La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 22 #2
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CAPÍTULO 22 #2

—¿Ana? —su voz la llamó frente a ella—. ¿Te encuentras bien? ¿Te he ofendido…?

—¡Joder, Anthony! ¿Por qué me haces esto? —levantó la cara, encontrándose con los ojos del capitán, cargados de preocupación—. No me mires así, por favor.

—Lo lamento, yo… —Comenzó él, sin saber cómo continuar la frase.

—No es culpa tuya. No he sabido gestionar todo lo que ha sucedido estas semanas y he explotado. Lo siento, no pretendía que te preocuparas por mí.

—Cargas con demasiado tú sola —le ofreció su pañuelo amablemente—. No sé muy bien qué te empuja a querer hacerlo todo. Quieres proteger a los que están a tu alrededor, pero ese enorme peso te aplastará si no tienes cuidado.

»Si necesitas mi ayuda, solo tienes que pedirla.

Carla no podía apartar la mirada.

—¿Por qué eres así conmigo? —se dejó llevar por lo que sentía—. Te he visto durante todo el viaje. Eres amable con los demás, pero no cruzas más que las palabras justas. Incluso con Owen, que le tienes aprecio, tiendes a cerrarte en banda. ¿Por qué a mí me dejas ver… más allá?

Lo cogió por sorpresa.

Su cara reflejaba consternación, a la vez que cierta vergüenza.

—No tengo respuesta para eso —se agachó, secándole las lágrimas con el pañuelo, al ver que no soltaba las manos de sus rodillas—.

Solo puedo decirte que eres la primera persona en la que he confiado ciegamente.

No sé por qué, pero algo dentro de mí me dice que, aunque a veces te apartes y me evites…

nunca me harías daño. No conscientemente, al menos.

—Bajó la cabeza, mirando al suelo con desasosiego.

—Lo siento —se disculpó Carla apretándose el dedo—. No tenía derecho a preguntarte algo tan… personal. Estoy actuando de un modo irracional.

—No tenía obligación de responderte. Quería hacerlo. Aunque no lo sepas, estoy en deuda contigo por más de una razón.

»Me has salvado de más formas de las que crees.

Tragó una rápida bocanada al escucharle.

Había dejado de respirar sin darse cuenta.

—¿A qué te refieres? —Cayó en aquellos ojos que tanto la perturbaban.

—Algún día te lo contaré. Por ahora… no estoy preparado.

—¡Ahora me quedaré con la intriga! —lo regañó Carla, intentando quitarle importancia.

—Bueno, yo me quedaré sin saber por qué llevas evitándome todos estos días, así que estamos en paz —le respondió Anthony, con una sonrisa socarrona, al tiempo que le tendía su mano para ayudarla—. ¿Volvemos? Seguro que el ingeniero ha regresado con los ayudantes.

Allí estaba de nuevo: su mano extendida.

Nunca la tocaba sin su permiso. Siempre esperaba que ella eligiera tomarla o no. Aquel pensamiento la hizo sonreír al sujetarlo, sin saber muy bien por qué.

Volvieron al almacén, donde Owen salió a su encuentro.

—¡Ana, querida! —gritó avanzando hacia ella, con los brazos abiertos de un modo exagerado—. Déjame consolarte como es debido. Este insensible no es capaz de comprender las preocupaciones femeninas.

En el momento en que estuvo a punto de abrazarla, lo agarró por la muñeca. Giró sobre sí misma, retorciéndole el brazo. Colocándose en su espalda.

Lo había inmovilizado antes de que pudiera defenderse.

—No me obligue a romperle algo tan preciado, doctor —le susurró al oído, con un tono que no dejaba lugar a dudas de que iba en serio—. No tiene permiso para tocarme. No vuelva a intentarlo si no quiere perder algo más que su brazo.

—¡Pero, Ana! Yo solo quiero colmarte de afecto y atención —continuó él con su teatro—. ¿Por qué eres tan dura conmigo?

Carla pateó sus corvas, obligándolo a caer de rodillas. Sin esperárselo, no pudo colocar su mano libre. Sus labios besaron la sucia nieve a sus pies.

Le puso una rodilla sobre su espalda, apretándola con la fuerza necesaria para que le doliera, pero sin romper nada.

—No me gusta tener que repetirme. No me pongas a prueba, o sabrás lo que es que sea dura.

Carla se levantó, dejándolo atrás. Continuó su camino hasta el almacén, donde todos reían a carcajadas ante lo que acababan de ver.

—¿Podemos empezar? —su tono era firme—. Necesito acabar con esto pronto.

Se metió con determinación bajo el primer carruaje.

Ya habían perdido demasiado tiempo.

Pedía las herramientas a uno de los ayudantes, mientras los otros la ayudaban a sacar las ruedas. Les explicaba cómo funcionaba el mecanismo según lo iba cambiando. Así podrían hacer lo mismo en los demás carruajes. Al final, todo estaba preparado para sacar y enganchar.

Era fácil.

Carla continuó con su labor ignorando las piernas de los dos visitantes. Anthony estaba sentado en la silla, agachado, mirando. El doctor lo rondaba como una abeja en busca de néctar.

—Debo reconocer que no esperaba esa reacción —escuchó la voz de Owen—. Me esperaba que te interpusieras para salvarla. ¿Por qué no hiciste nada?

—Es muy simple, hermanito —explicó Anthony, en tono serio—. Ana no necesita que nadie la proteja. Ya has comprobado que es muy capaz de valerse por sí misma.

—¿No te parece innecesario que una dama tenga unas cualidades como esas? —Una punzada le atravesó el pecho a Carla.

Siempre era lo mismo.

Pretendían que fuera fuerte para soportar el peso de la carga que le habían impuesto. Y debía ser una frágil dama a la que había que socorrer.

Aquellos comentarios la habían perseguido durante toda su vida.

La lastimaban de un modo profundo.

Era cierto que el comandante Oliver la había enseñado desde muy niña a defenderse, pero fue decisión suya esforzarse para ser la mejor.

Había ganado todas sus cualidades por méritos propios.

La espada, el arco, los cuchillos, sus conocimientos médicos y de ingeniería…

lo había aprendido todo, a pesar de que no querían que lo hiciera.

Estaba orgullosa de poseer esas habilidades.

Le dolía que dudaran si eran necesarias.

«¡A la mierda con ellos!»

—Ni una sola me parece innecesaria —respondió Anthony, convencido—. Ana se ha dejado la piel para ser como es ahora. Nunca se rindió, aunque haya gente como tú que la desprecia por ello.

» Yo solo puedo admirarla.

La calidez de sus palabras la envolvió, arrancándole una tímida sonrisa.

—No me malinterpretes —escuchó cómo Owen respondía—. Solo tenía curiosidad. No es mi intención desdeñar sus capacidades. Incluso creo que es un desperdicio que no estudie medicina.

—Pues empieza a medir tus palabras antes de soltarlas —le regañó Anthony—. ¿O es que quieres que vuelva a dejarte tirado en el suelo?

—¡Uy, no! —no se lo pensó al responder—. Aunque no me importaría que fuera más dura conmigo en otro… sentido. Sabes a lo que me refiero, ¿no? ¡Ju, ju!

Carla escuchó un fuerte golpe justo cuando salía de debajo del carruaje. La mano de Anthony la esperaba para ayudarla una vez más. La agarró con confianza, dejándose levantar por su fuerte brazo. Owen estaba en el suelo junto a la silla, agarrándose las costillas y riendo a carcajadas.

—¡Ya veo que lo entendiste! —soltó, sin dejar de reír.

—¿Qué le ha pasado? —preguntó Carla, fingiendo no haberlos escuchado.

—Nada. Solo ignóralo. Es lo mejor para todos —le respondió Anthony, suspirando por la frustración—. ¿Has terminado?

—Sí. Solo queda colocar los pasadores para sujetar las palas. Pueden hacer el resto sin mí, ¿verdad? —Miró bajo el carruaje.

—¡Sí, señora! —respondieron los cuatro ayudantes a la vez.

—¡Bien! Gracias por su ayuda, señor Smit —dijo Carla, acercándose al anciano ingeniero.

—¡A ti, muchacha! —el viejo tenía una sonrisa enorme adornándole la cara—. Hacía tiempo que no me divertía tanto, aunque me queda pena de no poder interrogar a vuestros ingenieros.

—Eso tiene fácil arreglo. Enviaré una carta al gremio de la ciudad de Brielle. Solicitaré que les envíen a algunos y podrá interrogarlos todo el tiempo que quiera.

—Si eso fuera posible, ¡haría muy feliz a este viejo! —Parecía emocionado.

—Cuente con ello —le aseguró Carla—. Ahora debo irme. Avisad a las caballerizas cuando acaben para que los lleven a la puerta.

—¿Podemos acompañarla de vuelta? —preguntó Anthony junto a ella.

—No sabría volver sin ayuda.

—¡Je! ¡Vamos, hermanito! ¡Levanta tu culo de ahí y volvamos!

—¡Ja, ja, ja! —Owen seguía riendo, mientras se levantaba para seguirlos.

—¡Bien! Con esto está todo listo para continuar nuestro viaje a Issel —les informó ella.

Podía sentir en la piel la proximidad de Anthony al recorrer el camino de regreso. Puede que los carruajes estuvieran preparados para partir, pero Carla comenzaba a dudar de que ella también lo estuviera.