La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

K iran espoleaba los caballos de la carreta.

Los obligaba a ir todo lo rápido que podían.

Debían llegar lo antes posible al paso fronterizo, al otro lado de la garganta.

Owen iba en la parte trasera con Ana inmovilizada junto a él.

El doctor tenía que intervenirla y no podía hacerlo en medio del camino.

Tras detener a los asaltantes, enviaron a un vigía a avisar de que prepararan la sala médica.

Al atravesar el paso a toda velocidad, los soldados del otro lado salieron a escoltarlos. Los cubrían, llevándolos directamente hasta los cuarteles.

Lo tenían todo preparado para el doctor. Cuatro oficiales médicos acudieron a su encuentro.

—Ha perdido mucha sangre —informó Owen mientras sacaban la camilla—. Necesito ver la zona. Puede haber un hematoma que haga presión en el cerebro.

—¡Ana! —llamó Kiran siguiéndola.

—Tienes que quedarte afuera —lo paró en la puerta—. Ahí dentro no me sirves de nada. Necesito concentrarme solo en ella.

Kiran le rogaba con la mirada.

—Debes asegurarte de que la princesa Carla llegue hasta aquí sin problemas. ¡Vuelve! ¡Haz tu trabajo mientras yo hago el mío! —le respondió con dureza, devolviéndolo a su lugar.

Se quedó parado. No sabía qué hacer. Quería quedarse, pero entendía lo que Owen le estaba diciendo.

—¡Reacciona! ¡Lárgate de aquí! —le ordenó.

Recobró la compostura con el golpe que produjo la madera al cerrarse ante él.

—¡Traedme un caballo!

Montó y cabalgó al trote hasta encontrarse con la caravana que había aumentado el ritmo de la marcha. Formó junto a Alan, aminorando el paso para ponerse a su altura.

—¿Cómo está? —le preguntó, angustiado.

—La han llevado a la sala médica. Debemos esperar a que Owen haga su trabajo.

—Entiendo. —Pero su forma de apretar los dientes le decía lo contrario.

—¿Cómo está su alteza? —preguntó Kiran.

—No ha sufrido ningún daño, pero está muy preocupada. Ha pedido verte en cuanto lleguemos al paso.

Kiran asintió a pesar de que no quería perder tiempo.

Necesitaba volver junto a Ana.

Viajaron todo lo deprisa que los carruajes les permitieron. Los soldados los acompañaron a la zona designada para acampar. Kiran entregó el caballo a uno de ellos, justo cuando Hugo llegaba a su encuentro.

—¿Cómo está? —preguntó, saltando del caballo.

—Debemos esperar. Owen nos avisará cuando termine de atenderla —suspiró Kiran—. Ocúpate de que se monte el campamento. La princesa Carla me ha mandado a llamar.

—¿ Tú estás bien?

Eran pocas las veces que lo tuteaba, pero sabía que en ese momento lo necesitaba.

—Debo estarlo. —Se tragó Kiran cualquier emoción mientras se marchaba.

El carruaje de la princesa estaba apartado a un lado, mientras todos se movían a su alrededor de un lado para otro.

Respiró hondo y llamó a la puerta.

—Alteza, soy el capitán Ferner.

—Adelante, entra.

Kiran la obedeció, sentándose frente a ella. Hizo una reverencia con la cabeza al no poder moverse en aquel cubículo. Estaba demasiado oscuro; los postigos estaban completamente cerrados.

—¿Le importa si dejo pasar algo de luz? —La oscuridad comenzaba a atormentarlo.

—Sí, ábrelos, quiero verte la cara —le respondió con frialdad.

—¿En qué puedo servirla? —preguntó Kiran, abriendo el postigo que había entre ambos.

—¡Quiero que te alejes de ella! —respondió de forma agresiva.

—¿Perdone? No entiendo…

—¡Lo entiendes perfectamente! Ha estado a punto de morir dos veces por tu culpa. ¡No vuelvas a dirigirte a ella! ¡No vuelvas a mirarla siquiera!

—Yo… —intentó responder Kiran.

—¡¿Acaso no me expreso con claridad?! Solo tienes que decir sí, Alteza. ¡Es la única respuesta que aceptaré! —le espetó furiosa.

—No puedo —soltó sin pensar.

—¡¿Qué has dicho?! —abrió los ojos, horrorizada—. ¿Cómo te atreves? ¡No tienes derecho a estar a su lado! ¡No tienes derecho a mirarla de ese modo! ¡Ella… ella es demasiado importante! ¡Jura que te alejarás de ella! ¡Ahora! —Había comenzado a llorar sin control.

—Sé cómo se siente —respondió Kiran, sin emoción alguna en la voz—.

Mejor que nadie. Está sufriendo por el miedo a perderla.

Ese mismo miedo… me está desgarrando por dentro.

Busca un culpable para poder descargar su frustración por no poder hacer nada.

Lo sé. Yo también me culpo, pero no puedo aceptar su petición. No ahora, al menos.

La princesa lo miraba con sus ojos como esmeraldas a punto de salirse de sus órbitas. Sus lágrimas no dejaban de brotar, cayéndole a través de las mejillas hasta el cuello.

Kiran sabía que había descrito a la perfección lo que ocurría en su cabeza.

—Necesito saber que está bien —dijo Kiran, bajando la cabeza. No podía verla así, se parecían demasiado… era como verla llorar a ella —. Necesito que llegue a la capital a salvo. Le pido que lo entienda. No puedo dejarla hasta estar convencido de que seguirá su camino.

—¿Y cuando lleguemos a la capital? —su voz era casi un gruñido, ronca por la congoja que apoderaba de sus palabras.

—Entonces, yo, Anthony Ferner, desapareceré de vuestras vidas. No volveré a hablar con ella. No volveré… a verla sonreír. Ni… a perderme en sus ojos. Lo prometo. —La miró, con una lágrima recorriendo su rostro, sumido en la tristeza que le provocaba aquella promesa.

El silencio se adueñó del interior del carruaje.

—La amas, ¿verdad? —lo rompió la princesa.

—Como nunca creí que pudiera hacerlo —respondió Kiran sin dudarlo.

El silencio volvió a quedar colgado entre ellos, sostenido en la tensión que los envolvía. Lo miraba a los ojos, como si buscara algo a lo que agarrarse, enfrentándose a la desconfianza que la embargaba.

—Está bien —cedió con un profundo suspiro—. Puedes permanecer a su lado hasta que lleguemos a la ciudad.

—Iba a hacerlo, aunque se hubiera negado, Alteza. —Apartó la vista, mirándose las manos cubiertas de su sangre.

—¡Ja! —soltó una carcajada catártica—. En otras circunstancias, creo que nos habríamos llevado bien, capitán Ferner.

—Tal vez en otra vida —respondió forzando una media sonrisa—. Si yo no fuera capitán y usted no fuera princesa, tal vez entonces…

—¡Je, je! —se secó las lágrimas con desprecio—. Nunca se sabe qué vueltas dará la vida.

Pareció dudar antes de continuar hablando.

—Necesito que se quede con ella. —Había recuperado la compostura, irguiendo sus hombros, secándose el rostro con rabia—. Como princesa, no se me permitirá estar a su lado. Confío en que la cuide como yo lo haría. Prométame que no la dejará hasta que despierte.

—Lo prometo —respondió él en tono solemne—. No podría apartarme, aunque quisiera.

—Gracias, Anthony —era la primera vez que lo llamaba por su nombre—. Ve y cuídala.

Kiran salió disparado del carruaje, corriendo hasta la sala médica.

La puerta continuaba cerrada.

No podía entrar hasta que Owen se lo permitiera.

Se apoyó contra la pared, dejándose caer hasta quedar sentado. Esperaría allí hasta que alguien saliera.

—Mi señor —lo llamó Hugo—, debe ir a descansar.

—No me moveré de aquí —cerró los ojos—. Haznos un favor a los dos y no insistas.

—Está bien, le traeré algo caliente y comida. —Se dio la vuelta.

—Solo algo caliente. No tengo hambre.

—Mi se… —Iba a protestar, pero se contuvo al ver que era inútil—. Le traeré un té caliente.

Pasó una hora. Kiran apretaba la taza entre las manos, con la cabeza metida entre las rodillas.

Owen salió con su bata blanca; estaba cubierta de sangre.

—¿Qué…? —se levantó de golpe, imaginándose lo peor.

—Tranquilo, está viva —lo interrumpió, aliviando el peso que le aplastaba el pecho—.

Las heridas en la cabeza son muy escandalosas.

Parecía peor de lo que realmente es. Ha tenido suerte.

Supongo que, al pesar tan poco, el golpe no fue demasiado severo.

No hay rotura, ni tampoco se ha producido una hemorragia intracraneal.

He suturado la herida. Tiene una conmoción, por eso no ha despertado aún.

—Pero ¿lo hará? —preguntó ansioso.

—Despertará, pero no puedo decirte cuándo. Debemos quedarnos aquí hasta que lo haga. Tal vez el resto de la caravana podría partir a la capital. Yo puedo quedarme con ella y tú…

—No, me quedaré hasta que pueda continuar —no dejó lugar a réplica.

—Si tú te quedas, el convoy tiene que quedarse —apostilló Owen, como si tuviera que recordarle quién era en realidad.

—Lo sé. No me moveré de aquí —se enrocó Kiran, dejándolo claro.

—¿Qué hacemos con la princesa? —suspiró él, derrotado.

—Tranquilo, estoy seguro de que tampoco querrá irse. Ve a hablar con ella y explícale la situación. Buscará el modo de quedarse hasta que Ana despierte. ¿Puedo entrar ya?

—Puedes, pero ¿no deberías descansar primero?

Sin dar una respuesta, atravesó el umbral al interior.

El ruido del mundo quedó atrás.

La sala estaba vacía. Solo quedaba Ana. Tendida sobre la mesa de intervenciones.

Inmóvil.

Toda su ropa estaba tirada en una esquina. Su cuerpo estaba cubierto con una sábana y una manta para mantener su calor. Su piel estaba tan blanca como la nieve que rodeaba el paisaje. Incluso sus labios, que siempre mostraban un color cereza, parecían haberse borrado en su palidez.

Las rodillas de Kiran casi lo dejaron caer al suelo.

El aire le abandonó los pulmones. La bola que le atravesaba la garganta le impedía volver a recuperarlo.

Los pies lo llevaron lentamente hacia ella. Atraídos por su presencia. Con cada paso hacía acopio de toda la voluntad que poseía.

Las manos le temblaban.

Aunque Owen hubiera dicho que despertaría, no podría estar tranquilo hasta volver a contemplar sus ojos aguamarina.

Acercó el oído a su rostro. La calidez de su aliento le erizó la piel.

Respiraba.

El movimiento de su cuerpo, lento y constante, traía de vuelta el aliento a Kiran con cada respiración.

No parecía sufrir dolor.