CAPÍTULO 23 #2
—No quiere presionarla, mi señor —intervino Hugo, que había pasado de la risa a la preocupación con una rapidez alarmante—.
Solo quiere saber a qué atenerse. Puede que sea una confusión, que de verdad tenga demasiado trabajo, pero, aunque no lo fuera, usted necesita saber qué es lo que pasa.
Si ella le dice que se aparte, entonces, cúmplalo.
—No te quedes con la duda —apostilló Owen—. Toma la decisión con lo que te diga.
—Tenéis razón. Le preguntaré directamente. No quiero alejarme sin saber lo que pasa —se convenció Kiran.
—¿Quiere ayuda para poder acercarse? —se ofreció Hugo.
—No es necesario, tenemos un plan —respondió algo más animado—. ¡Tengo a un topo en sus filas! —bromeó mientras salía por la lona de la caseta, dejando sus risas atrás.
El pequeño manantial se encontraba a diez minutos del campamento. Conocía muy bien el sitio y le habló de él a Alice cuando le preguntó por un lugar apartado.
Aun con aquel frío, sus cálidas aguas no se habían congelado.
En la oscuridad, las algas que lo habitaban brillaban como diminutas luciérnagas con el movimiento del agua.
Las luces se movían al caer por la cascada y cuando chocaban en su superficie.
La espuma que creaba no se apagaba más que al llegar el amanecer.
Su padre lo había llevado a verlo por primera vez cuando tenía nueve años, en una partida de caza. Desde entonces, Kiran se escapaba cada vez que salían para verlo. Podía pasarse horas embobado, viendo brillar aquellos diminutos seres, hasta que el propio rey aparecía a buscarlo.
Había pensado en mostrarle a Ana aquel maravilloso espectáculo desde que abandonaron la finca.
Se quedó en silencio, esperando entre los árboles.
—¡Oh! —su voz le llegó antes de que pudiera verla—. ¡Esto no puede ser real!
Admiraba el movimiento de las luces con una perfecta sonrisa adornando su rostro.
Kiran no salió; aún no podía. Deseaba contemplar su reacción antes de hablar con ella.
No sabía por qué, pero verla sonreír de aquella manera lo…
aliviaba. Su calidez lo inundaba solo con mirarla.
Necesitaba sentir su luz un poco más. Si se molestaba, si no quería volver a hablarle, al menos guardaría su imagen en la memoria.
La recordaría así, siempre.
Ana se quitó las botas junto a un árbol cercano.
Remangó sus pantalones hasta las rodillas y se acercó a la orilla, ensimismada en lo que tenía ante ella.
Alargó su pie, golpeando la superficie del manantial.
Sus ondas formaron círculos perfectos, iluminándose en su recorrido.
Se deslizaban hasta chocar con la piedra, rompiéndose en un millar de formas, como una nebulosa en el cielo.
Ella rio sin contenerse, como una niña que juega en el mar por primera vez.
Kiran no quería interrumpirla.
Se quedó quieto, rogando poder detener el tiempo.
Ana chapoteaba de todas las maneras que se le ocurrían, viendo cómo se encendían y apagaban las luces una y otra vez.
Y se metió en el agua.
Sacó sus cuchillos y comenzó a girar sobre sí misma. Levantó su pie, salpicando una espiral de luz a su alrededor. Las diminutas algas se reflejaban en sus brillantes ojos como si miles de estrellas brillaran en su interior.
Sin darse cuenta, embelesado con su danza, Kiran cometió el error de querer verla un poco más cerca.
—¿Quién anda ahí? —se puso en guardia al percibirlo.
—Perdóname, Ana —respondió Kiran, saliendo de entre los árboles con las manos en alto—. No quería molestarte.
—¡Anthony! ¿Qué haces aquí?
—Yo le hablé a Alice de este lugar.
—¡Ah! Venía detrás de mí. Se olvidó de coger las toallas. Me dijo que me adelantara y…
—Lo siento —bajó la cabeza, avergonzado por su estratagema—. Alice no va a venir.
Por un momento pareció no entender. Su ceño se arrugó al darse cuenta.
—¡Voy a matarla! —exclamó molesta, al tiempo que salía del agua.
—Por favor —la llamó Kiran, alargando su mano desde el otro lado del manantial, como si pudiera sujetarla para que se quedara—. Necesito hablar contigo.
—¿Por qué me has engañado para esto? ¿No podías pedírmelo y ya está? —respondió Ana acercándose hasta él para enfrentarlo.
—¿De verdad podía? ¡Has estado evitándome desde que salimos de la finca! Me he acercado a ti muchas veces, pero siempre tenías otra cosa que atender. ¡Dime que me equivoco! ¡Dime que son invenciones mías!
—Lo siento —se dio la vuelta, evitándolo de nuevo—. No te equivocas.
La rabia lo devoró.
—¡Dime por qué, Ana! —le rogó Kiran—. ¿Te he ofendido? ¡¿He hecho algo para que no quieras ni siquiera mirarme a la cara?!
Extendió la mano, luchando contra las ganas que tenía de agarrarla por el hombro y darle la vuelta. Necesitaba verla mientras hablaban.
—No has hecho nada malo, Anthony. No es culpa tuya —le respondió, girándose de golpe, encontrándose con la mano tendida.
Se quedó parada, haciendo un ligero amago de querer tocarlo.
—Es solo que… —comenzó a decir acercando muy despacio sus dedos.
La piel de Kiran se estremeció. La esperanza le encogió el pecho por un instante, al pensar que tal vez ella…
—No puedo. Lo siento, no… no puedo con esto. —Se apartó de él, como si le hubieran dado un latigazo.
—¿Qué es lo que sientes? ¿Con qué no puedes? ¡Dímelo, Ana! —le imploró Kiran, acercándose de nuevo.
—¡¿Qué es lo que sabes de mí, Anthony?! —escupió ella cabreada, dando un paso atrás, huyendo de él—. ¿De verdad crees que me conoces por cabalgar conmigo durante un mes? ¡No sabes nada! ¡Solo ves a la capitán De Luca, que rio junto a ti durante el viaje!
—Tienes razón, no sé nada. Te has escondido detrás de tu máscara para ocultar todo lo que cargas. No me permites llegar hasta ti. ¿Cómo se supone que voy a hacerlo si no me dejas, Ana? —dio un paso adelante, cada vez más frustrado, intentando llegar hasta ella.
—Por favor. No me hagas esto. Intento… protegerte —le rogaba, arrancándole las entrañas al ver el sufrimiento en su mirada—. Si ignoras la verdad, tal vez cuando lleguemos a la capital puedas… tal vez tú puedas… olvidarte de mí.
Y se dio la vuelta para marcharse.
Kiran retrocedió ante aquella realidad.
Lo golpeó dejándolo sin aliento.
Veía paralizado cómo se alejaba de él, sin poder hacer nada.
Había estado tan pendiente de cómo lo evitaba que no fue capaz de verlo.
En cuanto llegaran a la capital, se separarían.
Había sido un estúpido.
Se agarró el pecho intentando mitigar aquel horrible dolor.
Al llegar a Issel Anthony desaparecería, devolviéndole el lugar al príncipe Kiran.
Tendrían que separarse. No volvería a verla. Pudo sentir el desgarro en su interior, como si se rompiera en pedazos.
No podía moverse.
No le salían las palabras.
La verdad que se había esforzado tanto por ocultar acababa de salir al exterior.
La amaba.
Como nunca creyó que sería capaz de hacerlo.
Quería estar junto a ella. Pasara lo que pasase. Tenía que decírselo, pero el miedo volvía a adueñarse de él.
«¿Vas a usarlo como excusa para esconderte otra vez?», luchó en su cabeza. «Si lo haces, tendrás que pasar el resto de tu vida sin ella.»
—Es lo mejor, Anthony, créeme —se despidió sin mirarlo.
—¡Espera! —gritó al ver que era su última oportunidad—. ¡Por favor! Tienes que saberlo… Ana, yo… no puedo ni siquiera pensar en un mundo en el que no esté a tu lado. Necesito que lo sepas, yo te quie…
—¡Para! ¡Ya basta! ¡No lo digas! ¡No… puedes! —lo interrumpió Ana, titubeando, sin terminar las frases—. ¡No puede ser! ¡Tú no puedes…!
Y salió corriendo entre los árboles, descalza con sus botas en la mano. Kiran no quería que se fuera. Siguió su rastro, corriendo tras ella.
No pudo continuar.
Apoyó la mano en el tronco ante él y cayó al suelo de rodillas. Se sentó sobre los talones, mirándose con desprecio las palmas de las manos.
Lo había rechazado.
«¿Qué esperabas, Kiran? Alguien como ella no podía amar a alguien como tú», regresó aquella lúgubre voz a su cabeza. «Ana es luz y tú vives en la oscuridad.»
Las lágrimas le surcaron las mejillas.
El dolor que sentía era algo distinto a lo que había acompañado toda su vida.
La había perdido.
No podía amarlo.
—No debería decirte esto. —La voz de Alan lo sobresaltó.
Estaba apoyado de espaldas contra el árbol al que Kiran se aferraba. Había escuchado todo lo ocurrido.
—Su respuesta no tiene nada que ver con sus sentimientos, Anthony. No se trata de si te ama o no. Está comprometida con otro hombre —le explicó con la voz ronca—. Es un matrimonio político que no puede eludir. La última voluntad de su padre la obliga a cumplirlo y ella no puede faltar a su memoria.
»Es imposible.
Se alejó algunos pasos antes de detenerse.
—Si el mundo fuera mejor, si ella pudiera decidir libremente, estoy seguro de que te elegiría a ti. Sé que no quieres hacerle daño. Acéptalo y sigue adelante, por mucho que te duela. Eres un tío muy listo, sé que puedes entenderlo.
Kiran dejó salir las lágrimas sin contenerlas. Siguió llorando de un modo catártico, liberando todo lo que ardía en él. Había perdido lo único que había amado y deseado en ese mundo.
Las palabras de Alan no mitigaron su dolor, pero sí lo habían aliviado.
Entender que había una razón era más fácil de asumir que la posibilidad de no ser suficiente para ella.