CAPÍTULO 21
A quella mañana hacía demasiado frío para salir.
En el exterior nevaba con intensidad, cambiando el color del paisaje de los tonos ocres al blanco con cada copo que caía.
Owen acompañaba a Kiran por el jardín cubierto.
Por fin le había permitido salir a estirar las piernas.
Llevaba acostado en esa cama, sin moverse, seis interminables días.
Benjamin lo visitaba todas las tardes para jugar al ajedrez como entretenimiento.
Hugo pasaba cada hora para preguntar si necesitaba algo.
Owen acudía a hacer sus revisiones sin falta.
Y Ana… ella le traía las tres comidas al día sin saltarse una, pero apenas se quedaba un instante con él.
—¿Me estará evitando? —preguntó en voz alta, sin pretenderlo.
—¡Je! —rio Owen a su lado—. Si preguntas por Ana, sí, te está evitando. Abiertamente.
—Bfff —resopló al confirmar lo que ya sabía—. ¿Por qué? ¿La he ofendido sin darme cuenta?
—Por favor, Anthony —remarcó su seudónimo con su irónico tono de voz—. Si vas a empezar con el drama, ¡te devuelvo a tu habitación! Esta semana prometía ser de lo más entretenida y ¡me la has arruinado con tus lamentos!
—¡Oh! Disculpe, doctor magnífico . No pretendía estropearle la única diversión que tiene, aparte de diseccionar animales vivos.
—¡Ja, ja, ja! ¿Sabes qué? Me estoy planteando ir con vosotros a la capital —le soltó, con una mueca jactanciosa.
—¡Ni lo sueñes!
—¿Cómo pretendes irte mañana? En estas condiciones, sin un médico de verdad a tu lado, no podrás valerte por ti mismo —lo trajo a la realidad de golpe—. Te ofrezco mis servicios desinteresadamente y ¿me lo agradeces de ese modo?
—¡Ya, claro! ¿Desde cuándo has hecho algo desinteresadamente, Owen?
—¡Ja! Pues desde hoy. Alguna vez tenía que ser la primera, ¿no? ¡Vamos, Anthony! Nos lo vamos a pasar en grande durante el camino. Además, los médicos que van con la caravana estarán muy ocupados como para estar pendientes de ti.
—Reconozco que en eso tienes razón. —Kiran se sentó en el banco junto a la fuente—. No he recuperado mis fuerzas, pero tengo que partir junto al convoy.
—¡Uy! ¡¿Me acabas de dar la razón?! ¿Desde cuándo eres capaz de eso?
—¡Je! —rio—. Pues desde hoy.
—Entonces, ¡no hay nada más que hablar! Quedan diez días de viaje hasta Issel. ¡Serán el pago por los que me has arrebatado aquí!
—Ibas a venir igualmente, ¿cierto?
—Es muy probable —le confirmó Owen, riéndose.
—¡Está bien! Pero, por favor, ¡prométeme que tendrás mucho cuidado con lo que dices!
—No diré nada que no merezca ser escuchado —prometió él, con la mano izquierda en alto y la derecha en su pecho—. ¡Lo prometo!
—¡No has prometido nada!
—Soy muy consciente de ello.
Sus carcajadas retumbaban entre los cristales que envolvían el jardín, contagiando a Kiran con su sentido del humor.
—Je, je, je. ¡No puedo hacer nada contigo, hermanito!
—¿Hermanito? —preguntó una voz femenina tras ellos.
La princesa Carla, con Alice y Ana como escoltas, se acercaba por el camino empedrado.
—Me alegra verle fuera de la cama —dijo Ana, con una sonrisa genuina en su rostro.
—Gracias.
Sus ojos se encontraron, deteniéndose el uno en el otro durante un instante que para Kiran no tenía fin. El silencio a su alrededor comenzaba a ser incómodo para los demás, pero él se hubiera quedado mirándola eternamente. Esa expresión lo sacudía de los pies a la cabeza sin poder evitarlo.
Y comenzaba a pensar que no quería hacerlo.
—¡Hum! —reclamó su atención la princesa—. Tenía entendido que el doctor Ille era el hermano del marqués…
—Así es, Alteza —respondió Kiran, intentando levantarse para hacer una reverencia
—No es necesario —le indicó ella, con una seña con la mano.
—Es muy amable. Llamo hermanito al doctor, porque nos criamos juntos. Siempre nos perseguía al marqués y a mí por el campo de entrenamiento. Lo cogí como costumbre.
—No parece que a él le agrade demasiado —dijo Ana, con una mueca en sus labios, al ver cómo Owen entornaba los ojos—. Más bien, diría que le molesta, ¿me equivoco?
—Mi querida Ana, como sospechaba, eres mucho más inteligente que mi amigo Anthony.
La estaba alabando. Owen cogió su mano, deleitándose con un beso a modo de saludo, que duró demasiado. Sus ojos… Ya había visto esa mirada en su amigo, cuando buscaba un lío de una noche en la ciudad.
—¿Puedes dejar en paz a la capitán De Luca? —soltó Kiran entre dientes, con un tono frío y cortante.
—Solo pretendía ser un caballero —le respondió él con una expresión malvada al soltar la mano de Ana.
—Lástima que sea solo fachada —intervino la princesa, jocosa—. No le he visto cumplir el protocolo desde que hemos llegado, doctor.
—Lo siento, Alteza —respondió Owen, haciendo una reverencia ante ella—. No sabía que se podía besar la mano de una princesa. Si me permite…
—¡No se puede! —lo regañó Kiran a su espalda, perdiendo los nervios.
—¡Pfttt! —se le escapó a Alice, cogiéndolos a todos por sorpresa—. ¡Ejem! —fingió que no acababa de contener una carcajada y volvió a su máscara de hielo—. Es encomiable que se preocupe por el bienestar de su alteza, Anthony.
—Se lo agradezco, capitán Ferner —la princesa se forzaba por sonreír al mirar a Kiran—. De verdad, lamento que no pueda continuar el viaje con nosotros.
—En cuanto a eso, me alegra decirle que me encuentro mucho mejor —le respondió con decisión—. Continuaré el viaje, si usted me lo permite.
—Pero qué… —comenzó a decir ella, desconcertada.
—Si cree que está en condiciones —interrumpió Alice, mirándola con una expresión extraña.
—Los médicos que nos acompañan tienen demasiado trabajo como para ocuparse de alguien que apenas puede ponerse en pie —soltó la princesa, de un modo cruel.
—Alteza —le reclamó Ana, con los ojos tan abiertos como los de Alice—, seguro que podemos organizarnos. El capitán Ferner ha sido de mucha ayuda durante el viaje.
—Y le estoy agradecida por ello —respondió con un tono que dejaba claro que no estaba de acuerdo—, pero la realidad es que ya llevamos demasiados heridos.
—Puede viajar en uno de los carruajes acompañado por uno de los señuelos. Seguro que… —quiso decir Ana.
—Sería peligroso para él si atacan ese carruaje —la interrumpió, tajante—. No podría defenderse ni defender a nadie.
—Estoy segura de que podemos encontrar… —trató de intervenir de nuevo Alice.
—Sinceramente —volvió a interrumpir la princesa—, lo mejor es que se quede aquí y vuelva a su hogar cuando pueda valerse por sí mismo. No querrá que la capitán De Luca se ponga en peligro para salvarle de nuevo, ¿verdad?
Kiran tardó un segundo en responder. Sus palabras lo golpearon como un bloque de hielo.
—No lo pretendo. —No podía creerse lo que estaba sucediendo—. Le prometo que no seré una carga. ¿Me permite viajar con usted?
—¿Cómo puede asegurarme que no lo será? —inquirió fríamente.
—No se preocupe —intervino Owen—. Yo mismo acompañaré a Anthony durante el viaje a la capital. Tenía previsto visitar la universidad médica el mes que viene. Solo será adelantarlo un poco. Además, les seré de ayuda en todo el camino, lo prometo.
Kiran miró a su amigo como si lo estuviera viendo por primera vez. Estaba dando la cara por él.
—¿No será peligroso? —preguntó Ana, con preocupación.
—No tiene por qué —respondió Alice al otro lado—.
Hugo y Alan están convencidos de que no habrá más ataques por parte de la organización.
Según su información, no les quedan suficientes hombres en plena forma para volver a asaltarnos.
Al menos fuera de Frisia. Si hay algún bandido en el camino, no tendrá que intervenir.
Nos vendrá bien contar con sus capacidades para el mando.
La cabeza aún le funciona, ¿verdad, Anthony?
—Así es, Alice —respondió Kiran agradecido—. Ana la protegió muy bien durante nuestro viaje por el río —devolvió su mirada hacia la capitán De Luca, con la comisura de sus labios elevándose para traicionarle.
—Hice lo que pude —bajó ella la cabeza, sonrojada.
—Ya veo que lo han decidido todo. ¡Será mejor que me retire! —rezongó la princesa mirando a Kiran con desagrado, antes de girarse en dirección a la mansión.
—¡Espere, mi princesa! —la llamó Alice, cuando pudo reaccionar a su sorpresa.
—Por favor, no se lo toméis en cuenta —se disculpó Ana, inclinando la cabeza—. Ha sido un trayecto muy duro —les explicó, antes de salir corriendo.
Kiran y Owen las siguieron con la mirada desde el banco. Se volvieron el uno al otro con cara de no comprender lo que acababa de suceder.
—¿Qué le pasa a esa princesita? —le susurró Owen, sin esperar a que desaparecieran de su vista—. ¿Ha sido así todo el camino?
—No sé qué le ocurre. Cuando la conocí, no era de ese modo. Era amable y encantadora. Ahora parece otra persona.
—No te lo está poniendo fácil…
—Si te soy sincero, cada vez estoy más convencido de que esta es su verdadera personalidad —escupió Kiran, sin querer contenerse—. La otra era solo la imagen que quería dar.
»Tal vez esto me facilite tomar una decisión.
—Amigo mío, no quisiera estar en tu pellejo, pero puedo decirte que, si fuera mi elección, no lo dudaría ni un momento.
—Eso es porque solo piensas en tu propio beneficio.
—¡Ju! —Owen dejó escapar una risa entre dientes, dolido por aquella acusación—. ¿Eso es lo que parece? Bueno, es posible que tengas razón, pero ¿no es hora de pensar en el tuyo?
»Desde niño asumiste lo que otros creían que debías hacer. Has apechugado con el peso y las consecuencias de sus decisiones. De adulto, no has pensado en ti mismo nunca. ¿Vas a seguir cargando con lo que no te pertenece?
Le puso la mano sobre el hombro, apretándoselo con afecto.
—Si vas a arriesgar, ahora es el momento de hacerlo, hermano.
—¿Desde cuándo te preocupas tanto por los demás, hermanito? —preguntó Kiran, obligándose a sonar irónico, incapaz de levantar la cabeza para mirarlo—. Gracias, Owen, por darme una perspectiva distinta en la que pensar.