CAPÍTULO 25 #2
Una venda envolvía su cabeza desde la nuca hasta la frente.
Como una gruesa diadema de tela. Su cabello caía desde la mesa como una cascada.
Debía brillar con la luz que entraba desde la ventana y no lo hacía.
Estaba opaco, sin el vibrante color que lo caracterizaba.
Los oficiales habían limpiado la sangre de su piel, pero su pelo…
aún estaba apelmazado con un barro rojizo.
Un impulso inconsciente lo obligó a moverse.
Miró a su alrededor, poseído por una necesidad que no entendía del todo.
Encontró un calentador de agua. Lo puso a trabajar en el gancho de la chimenea en el mismo momento en que lo tuvo en las manos.
Una mesa de madera junto a la puerta llamó su atención.
Era más baja de lo que necesitaba, pero le serviría.
La llevó en volandas, pegándola a la cabeza de Ana.
Una palangana que había en la encimera. Una pastilla de jabón.
Unas toallas. Unos paños de algodón. Rebuscó y rebuscó en los armarios hasta recolectar todo aquello que podía servirle.
Lo disponía sobre la mesa, con un orden metódico, obsesivo tal vez, buscando mantenerse ocupado antes de que los pensamientos volvieran a apoderarse de él.
Un leve silbido lo sacó de aquel confuso bucle. El agua ya estaba caliente.
El tacto de su pelo en las manos lo recorrió como el roce de una pluma hasta la nuca. Había deseado poder tocar esos rizos desde el momento en que los vio por primera vez. Hacerlo mientras ella no estaba consciente… dolía, pero no podía dejarla así.
Hundió los dedos en su cabello, dividiéndolo en pequeños mechones, tratando de desenredarlo sin hacerle daño.
Al meterlos en el agua, quedaban flotando como algas de río. Se deslizaban, suspendidos en aquella mezcla de barro y sangre que desprendían.
La imagen de su cabeza al golpear la piedra regresó a la memoria de Kiran. Los dientes le crujieron, avisándole que apretaba demasiado la mandíbula, imbuido por la rabia.
Se mordió el labio tratando de apaciguar aquella sensación.
Debía contenerse. Ella lo habría hecho por él.
Parte por parte, lo fue lavando. Lentamente, con todo el cuidado que le permitía el tamaño de sus propias manos.
No quería mojar la herida.
Poco a poco, la toalla bajo su cabeza quedaba cubierta por ese color cobre que lo hipnotizaba. Cada mechón se unía a los demás, extendido como un abanico abierto en todo su esplendor.
Sin darse cuenta, las lágrimas de frustración comenzaron a recorrerle el rostro en el más absoluto silencio. Solo se escuchaba el sonido de las gotas que recorrían sus rizos, cayendo de nuevo en el agua.
Pensar en la posibilidad de que Ana no volviera a iluminar el mundo con su sonrisa…
Era más de lo que podía soportar.
Se aferraba al último mechón cuando llamaron suavemente a la puerta.
Alice entró, cerrando tras de sí.
Se quedó clavada donde estaba, dejando caer su espalda contra la madera.
Kiran no levantó la vista. Continuó con su labor sin poder mirarla.
—¿Vivirá? —sollozó.
—Owen dice que despertará. —Se tragó el nudo que lo estaba ahogando—. Parece más grave de lo que es en realidad. Al menos eso dijo él… Ha perdido mucha sangre, pero despertará.
»Tiene que hacerlo.
Secó el último mechón, colocándolo con cuidado sobre la mesa con los demás.
Al vaciar la palangana en la pila, el agua dejaba un rastro carmesí a su paso.
Casi se le resbaló de entre las manos al llenarla de nuevo.
No podía dejarse caer ahora.
Tomó una profunda bocanada de aire, obligándose a levantar un dique de contención, y volvió junto a Ana.
Continuó deslizándole los dedos por el cabello, intentando desenredarlo con suavidad.
—Puedes ir a descansar —dijo Kiran—. Yo me quedaré con ella hasta que despierte.
—Anthony, aún no estás recuperado de tus heridas. Es mejor…
—No me iré a ninguna parte —la cortó, tajante.
Alice se quedó en silencio unos minutos. Sentía su mirada fija en él. No se atrevía a levantar la cabeza.
—Gracias por cuidarla —se acercó ella, aceptando que no podía convencerlo—. ¿Necesitas que te traiga algo?
—¿Podrías mandar a alguien con un peine?
Alice suspiró, rozando la cara de Ana con el dedo, sucumbiendo a su necesidad de comprobar que seguía con vida.
—Me refería a algo para ti, Anthony.
—No necesito nada. —No era cierto.
«Necesito que despierte», no fue capaz de decirlo en voz alta.
Un ligero gemido se escapó de los labios de Alice.
Eran como hermanas. No podía ni imaginar el dolor que le provocaba verla así.
Él estaba roto y no era nada para ella.
—Mandaré a Diana con su peine —puso su mano sobre la de Kiran para detenerlo—. También te traerán algo caliente para que comas. Ella no me lo perdonaría si dejo que mueras de hambre por estar a su lado.
—Gracias. —La miró a la cara por primera vez.
Estuvo a punto de dejarse caer al ver la comprensión grabada en el dorado de sus ojos. Le apretó la mano con un afecto al que no estaba acostumbrado.
Los labios de Kiran se abrieron, intentando dar una respuesta, sin saber cómo hacerlo.
Volvieron a cerrarse, con la certeza de que, si abría esa puerta, ya no podría volver a cerrarla.
—Te dejaré solo —lo liberó Alice.
Podía ver lo que él necesitaba sin tener que decírselo. Se marchó, dejándolo sumido en el lúgubre silencio que lo rodeaba.
Comenzó a lavar su cabello de nuevo, mechón a mechón, quitándoles los restos de jabón.
Mover las manos le permitía continuar.
Si se detenía, el miedo lo derribaría sin poder evitarlo.
La puerta volvió a abrirse tras unos ligeros golpes como único aviso.
La ordenanza de Ana entró sin decir palabra.
Solo fue un momento, pero quedó paralizada al ver a su señora.
Se recompuso al instante, cuadrando sus hombros y entregándose a su deber.
Cogió una silla junto a la pared, colocándola cerca del calor de la chimenea, y estiró una muda de ropa limpia en su respaldo para calentarla.
Sus pasos, ligeros como el aleteo de un pájaro, se acercaron a la mesa. La duda los frenaba cada vez más, hasta detenerla por completo junto a Kiran.
Él esperó su reacción.
Que sollozara. Que se indignara. Algo que sacara la carga que podía sentir vibrando en su interior.
No hubo nada.
Ella le sujetó la mano sin pedirle permiso. Con fuerza, exigiéndole que la girara hasta dejar la palma abierta. Imponiéndole un peine antes de cerrarla con la misma determinación con la que le obligó a abrirla.
Kiran la miró sorprendido.
La ordenanza asintió, dando una palmadita sobre la mano que le apretaba.
No esperó respuesta. Se dio la vuelta, recogiendo toda la ropa de la esquina. Desapareciendo de la misma manera en la que había entrado.
Se quedó solo de nuevo. Abriendo la mano lentamente. Mirando el peine que tenía sobre ella.
Aquella chiquilla no dijo nada, no le pidió nada, pero pudo entenderla perfectamente.
La dejaba en sus manos.
Le había impuesto la promesa de cuidar de ella sin darle la oportunidad de rebatir.
Dejó el peine junto a la toalla sobre la mesa, continuando con su trabajo, terminando de enjuagar su cabello.
Al acabar, retiró la palangana con el agua enjabonada. Tenía un ligero tono rosáceo.
La tersa toalla envolvió todo su cabello entre las manos de Kiran. Con cada pasada, recogía la humedad, asegurándose de que no quedara ni rastro de ella.
El peine lo llamaba sobre la mesa. Alargó la mano en su busca, pero se detuvo antes de cogerlo. Era la obra de un artesano. Hecho en nácar y con cristales incrustados. Era un objeto muy valioso.
Debía de ser de la princesa Carla.
Lo tomó con temor a romperlo, deslizando sus dientes con delicadeza entre los rizos que brillaban ahora húmedos. Era tan suave y sedoso… A pesar de tener tanto volumen, se veía que estaba bien cuidado. Podría pasar por la melena de una noble sin dudarlo.
Cuando hubo terminado, retiró la mesa baja, dejándolo caer. Colgaba libremente, resplandeciendo con los últimos rayos del sol. El reflejo cobrizo parecía moverse con la luz.
—Mucho mejor —dijo en voz alta, colocándose a su lado.
En su pálido rostro, había una gotita de agua de color carmesí deslizándose por su mejilla. Kiran cogió uno de los paños de algodón y lo humedeció levemente en la pila.
Cogió aire con fuerza antes de acercarlo a su piel. Las piernas estaban a punto de fallarle por el agotamiento, pero debía aguantar hasta que despertara.
—Nos tienes a todos preocupados —le dijo mientras la limpiaba con cuidado—. La princesa Carla me ha amenazado. Creo que empiezo a entenderla un poco mejor. Alice ha pasado a verte y Hugo debe de estar llorando en algún rincón por no poder estar aquí a tu lado. Me han dejado solo para cuidar de ti.
La voz le vibraba al ritmo que le temblaba el cuerpo.
—No sé si puedes escucharme. Recuerdo que Owen me contó que respondí a tu llamada cuando estaba inconsciente. Dijo que no sabía si fue una casualidad. Que era probable que ese fuera mi momento de despertar, pero que había respondido a tu orden.
Se mordió el interior del labio antes de continuar.
—No puedo ordenarte que vuelvas. Jamás podría imponerte nada.
Sacó su mano de entre las sábanas, sujetándola con la esperanza de que pudiera sentir la necesidad de sus palabras.
—Ana —la apretó con fuerza—. Te lo suplico… —apoyó la frente contra la suya—. No quiero volver a quedarme a oscuras.
Las palabras de Kiran no se habían apagado del todo cuando una cálida mano le secó las lágrimas.
Se separó de repente. Sus brillantes ojos estaban abiertos.
El corazón se le saltó un latido al verse reflejado en ellos.
—¿Es que no me escuchas cuando te hablo, Anthony? —le dijo Ana con una sonrisa jocosa en sus labios—. El sol siempre vuelve a salir.
—¡Oh, Ana! —gimió, besando su mano—. ¡Llegas tarde!
La melodía de su risa fue como un bálsamo.
Había regresado junto a él.