La llamada del deber (La princesa enmascarada 1) CAPÍTULO 21 #2
54%

CAPÍTULO 21 #2

—Estoy para servirle, mi señor —bromeó él, poniéndose de pie, antes de hacer una horripilante reverencia a modo de burla—. Será mejor que volvamos antes de que Hugo mande un equipo de rescate. Iremos por el camino largo para que refuerces un poco esas piernas.

—El doctor manda —se levantó para seguirlo.

Caminaron dando un rodeo bajo las ventanas de las salas de estar de la planta baja.

Era un pasillo cubierto, que daba a un jardín interior.

La nieve se colaba por el hueco del patio, sepultando los arbustos bajo su peso.

El frío inundó los pulmones de Kiran al suspirar.

Cada paso se estaba convirtiendo en una tortura.

Cuando llegaron al final del pasillo, unas voces de mujer llamaron su atención.

Discutían en la última sala, con la ventana entreabierta.

Alice estaba con la princesa Carla. Kiran cedió a la tentación y se pegó a la pared para que no pudieran verlo.

Tenía curiosidad por saber qué le pasaba por la cabeza y no podía desperdiciar aquella oportunidad.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Alice, dejando a un lado los protocolos.

—Estoy mejor, Ali —le respondió ella, con la voz impregnada de tristeza—. Siento mucho mi comportamiento de antes, no era mi intención… No lo pude evitar. Me preocupa que vuelva a dejarse llevar y al final le acabe pasando algo. Ella no sabe contenerse.

Kiran sonrió al darse cuenta de que la princesa Carla temía por la seguridad de Ana. No era tan desalmada como le había parecido. El miedo debió sacarla de su sitio; eso podía entenderlo.

—¡Él tampoco ayuda! ¡La puso en peligro al interponerse! ¡Ya debería saber que no necesita que la salven! —se quejó y Kiran supo enseguida que hablaba de él.

No podía quitarle la razón.

—No debes dejar que tus sentimientos te controlen —le rogó Alice—, y menos en público. Sabes que yo estoy aquí para lo que necesites. Puedes desahogarte conmigo.

—No hay nada que echar fuera, Ali. Solo fue un momento de debilidad.

—¡Ah, ¿no?! ¿Qué ha sido eso, entonces? —apostilló Alice con su tono frío habitual.

Parecía que no era de las que alababan para consolar.

—Creo que cuanto antes aceptes la situación, antes podrás pasar página —la voz de Alice se apagaba con cada palabra que decía—. Siento… tu dolor al verlos juntos.

—¿De qué estás hablando? —le espetó la princesa, molesta.

—Sabes bien a qué me refiero. Si no lo admites tú misma, tendré que decirlo en voz alta para que te hagas cargo de ello. Hasta que no lo aceptes, esta situación irá a más.

»Cada vez te será más difícil controlarte.

—No entiendo lo que quieres decir —parecía angustiada.

—¿Qué excusa tienes para el numerito que montaste antes en el jardín?

Pude entender cómo lo trataste aquel día en la caseta cuando hablamos del plan para la emboscada.

El miedo a que le ocurriera algo hablaba por ti, pero ¿y ahora?

¿Cuál es el miedo? Estabas tranquilamente, sin preocuparte, ¡hasta que los viste juntos!

—¡No, eso no es…! —se atragantaba—. No es, no puede ser…

—¡¿De verdad crees que no me he dado cuenta de que estás enamorada de ella?!

Fue como una bofetada.

El silencio se apoderó de la estancia. El mismo que golpeó el pecho de Kiran al escucharla.

—¡Oh, Alice! —exclamó la princesa de repente, entre llantos—. No… no sé lo que me pasa. ¡Ver cómo se comporta con él! ¿Has visto cómo se miran? ¡Nunca la había visto mirar a nadie de esa manera! ¡Algo se apoderó de mí! No pude… ¡Solo quería que se alejara de ella!

—Te entiendo, amiga, te entiendo —la dejó llorar—. Déjalo salir. Así podrás controlar mejor lo que sientes.

Owen lo cogió del brazo, sacándolo de su parálisis. Continuaron caminando sin decir una palabra hasta regresar a la habitación de la sala médica.

—Ahora tiene sentido —le dijo, sin burla alguna—. Debe ser duro. Es probable que se vea obligada a este matrimonio político por alguna razón que no conocemos. Ama a otra persona. Y tiene que ver cómo otro la persigue, sabiendo que ella nunca podrá estar a su lado.

—Realmente no es que sea mala persona, solo está sufriendo. Se revuelve contra lo que se ve obligada a hacer. No puedo culparla —dijo Kiran tapándose la cara con la mano—. Si está dispuesta a abandonar a la persona que ama por este matrimonio, debe tener una buena razón para ello.

—Sí, es lo más probable. —Owen le dio un golpecito en la cabeza para llamar su atención—. Plantearte elegir a la princesa por su carga es hacer exactamente lo que te pedí que no hicieras. Por favor, elige lo que tú quieres, no lo que los demás necesitan.

—Suena fácil, pero no lo es.

—Bueno, ¡deja ya el drama! Todo seguirá su curso. ¡Pensar en algo que no está ni siquiera en tus manos es innecesario!

—¿A qué te refieres? ¿No elijo yo con quién casarme?

—¡Uy! ¡Eres más presuntuoso de lo que pensaba! Ellas tendrán algo que decir, ¿no crees? —rompió a reír—. Aún puede pasar que acaben juntas y te dejen a ti mirando. ¿Quién sabe?

—Es cierto, ¿quién sabe? —respondió por inercia.

—No te preocupes de más, Kiran —se forzó a dejar de reírse—. Solo haz lo que te nazca. No busques estrategias, ni piezas que mover en tu cabeza. Solo mueve. Sin pensar. Por una vez en tu vida, deja que la partida sea visceral.

No sabía hacerlo.

Entendía lo que quería decirle, pero era incapaz.

Conocer el secreto de la princesa era algo a tener en cuenta. Tal vez habría preferido no escucharlas. Creer que ella lo rechazaba, que era una déspota caprichosa, le habría facilitado mucho las cosas.

Ahora ya no podía hacerlo.

Ya no tenía excusa para olvidarse de su deber. Y tampoco podía olvidar que su necesidad de aquel matrimonio era tan grande, que estaba dispuesta a sufrir por hacerlo realidad.