan cosas como esas. Y pensar que no puedo reparar lo que te sucedió…
Su cuerpo se tensó tanto que Carla casi pudo escucharlo crujir.
Su tensión se expandió por la sala junto al silencio.
Ella había hecho la pregunta, pero tal vez hubiera sido mejor esperar a que estuvieran a solas.
El ambiente se estaba volviendo bastante incómodo.
—¡Bien! Una prueba más y me largo de aquí —se rio Owen—.
Quiero que cojas aire y llenes las mejillas, como si fueras una ardilla, así —le mostró, inflando sus cachetes de un modo cómico—.
Cuando te diga, mantén la boca cerrada todo lo fuerte que puedas e intenta soltar el aire. Bien, coge aire… ¡Y sopla!
Carla hizo lo que le pidió. Consiguió mantenerlo sin que se escapara nada.
—¡Perfecto! Puedes soltarlo. Estás bien. No parece haber complicaciones. Tal vez nos preocupamos demasiado, pero no ha sido grave. ¡Has tenido mucha suerte! Voy a prepararte un analgésico para el dolor y algo que te ayude a dormir.
Se dirigió a la puerta mientras se regodeaba en su trabajo.
—Anthony, por favor, por esa puerta —le señaló con el dedo—, está la habitación de recuperación. Ayúdala y acomódala en la cama. Esta noche dormirá aquí, bajo observación. Mañana… bueno, mañana ya veremos cómo se encuentra.
Y desapareció por el umbral hacia la calle.
—Te ayudo a levantarte. —Se colocó a su lado—. Si te mareas, avísame, por favor.
Carla se deslizó lentamente hasta que sus pies descalzos tocaron el suelo de piedra. Se quedó quieta, asegurándose de que el mareo no la arrastraría a la inconsciencia.
—¿Estás bien? —preguntó él preocupado, sujetándola por la cintura.
—Sí —forzó una sonrisa—. Vamos.
Caminaron muy despacio hacia la puerta que había señalado Owen.
Paso a paso, con cuidado de no tropezarse.
Se sentía bastante débil. Cuando iban por la mitad del camino, las rodillas comenzaron a temblarle y perdió el equilibrio.
Cayó de lado sobre Anthony, que la agarró, manteniéndola de pie sobre su pecho.
—¡Ana! ¿Estás mareada?
—No, es solo que… me tiemblan las piernas —respondió, avergonzada.