CAPÍTULO 22
L a gran nevada caída durante la noche dejó a su paso un manto blanco por los paisajes que rodeaban la finca De Ille.
Carla ya venía preparada para la posibilidad de que los caminos quedaran intransitables.
Debía ayudar a los ingenieros del marqués a cambiar las ruedas de los carruajes por las palas de trineo.
En Frisia, sus especialistas sabían acoplarlas, pero en el reino de Salm no habían oído hablar de ello.
Tenían carruajes con ruedas y trineos para la nieve.
Partirían a mediodía hacia la ciudad de Issel; debían estar preparados lo antes posible.
Un sirviente de la mansión la acompañaba para que no se perdiera buscando los almacenes. Alice y Alan estaban demasiado ocupados preparando la marcha y no quería molestar a Hugo por su torpeza.
—Es aquí, señora —le señaló con el dedo un gran almacén cubierto, con las puertas abiertas de par en par—. Si me disculpa, debo volver a mis tareas.
—Muchas gracias por guiarme. No se preocupe, creo que puedo regresar sola —respondió Carla, rascándose la cabeza.
No era verdad.
—Puede pedir a alguno de los palafreneros que la acompañe, si no encuentra el camino —le ofreció una salida con una sonrisa amable—. Están justo por detrás, no tiene pérdida.
—Gracias de nuevo —dudó un instante, no quería retenerlo más, pero…—. ¿Sabe cuál es el nombre del ingeniero jefe?
—El señor Smit. Lo encontrará en aquella caseta —le señaló al cuarto de madera apartado bajo un árbol—. Me retiro, señora.
Carla fue directa a la desvencijada puerta.
—Disculpe, ¿señor Smit? —Golpeó en la madera con los nudillos.
No quería entrar sin su consentimiento. No podría evitar toquetearlo todo y sabía, por su trato con los ingenieros del gremio de Brielle, que eran muy sensibles con sus herramientas.
—Adelante —respondió una voz animada desde el interior.
—Con su permiso.
Al entrar, le quedó claro que aquel era su taller personal.
Había una gran mesa de trabajo en el medio de la estancia.
La pared del fondo estaba abarrotada de herramientas colgadas.
Todo era caos, pero parecía tener un orden específico que solamente él podría descifrar.
El ingeniero estaba trabajando en la mesa.
Miraba unos engranajes diminutos a través de una lupa de aumento.
Era un anciano, con el pelo blanco, muy despeinado y unas gafas muy extrañas.
Carla se acercó sin poder evitarlo, empujada por la curiosidad.
—¿Puedo preguntarle en qué trabaja? —El hombre se sobresaltó al encontrársela a su lado.
—¡Dioses! —escupió, agarrándose el pecho—. ¿Cómo has llegado aquí?
—Me acaba de dar permiso para entrar, señor Smit. —Le sonrió.
Encontró muy divertido que pareciera tan inteligente y fuera tan despistado.
—Cierto, pero nunca nadie se había acercado tanto a mi mesa. —Respiraba profundamente, tratando de recuperarse.
—Lo lamento. No pretendía asustarle, solo tenía curiosidad por ver en lo que estaba tan ensimismado.
—¡Nada! No me lo tengas en cuenta. Estaba distraído. ¿En qué puedo ayudarte, muchacha?
—Perdone, no me he presentado. Soy Ana De Luca, capitán del tercer pelotón de la Guardia Real del reino de Frisia. He venido para indicarles cómo cambiar las ruedas de nuestros carruajes por las palas de trineo.
—¡Oh, sí! Les esperaba, aunque me sorprende encontrar a una muchacha tan joven ante mí. ¿Sabes bien cómo funciona el mecanismo?
—Me temo que soy la sustituta de nuestro ingeniero, pero le aseguro que lo conozco.
—¡Bien! ¡Pues vamos allá!
En el almacén estaban preparados los tres carruajes para el cambio. Los habían elevado del suelo con vigas de madera y estaban sujetos para evitar que pudieran caerse. Las palas de trineo estaban expuestas a un lado, a la espera de ser colocadas en su lugar.
—Veo que ya lo tiene todo listo, señor Smit. Estoy segura de que usted mismo podría haberlo hecho sin mis indicaciones.
—Quería aprovechar para interrogar a vuestro especialista, pero veo que me quedaré con las ganas —le respondió algo decepcionado.
—Lamento no ser lo que esperaba. Mis conocimientos en ingeniería son muy básicos. Son más una afición que un oficio.
—¡No te preocupes! Me conformo con que me haga compañía una muchacha tan encantadora como tú.
—¿Compañía? Señor, lo siento, pero no sabría cómo explicarle el proceso. Preferiría hacerlo con la ayuda de sus hombres para que vean cómo funciona. Si no le molesta.
—¿Quieres meterte bajo el carruaje? —estaba muy sorprendido—. ¿No te dañarás las manos con las herramientas?
—Creo que no le has visto bien las manos, viejo —sonó una voz conocida desde la puerta.
—¡Señorito! —exclamó el anciano con una gran sonrisa, al ver a Owen junto a la puerta—. ¿Ha venido a ver ese curioso mecanismo?
—He venido a acompañar al capitán Ferner —respondió él, señalando a Anthony a su lado—. Está recobrando fuerzas y llegamos paseando hasta aquí. ¡Qué coincidencia, mi querida Ana! ¡Me alegra tanto encontrarte!
—¿Qué tal estás hoy, Anthony? —lo ignoró Carla—. ¿Te ves en condiciones de viajar?
—Estoy mucho mejor, Ana. Gracias por preocuparte —hizo una mueca que pretendía ser una sonrisa, pero era evidente que aún le costaba hasta respirar—. He sabido que cambiaban las ruedas de los carruajes y quise ver cómo. Si no te importa, claro.
—No es molestia. —Carla se tensó, algo nerviosa por tenerlo allí—. Pero, por favor, ¿podrían traerle un asiento al capitán, señor Smit?
—¡Claro, muchacha! ¡Señorito! Vaya a mi caseta y traiga mi silla para el señor.
—Pero ¿qué? ¡¿En qué momento has cogido tales confianzas, viejo?!
—¡Anda, anda! ¡No se queje! ¿No pretenderá que una dama o un anciano vayan a por él? ¡Creía que sus padres le habían educado mejor!
—¿Y dónde están tus ayudantes? ¡Ellos podrán traer la silla!
—No se moleste, doctor magnífico —interrumpió Carla la discusión, saliendo por la puerta hacia la caseta—. Yo misma la traeré. Son solo unos metros y no pretendería que estropeara sus bonitos zapatos en la nieve.
—¡Ja! —escuchó cómo reía el anciano—. ¡Me gusta esta muchacha!
Regresó en un momento con la silla, colocándola junto al carruaje para que Anthony pudiera ver el proceso.
—Por favor, descansa —le rogó Carla al ofrecérsela—. ¡Bien! ¿Por dónde íbamos, señor Smit?
—Insistía en que una dama no debe destrozar sus manos con herramientas y mucho menos tumbarse en el suelo de este sucio almacén —le respondió él con recelo—. ¿Está segura de que no prefiere solo indicar a mis ayudantes?
—No se preocupe por mis manos. Están curtidas desde hace tiempo —se las miró, frunciendo los labios—. Además, no sabría cómo… prefiero mostrárselo.
—Bueno, si estás segura… entonces llamaré a los muchachos para que te ayuden. —No estaba del todo convencido, pero salió en su busca.
—¡Viejo! —gritó Owen a la espalda del anciano—. ¡Ya podrías haber traído la silla al salir a por esos patanes!
—¡Buff! —resopló Carla al escucharlo—. ¿De verdad le costaba tanto ir a por ella? Había visto su arrogancia, pero no esperaba que fuera tan infantil.
—No te enfades conmigo, Ana —se acercó, cogiéndole la mano sin pedirle permiso—. Solo es un juego que me traigo con el viejo. Ya ves que le permito hablarme como le parezca. La realidad es que le tengo mucho aprecio. Venía a su caseta siempre que… —Se paró en seco para no continuar la frase.
El rostro de Owen se ensombreció por un instante, antes de volver a sonreír con malicia.
—¡Naaada! —dijo desechando sus propias palabras y soltándole la mano—. ¡Es todo un cuento! ¡La verdad es que soy un insensible que solo mira por sus propios beneficios!
—Ya entiendo —respondió Carla, sonriéndole con sinceridad por primera vez—. Conozco a alguien muy parecido. Es más fácil esconderse tras esa fachada de tipo duro e inflexible que dejar que los demás puedan herirte.
—Pero ¿qué coño dices, mujer? —soltó él, con los ojos muy abiertos.
—¡Ja, ja, ja! —rio Anthony a carcajadas desde la silla—. ¡Te ha salido mal la jugada, hermanito!
—¡Deja de reírte! —gritó Owen muy molesto—. No dice más que tonterías sensibleras. ¡Así no hay manera de provocar!
—Solo te ha dicho una gran verdad —le respondió Anthony, mirándola.
Ella le devolvió la mirada.
El capitán había cambiado mucho durante el viaje, o al menos eso creía ella.
Al encontrarse, apenas se reía; era retraído y parecía estar siempre triste.
Ahora tenía en su cara la sonrisa más bella y auténtica que Carla había visto jamás.
No sabría decir si era una de esas personas a las que les costaba interactuar con los demás.
O si algo había liberado el peso que traía consigo desde su hogar.
Lo que sí sabía era que verle reír de ese modo la hacía feliz.
La calidez que desprendía en ese momento le inundaba el pecho, aliviando por completo la presión que había sentido desde que habían llegado a ese lugar.
Ese dolor, nacido de pensar que no despertaría y que no podía hacer nada para remediarlo…
Dos gruesas lágrimas se escaparon, recorriéndole lentamente las mejillas.
—¡Ana! —exclamó Anthony, levantándose al verla llorar.
—¡Mierda! ¡Lo siento! —Salió a la carrera, buscando un lugar donde esconderse.
Un árbol junto a la caseta le sirvió de refugio. Apoyó su espalda contra el tronco, secándose la cara con las manos.
«¿Qué coño te pasa?», se preguntó frustrada. «¿Por qué siempre bajas la guardia con él?»
Se dejó caer, deslizándose por la corteza hasta sentarse en el suelo con la cabeza entre las rodillas. Se envolvió con los brazos, avergonzada por lo que acababa de pasar.
Quería desaparecer.
No podía demostrar su debilidad ante los demás. Debía mantenerse firme.
¡Siempre!
Su vida y el reino de Frisia dependían de ello.
¿Por qué estaba mostrándose vulnerable? ¿Por qué se dejaba desarmar por su amabilidad? Su sonrisa… ¡Ni siquiera estaba segura de poder confiar en él! Y aunque lo estuviera… su destino era casarse con el príncipe Kiran.
No había otra opción.
Las lágrimas no se detenían, por mucho que se reprendiera a sí misma.
No sabía cómo parar aquello.