CAPÍTULO 24 #2
—Sí, mi princesa —respondió Carla haciendo una reverencia que imitaron los demás.
—¿Todo bien? —le susurró Isobel al pasar a su lado.
Carla asintió, abriéndole la puerta del carruaje para que entrara, sin poder decir nada.
Encontró la mirada inquisidora de su prima. Ella le respondió, rogándole que no era el momento. No hacían falta palabras. Pero sabía que tendría que contarle dónde se había metido anoche, cuando estuviera preparada.
Isobel entró con toda su elegancia, apretándole la mano al apoyarse en ella para subir el escalón.
Estuvo a punto de derrumbarse en sus brazos con ese mínimo gesto de comprensión.
Se mordió el interior de la mejilla. Obligándose a mantenerse.
Debía continuar.
Siempre fuerte.
Tras ella, la esperaba la persona que más temía ver. Anthony sujetaba los caballos, recibiéndola con la tristeza dibujada en su cara. Carla se acercó a él, haciendo su mayor esfuerzo por controlarse. Agarró las riendas de su mano, forzando una sonrisa.
—Gracias, capitán Ferner.
—¿No era más práctico llamarnos por nuestros nombres, Ana? —le preguntó, sin borrar aquella apagada mueca que la estaba perforando como una espada.
—Lo siento, Anthony —respondió Carla, mirándose las manos—. Supuse que, después de mi actuación de anoche, no querrías que te llamara por tu nombre.
—Soy yo quien debe disculparse.
—No lo hagas, por favor.
—Está bien. Entonces, vuelve a ser la misma de siempre. Como si anoche solo hubieras visto unas insólitas luces en un manantial. Nada más.
—¿Eso es lo que quieres realmente?
—Quiero que estés bien —le aseguró con convicción—. Si borrándome de tus recuerdos vuelves a sonreír… Por favor, hazlo, no lo dudes.
El aire la abandonó como si la hubiera golpeado.
—Lo intentaré —respondió tras llenar sus pulmones de nuevo—. No borrarte de mi memoria. No quiero eso. Solo volver a actuar contigo, como antes.
—Me conformo.
Carla levantó la mirada, encontrándose con aquellos ojos que no podría eliminar de su mente jamás. El tiempo se detuvo en silencio una vez más, pero la sensación de calidez había dado paso al dolor.
Apartó la vista de Anthony, apretándose el dedo con fuerza.
Si lo miraba a los ojos, no podría soportarlo.
—Será mejor que montemos, nos quedan cinco días de viaje por delante —le dijo con la voz quebrada.
Pasaron tres días viajando el uno al lado del otro en la vanguardia. La marcha estaba siendo tranquila; no hubo percances. Carla dormía cada noche, sola, en su caseta.
No se sentía preparada para volver a la normalidad.
No había conseguido pedirle disculpas a Alice. Estaba muy avergonzada. Cada vez que se cruzaba con ella, sentía el peso de su ofensa. No podía ni mirarla a la cara.
Quería pedirle perdón, pero no encontraba el modo de hacerlo. Alice no se merecía lo que le dijo y ella no merecía su perdón, así como así.
Debía compensarla por ello.
—¿Ana? —la llamó la voz de Anthony desde su caballo.
—Perdona. ¿Me decías algo? Estaba distraída.
—Tranquila, solo te avisaba de que pronto pasaremos por la frontera de Issel.
Una vez la atravesemos, no habrá peligro de asalto.
Detrás de ese bosque, comienza una garganta que da paso a las tierras de la capital.
Allí es donde viven y cultivan todos los granjeros que suministran a la ciudad.
—Señalaba el bosque al que llegarían en breve.
Anthony trataba de distraerla. Llevaba haciéndolo desde aquel día. Le contaba historias de la zona para que no pensara en nada más. Quería evitarle los silencios incómodos. Owen, al otro lado, participaba a su modo, provocándolos con cualquier tontería para entretenerse él mismo.
Carla agradecía que lo intentaran. No podían mantenerla siempre alejada de sus pensamientos, pero lo conseguían a ratos.
—Gracias. —Lo miró con una leve sonrisa, la primera que se dibujaba en su rostro desde aquella noche.
—¿Por qué, Ana? —le preguntó, confuso.
—Por querer hacérmelo más fácil. Gra…
No pudo terminar.
Una botella de cristal cayó en el camino. El aceite de su interior estalló prendido en llamas al golpear el suelo. Una bola de fuego se extendió ante ella, provocando que el caballo se encabritara.
El miedo la paralizó, impidiéndole sujetarse.
Cayó de espaldas sin poder evitarlo. La cabeza le impactó con dureza contra algo. Un latigazo le tiró del cuello. Un dolor intenso la golpeó, dejándola incapaz de reaccionar.
La vista se le nublaba por momentos. Por mucho que pretendiera mantenerse despierta, caía envuelta en un zumbido.
Oía gritos alrededor. No podía identificar a nadie.
Escuchaba el sonido del acero al chocar.
El cristal crepitaba al prenderse. Podía sentir el calor muy cerca.
El olor del aceite quemado le penetraba la nariz directo hasta el cerebro.
Estaban luchando.
Tenía que levantarse.
Quería coger su espada. No llegaba. El brazo no le respondía.
Estaba aturdida.
Sentía como un líquido caliente y espeso le recorría la nuca muy lentamente.
Sangre.
Pudo olerla.
Todo daba vueltas. Imágenes borrosas iban y venían sin poder controlarlas.
La luz le dañaba los ojos cuando conseguía abrirlos por un instante.
El silencio la envolvía por momentos, cuando la oscuridad conseguía llevársela.
Se encendía y se apagaba. Alguien la sujetaba entre sus brazos. Abrazándola con fuerza.
Una voz gritaba cargada de desesperación.
—¡Ana! ¡Respóndeme! ¡Ana!
«¿Quién es Ana?»
Carla intentaba abrir los ojos. La necesidad de aquella voz la empujaba a querer ver su cara.
—¡Ana! ¡Por favor! ¡Despierta! ¡Ana!
«¿Es Anthony?», recobró un poco la consciencia.
—¡Ana! ¡No te vayas! Si tú no estás… volveré a ese lugar oscuro —le rogaba.
«¿Qué es esto tan cálido que cae sobre mi cara?», luchaba por despertar. «¿Es sangre? No, no huele a óxido, huele a sal.»
Carla consiguió abrir los ojos poco a poco. Regresó para ver el rostro de Anthony ante sí. Las lágrimas lo surcaban de un modo cruel. Su mirada… había mucho dolor en ella.
«¿Por qué? ¿Por qué lloraba de ese modo?»
—No —le secó Carla las lágrimas con los dedos—. No llores. Todo estará bien. El sol volverá a salir. Siempre. No hay oscuridad que no termine al amanecer.
—Pero tú eres mi luz… No volverá a amanecer si me dejas. ¡Quédate conmigo!
—Debes brillar con la tuya, Anthony —le sonreía, apoyando la mano en su mejilla—. Yo puedo verla. Está dentro de ti, solo déjala sal…
No pudo terminar la frase; la oscuridad volvía a llevársela.
—¡Owen! ¡Sálvala! —oyó cómo gritaba, antes de caer por completo en ella.