La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

L os pies descalzos de Carla tropezaban entre las placas de hielo mientras corría.

Hacía rato que no los sentía, pero no se pararía a ponerse las botas.

No quería que Anthony la alcanzara. No podía enfrentarse a él en este momento.

Le había declarado sus sentimientos. Había estado a punto de decirle que…

la quería. Del mismo modo que ella lo amaba a él.

Pero era… imposible. Tenía que casarse con el príncipe Kiran.

Era su obligación.

Debía ser coronada.

Era el deseo de su padre.

No podía defraudarle, pero ¿qué era lo que ella quería? ¿En qué momento decidió que quería ser reina?

Lo había pensado muchas veces cuando había deseado rendirse. Siempre se había recompuesto de su debilidad y había continuado con el camino hasta su meta. Ahora no estaba segura de poder hacerlo. El miedo a perder a Anthony le presionaba la garganta hasta quemarla.

Entró en la caseta sin aire. Cada respiración era demasiado corta para satisfacer la necesidad de sus pulmones. El miedo había tomado el control. Las rodillas le fallaron, dejándola caer. Se agarró el cuello desesperada, sintiendo que se ahogaba. Trataba de tomar una bocanada, una y otra vez.

No lo conseguía.

Quería gritar. Pedir ayuda. No salía nada más que el estridente ruido que hacía el aire al entrar y salir con demasiada fuerza para retenerlo.

La lona de la caseta se abrió. Alice se lanzó al suelo a su lado.

—¡Joder! —maldijo Alice al encontrarla en ese estado.

—N… No… Pue… Puedo… Resp…

—Tranquila, estoy aquí —la alentó, girándola para ponerse tras ella—. Mete la cabeza entre las rodillas —le susurraba como a un caballo desbocado—. Intenta coger aire por la nariz. Muy despacio. —Su mano le recorría la espalda con calma, reconfortándola con cada movimiento.

Carla trató de hacer lo que le pedía. Al principio no llegaba, pero poco a poco, con cada respiración, cogía cada vez más aire.

Entraba lentamente por la nariz.

Lo soltaba por la boca.

Y repetía, cogiendo un poco más en la siguiente.

—Así, muy bien, muy despacio. Deja que llegue.

Su voz serena comenzó a calmarla. La imitaba, llenando su pecho al inspirar para que viera hasta dónde podía llegar. Se volvía más fácil. Ya no se ahogaba. Comenzaba a respirar con normalidad.

—¿Qué ha pasado?

—¿Por qué me has engañado? ¿Por qué me llevaste hasta él? —preguntó en voz muy baja—. ¿Por qué lo has hecho?

—Lo siento, pero era necesario.

—¿Qué era necesario? —Carla no tenía fuerzas para molestarse—. ¿De verdad crees que tenía que pasar por esto?

—Estoy segura de que estás pasando por esto porque no le has dicho la verdad.

Fue un golpe directo a su estómago. No podía contradecirla.

—Me ha dicho lo que siente por… mí —se rompió, dejando brotar las lágrimas que había estado guardando—. ¿De qué serviría decirle la verdad? No puedo corresponderle.

—Ya lo haces, Carla. Lo amas. Lo que no quieres es dejarte llevar.

—Sabes bien que no puedo, que estoy comprometida con otro hombre.

—Aún no estás comprometida.

—¡Lo estaré muy pronto! —se levantó del suelo, molesta por la intransigencia de Alice—. Tengo que cumplir con mi deber.

—¿Tu deber? ¿De verdad es tuyo?

—¡Claro que lo es! ¿De quién es, si no? ¿Acaso no soy yo quien debe ser coronada? ¿No es eso lo que dice la ley?

—¡Si fuera tan sencillo, no necesitarías casarte para defender tu corona! —explotó Alice, como nunca la había visto—. ¡Has decidido que el único modo de sentarte en el trono es tener un ejército que te respalde! ¡Debe de haber otro modo! Uno que no implique que te pierdas a ti misma.

—¡Mi padre querría que hiciera todo lo que estuviera en mi mano para conseguirlo!

—¡Tu padre también querría que vivieras tu vida! ¡Querría que te casaras por amor! ¡Querría que fueras feliz a tu modo! Das por hecho que lo único que quería era que fueras reina, ¡pero él te amaba más que a la corona!

—No veo el modo de tener ambas cosas —respondió Carla, con la pena impregnada en la voz—. Si quiero continuar con su legado, debo sacrificar mi felicidad.

—Si él estuviera aquí y tuviera que elegir…

—¡Pero no está aquí, ¿verdad?! —escupió sin contenerse Carla—.

No podemos saber lo que elegiría si estuviera aquí porque no lo está.

¡Estoy sola! ¡Solo puedo confiar en mí y en mis propias decisiones!

¡Soy yo la que tiene que elegir! ¡La que tiene que sacrificar sus sentimientos para cumplir con su deber!

Alice retrocedió como si le hubieran dado un puñetazo. Frunció el ceño antes de ponerse frente a ella, mirándola con determinación.

—¿Quieres saber por qué lo hice? ¿Por qué te llevé directa hasta él? —soltó agarrándose el cuello como si le ardiera por dentro—. ¡Tienes una salida delante de ti! ¡Puedes elegir y lo haces mal!

Escucharla decir esas palabras le dolió.

Ahora lo entendía.

Lo que Alice había pasado. Lo que quisieron obligarla a hacer. Le había tendido una posibilidad a la que aferrarse. Una que no implicara dejarlo todo atrás.

Pero era distinto. No podía reflejar su dolor en ella y tenía que saberlo.

—Lo siento, pero no es lo mismo que te sucedió a ti —dejó caer, provocando que el aire entre ellas se tensara hasta casi romperse—. No hay vuelta atrás para mí. No sé vivir de otra manera.

—Carla, por favor, puedes confiar… —intentó decirle.

—¡Eres tú la que ha traicionado mi confianza! —le gritó Carla, dolida.

Ya no lo aguantaba más. Si seguía así… se rompería y le haría daño sin pretenderlo.

—Déjame sola —le imploró, atragantándose con sus propias palabras—. Solo puedo confiar en mí misma.

Sus ojos se anegaron por el dolor.

Carla lo sintió como si fuera suyo.

—Si es lo que me pides… me iré, pero quiero que te quede claro.

No. Estás. Sola. Nos tienes a tu lado, pero no podemos hacer nada si te sigues encerrando bajo tu coraza.

No podemos ayudarte si no nos dejas —le dijo con las lágrimas atravesando su cara—.

Por favor, mete los pies en agua tibia si no quieres perderlos —rogó antes de salir de la caseta.

Carla se dejó caer en uno de los cojines. El nudo en la garganta le dolía casi tanto como ver el daño que le había hecho a Alice.

Lloró desconsolada, torturándose con lo que sentía.

Quebrándose al pensar en que lo merecía.

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando Diana entró con una palangana con agua en sus manos. El vapor salía de su interior por la diferencia de temperatura. Se arrodilló ante ella y le metió los pies con cuidado.

—Tch —chasqueó la lengua, molesta por su estado.

Se levantó, envuelta en su silencio, y preparó la jarra y la jofaina para la mañana siguiente.

Se marchó sin mirar atrás.

Alice la había avisado, aun cuando ella la había despreciado.

Siguió llorando hasta quedarse dormida.

Al despertarse, estaba sobre la estera, cubierta con las pieles de su cama. Alguien la había llevado en brazos hasta allí. Le habían envuelto los pies con una manta que tenía una piedra aún caliente en su interior.

Las palabras de Alice resonaron en su cabeza.

Era cierto que tenía a su lado a personas que se preocupaban por ella.

«Ya te vale, Carla», se reprochó. «Tienes que disculparte con Alice.»

Entonces Diana atravesó la entrada y la empujó de la cama para apremiarla.

Se había quedado dormida.

—¡Mierda!

Corrió por toda la caseta preparándose mientras Diana y sus compañeras lo recogían todo. Tenía que encontrarse con los demás junto al carruaje. Salió a toda prisa, colocándose la capucha y la máscara.

Algo se interpuso en su camino. Se dio de bruces contra un muro de carne y salió rebotada hacia atrás, cayendo de culo contra el suelo.

—¡Joder! —maldijo, agarrándose la cabeza—. ¿Pero qué coño?

Había tropezado en el pecho de Alan.

—¡Ja, ja, ja! ¿Ahora embistes a tus capitanes?

—¡¿No sabes que hay que avisar antes de entrar?! —soltó, levantándose del suelo.

—Vaya… Sí que te afectó lo de anoche —dijo Alan con cierta tristeza—. En un día normal estarías riéndote de tu propia torpeza.

—No estoy de humor, Alan —salió de la caseta, seguida por su amigo.

—Tienes miedo a lo que pasará cuando te encuentres con él.

—¡¿Qué es lo que sabes?! —Se paró de golpe, girándose.

—Lo sé todo, amiga —le respondió, mirando al suelo mientras se rascaba la cabeza—. Descubrí lo que Alice hizo y quise ir a pararlo, pero… ya era demasiado tarde.

—No es culpa tuya —suspiró Carla, poniéndole la mano en su hombro—. Tampoco es culpa de tu hermana. La única culpable en todo esto soy yo.

La apresó en un abrazo, cogiéndola por sorpresa.

—Pase lo que pase, estaremos a tu lado.

—Hum —asintió sin poder decir nada, devolviéndoselo.

—¡Bien! ¡A por ello, capitán!

La giró, empujándola como si la entregara en sacrificio, en dirección a los carruajes.

Llegaron juntos al encuentro de los demás.

Solo faltaba Isobel, que siempre llegaba en el momento de marchar como parte de su papel como princesa.

Anthony y Hugo estaban junto a Alice hablando alegremente como si nada hubiera pasado.

Owen estaba apoyado contra el carruaje de la princesa con una rodilla levantada y los brazos cruzados como si se aburriera.

Carla se paró un momento y respiró profundamente antes de continuar.

Solo quedaban cinco días de viaje y todo pasaría.

—¡Buenos días! —se esforzó por aparentar que estaba todo bien—. Lamento el retraso.

—¡Buenos días! —respondieron juntos Hugo y Anthony.

Casi lograron sacarle una sonrisa.

—¡Bien! Capitán Ferner, irá a la vanguardia conmigo. Doctor Ille, usted irá con nosotros —ordenó—. Capitán De Wit, usted irá con la capitán Alice en retaguardia. El capitán De Visser acompañará el carruaje de la princesa. ¿Entendido?

—¡A la orden! —respondieron todos menos Owen.

—Ya veo que volvemos a los protocolos —soltó con un deje burlón.

Anthony lo miró fijamente, con una expresión amenazante.

—¡Vale, vale! —Levantó las manos al aire—. Al traste con mi ansiada diversión.

En ese momento, Isobel llegó hasta ellos, preparada para partir.

—Buenos días —dijo con una trincada sonrisa protocolaria—. ¿Estamos preparados?