CAPÍTULO 23
L a luz se reflejaba sobre el polvo blanco que cubría los árboles del camino, envolviéndolos en un aura dorada.
Parecía que la nieve había llegado para quedarse, acompañándolos en lo que restaba de camino hasta la capital.
A pesar de las previsiones, cada día se acumulaba un poco más en el paisaje.
La vista desde el carruaje donde Kiran viajaba era una perfecta estampa invernal, pero él ya no lo soportaba más.
Se sentía acorralado entre Owen y sus propios pensamientos.
Por mucho que se quejara en cada parada, por mucho que le dijera que se encontraba bien, Ana no le permitía acompañarla a caballo. Temía que se le abrieran las heridas.
Habían pasado cinco días desde su partida de la finca de Ille. Pronto, verían aparecer ante ellos las murallas de la ciudad blanca de Issel. Necesitaba salir de ese maldito cubículo o acabaría perdiendo el poco juicio que le quedaba.
—Owen, ¿hablarías con Ana? —rogó Kiran, rozando la desesperación—. Por favor, prometo no hacer esfuerzos. Solo… quiero salir de aquí.
—¿Solo eso? —le preguntó Owen con una sonrisa perversa—. ¿No será que buscas un modo de acercarte a An…?
Golpeó su hombro con el puño para que no terminara la frase y suspiró profundamente.
—Ha estado evitándome desde que partimos. —El peso del desconsuelo lo obligó a inclinar la cabeza—. Necesito una oportunidad para hablar con ella. Quiero saber por qué lo hace. Puede que sean imaginaciones mías. Puede que haya hecho algo sin darme cuenta.
Se mordió el interior del labio.
—No soporto la infinidad de posibilidades que me recorre la mente, Owen, es desesperante. ¡Me voy a volver loco!
—Creo que ya lo estás, aunque te hayas negado a aceptarlo —se estaba regodeando—. Está bien. Hablaré con ella. Por mí no hay problema en que cabalgues, siempre que me prometas que, si hay un ataque, te mantendrás al margen.
—Hum, lo intentaré —respondió Kiran murmurando.
—¡Ja, ja, ja! —se burló de su actitud—. Reconozco que me estoy aburriendo mucho aquí dentro solo contigo, pero este nuevo tú me divierte mucho más que el antiguo.
—Entonces estamos de acuerdo en que queremos viajar los dos a caballo —ignoró su provocación—. En cuanto nos detengamos, por favor, ¡ve a hablar con ella!
—¡Vale, vale! —aceptó Owen—. ¡Iré si así dejas de lloriquear!
—¡Bien! —aceptó Kiran sonriendo—. Juguemos al ajedrez mientras esperamos a que paren la marcha, ¿vale?
—¿No te aburres sabiendo que volverás a ganar? —le soltó en tono condescendiente.
—No. Aprendo lo que no debo hacer, viendo cómo la cagas en cada movimiento, hermanito.
Owen puso los ojos en blanco ante el comentario, pero movió su peón blanco, abriendo el juego.
Kiran estaba a punto de vencer por tercera vez cuando sonó el aviso para detenerse.
—¡Por fin! —Se levantó de un salto, dejando por primera vez en su vida una partida sin terminar—. ¡Vamos a buscarla!
—Es mejor que me lo dejes a mí. —Hizo una mueca perversa—. Te prometo que me comportaré como un auténtico caballero.
—Quieres seguir con vida tras este viaje, ¿cierto? —Sabía que estaba bromeando, pero lo sacaba de quicio—. ¡Está bien! ¡Mueve tu culo y sácame de este maldito carruaje! —Abrió la puerta de un golpe y lo empujó fuera sin miramientos.
Los soldados estaban montando el campamento en el claro junto al camino.
No había cruzado más que un par de palabras con Ana desde que salieron.
La buscaba en cada parada, pero siempre tenía algo que hacer o estaba demasiado cansada.
Lo estaba torturando. Tal vez lo sucedido en el refugio fue demasiado para ella.
Tal vez la estaba agobiando, persiguiéndola cada día para entablar conversación.
Tal vez había cambiado su opinión sobre él y no quería tener ningún contacto.
Cada «tal vez» era una puñalada. No lo soportaba.
«No puedes seguir dejándolo a la suerte, Kiran», se regañó.
Necesitaba encontrar la manera de acercarse, pero temía su respuesta.
El dolor en las palmas de las manos le hizo darse cuenta de lo mucho que estaba apretando los puños. Solo pensarlo le quemaba por dentro.
Si lo rechazaba…
Mientras pensaba en todo aquello sin poder pararlo, vio a Alice bajando del caballo. Al girarse, se lo encontró mirándola distraído y se acercó a él, cargando con su petate en las manos.
—¿Cómo te encuentras, Anthony? —le preguntó.
Ella siempre había sido amable, a su manera. Tal vez podría… Era una locura, pero tenía que intentarlo.
—Estoy mucho mejor, gracias por preguntar. —Le tendió una mano para ayudarla con su bolsa.
—Mejor la llevo yo. —Arrugó la nariz con una expresión que pedía comprensión—. No queremos preocupar a Ana, ¿verdad?
—No, no —aceptó su particular forma de bromear, siguiéndola hasta un árbol cercano—. Quiero poder salir del carruaje en algún momento. Estoy cansado de estar encerrado.
—Entiendo. —Lo miró de reojo, con una ligera sonrisa apenas perceptible—. Su alteza también lo está pasando bastante mal con este viaje. Aunque ella no tiene otra opción.
Lo acababa de poner en su sitio con una elegancia tan sutil que le hizo avergonzarse de su infantil comportamiento.
—No hago más que quejarme, ¿cierto? La princesa Carla ha aguantado todo el viaje encerrada y no se ha quejado en lo más mínimo.
Alice se rio, cubriéndose la boca con disimulo.
—No pasa nada por ser un poco egoísta a veces, Anthony. Siempre se lo digo a Ana, pero nunca me hace caso.
—No es a lo que estoy acostumbrado —bajó la cabeza sin poder evitarlo—. Es mi deber pensar en qué necesitan los demás.
—La vida no se basa solo en el deber.
Lo dijo con convicción, pero su expresión le decía que lo había aprendido con dolor.
—Puede que tengas razón. —Kiran levantó la mirada, encontrándose con sus ojos color miel.
Mirándolos de cerca, no desprendían esa frialdad que ella misma se imponía.
—Entonces, quisiera aprovecharme de tu amabilidad —se detuvo un instante, tanteando su reacción antes de continuar—. Necesito saber si Ana me está evitando.
—¿De verdad me lo estás preguntando? —levantó una ceja inquisidora—. Vamos, Anthony, eres demasiado inteligente para esto.
A Kiran se le escapó un resoplido de la frustración.
—Gracias por no endulzármelo con mentiras.
—No sirve de nada negar la evidencia. —Frunció el ceño, parecía contrariada—. Ana no quiere que nos metamos en este tema, pero creo que lo mejor es que habléis de una vez. Se me ocurre…
Se quedó callada; dudaba de lo que estaba a punto de decir.
—Sé que suena mal, pero ¿qué tal una emboscada? —le propuso de golpe, cogiéndolo por sorpresa—. No me mires con esa cara, anda.
—Lo siento. No… me lo esperaba —respondió Kiran aún desconcertado—. ¿Por qué quieres ayudarme?
—No lo hago por ti —lo corrigió—. Tiene que saber que tiene una salida.
Alice apretaba la mandíbula con fuerza. Su mirada se perdió, metiéndose en un recuerdo tan lejano que la había sacado de allí por un instante.
Kiran tuvo la sensación de que no hablaba solamente de Ana.
—Entonces, cuéntame, ¿qué tienes en mente?
Y le sonrió. La fría capitán le había regalado una preciosa sonrisa. Fue tan espontánea que no le dio tiempo a contenerla tras su máscara de hielo.
Después de la conversación con Alice, se metió en la caseta a esperar a Owen.
Estaba pletórico. Pensar en que podría pasar un rato a solas con Ana y mostrarle ese lugar tan especial…
calentaba su cuerpo más que el fuego de las hogueras del campamento.
No era propio de él encontrarse tan inquieto, pero le gustaba aquella sensación.
Una media sonrisa se le formó sin darse cuenta.
—¿A qué viene esa sonrisilla de tonto? —preguntó Owen entrando en la caseta.
—¡Ja, ja, ja! —rio Hugo a su lado.
—¿Le has visto la cara? ¿Será posible que el principito esté pensando en una maldad?
—¡No es posible! Mi señor no tiene esos pensamientos. ¿O me equivoco? —hablaban como si Kiran no estuviera delante.
—¡A callar los dos! —respondió molesto—. ¿No tenéis nada que hacer?
—Reunirnos con usted…
—¡Ja! —rio Owen ignorando la cara de querer matarlo de Kiran—. Parece que se ha olvidado de nosotros en sus ensoñaciones, mi querido Hugo.
—¡Ja, ja, ja! —resonaron sus carcajadas—. ¿Pensando en cierta capitán, mi señor? ¡Espero que nada impropio de usted! —se burló sin dejar de reír.
—En cuanto lleguemos a Issel voy a ocuparme de borrar esas sonrisas de vuestra cara…
—Anda, anda, ¡no seas así, amigo mío! —trató de calmarlo Owen, viendo que se estaban pasando de la raya—. ¡Tengo buenas noticias! Deberías darme las gracias en vez de amenazarme.
—¿No me digas que…? —Kiran casi dejó de respirar ante la expectativa.
—La capitán De Luca ha dado su permiso para que mañana puedas cabalgar junto a ella de nuevo —le confirmó Owen, regodeándose—. No ha sido nada fácil, ¡me debes una!
—¡Gracias, hermanito! ¡Te compensaré con lo que quieras! —respondió emocionado.
—¿Lo que quiera? ¿Estás seguro? Mira que puedo volverme avaricioso —le dijo con un brillo perverso en sus ojos azules.
—¡Lo que quieras! ¡Ya no podía aguantar un día más en ese carruaje!
Owen se quedó en silencio un segundo, con la mano en la barbilla, imitándole con descaro.
—Entonces, ¿qué tal una noche a solas con Ana? —pidió en un tono sugerente.
Kiran golpeó sus costillas con el puño a modo de advertencia. Él se tiró sobre un cojín riendo a carcajadas. Se agarraba el abdomen, retorciéndose del dolor de tanto reírse. Hugo lo acompañaba llorando de la risa, apoyándose sobre sus rodillas.
—¡Déjate de tonterías! —lo regañó Kiran, aun sabiendo que no le haría caso—. Además, sabes bien que eso no está en mi mano. Ella es libre de elegir con quién pasar sus días y… sus noches.
Un sabor a bilis se le atravesó en la garganta.
Si decidía que no quería volver a verlo… Solo podría respetar su decisión, aunque eso lo rompiera por dentro.
—¡Vamos! —Intentó animarlo Owen—. Sabes que es una broma. ¿Cómo puedes pensar tan mal de mí?
—Sé que nunca harías nada para dañarme. Es solo… —dudó de decirlo en voz alta—. Me da miedo lo fácil que es para ella el hacerlo. Debería apartarme, dejar de presionarla.