CAPÍTULO 20 #2
—Sé que duele, pero tengo que sacarte… —La angustia impregnaba su voz—. Aguanta, ¡saldremos de aquí! Te pondré a salvo. Me quedaré a tu lado… para siempre.
Carla despertó con un grito en la mansión de la finca De Ille.
—¿Qué te pasa? —preguntó Isobel a su lado—. ¡Estás sudando a mares!
—¡Joder! —maldijo Carla, frustrada—. Tranquila, Isi, solo ha sido esa vieja pesadilla.
—¡Oh, Car! —la atrapó en un abrazo—. No pude hacer nada ese día…
—Eras una niña como yo —la consoló rodeándola con los brazos—. Yo no pude evitar que te echaran de la ciudadela.
—Solo volví a casa —se separó, sujetándola por los hombros—. Estaba a salvo. En el marquesado, con mis hermanos y mi madre.
—Bueno, eso quedó muy atrás. Debemos prepararnos. En un rato vendrán Alan y Alice.
La mirada de Isobel era extraña.
Desde que habían salido de Frisia estaba más sensible que de costumbre. Parecía que le estaba afectando a los nervios tanta actividad.
No podía reprochárselo.
Diana apareció por la puerta cargada con la ropa de ambas. Torció el gesto de su boca al verle la cara. Sabía que no había dormido bien, solo con mirarla. Carla dejó que la peinara, mientras se perdía en sus pensamientos.
Hacía tiempo que no soñaba con ese recuerdo.
¿Habría sido por lo que Anthony le había contado?
Hugo había conseguido sonsacar a los atacantes su identidad y qué era lo que buscaban.
El comandante Oliver tenía la sospecha de que el marido de su madre, el duque Willem De Braber, estaba detrás de la organización que la perseguía.
Aquella información no hacía más que confirmar que era él quien lo orquestaba, pero no esperaba que Bram Muller estuviera implicado.
¿Significaba aquello que su hermano Luke también lo estaba?
Tenía solo trece años. Habían vivido separados toda su vida. En realidad, no sabía nada de él, pero se negaba a creer que intentara acabar con ella. Aunque tal vez el duque lo hubiera aleccionado para odiarla también.
La puerta se abrió, devolviéndola al presente.
—Buenos días —saludó Alice al entrar junto a su hermano.
—¡Qué cara llevas! —se burló él—. Estás muy pálida, ¿no dormiste bien?
—No es nada, solo… ecos del pasado —dijo Carla sin querer profundizar más en el tema—. ¿Hablamos mientras desayunamos?
Tras ellos venían los sirvientes que traían un surtido desayuno para comenzar el día. Diana se escabulló en silencio, cruzándose con ellos como un barco en la niebla.
—El marqués De Ille es muy atento —dijo Alice viendo toda la comida que llegaba—. Agradecemos la molestia de traerlo todo hasta aquí.
—No hay de qué, señora —respondió el sirviente con una sonrisa amable—. ¿Desea algo más, Alteza?
—Está bien así, gracias —respondió Isobel en su papel de princesa—. Podéis retiraros, nos serviremos nosotros mismos.
—Lo que ordene. —Mantuvo su reverencia en lo que los demás abandonaban la estancia.
Fue el último en salir, sin levantar la nariz del suelo, hasta cerrar la puerta tras él.
—Son algo estrictos con el protocolo, ¿no? —preguntó Isobel ante el despliegue.
—Tal vez sea porque somos extranjeros —respondió Carla, quitándole importancia, mientras se sentaba a la mesa.
—Tú siempre tan ilusa, Car… —le reprochó Alan, dándole una palmadita en la espalda al sentarse junto a ella—. Si quieres conocer a un noble, solo tienes que conocer a sus sirvientes.
—¡No seas así, Al! —lo reprendió Carla—. El marqués nos ha acogido y nos ha tratado con cortesía. No tenía por qué hacerlo. Nuestros soldados están bien gracias a su hospitalidad.
—No me malinterpretes, amiga —respondió él, ya sirviéndose en su plato, mientras Alice e Isobel tomaban asiento frente a ellos—. Al marqués no lo tratan de este modo…
—Isobel es para ellos una princesa que será coronada reina —intervino Alice con voz calmada—. La agasajan como lo deben, al igual que a un príncipe o a un rey.
—¿Cómo deben o cómo se les pide? —apostilló él.
—¿Intentas decir que es un reflejo de la forma en la que la Casa Real de Issel pide que se les trate? —preguntó Isobel sorprendida.
—Solo es una teoría —respondió Alan—. No hay de qué alarmarse, todavía…
—Una muy rebuscada —soltó Carla suspirando—. Me parece que te estás imaginando cosas por el aburrimiento.
No miraba a Alan, sino a Alice. Parecía estar de acuerdo con su hermano y eso la inquietaba.
No era de las que repiten los rumores de las cocinas.
—¡Ja! —rio él—. Es posible que tengas razón, pero siempre se ha dicho que cuando el río suena, agua lleva, ¿no? Y no soy el único que lo piensa.
—¡Ese río está muy lejos de aquí, Al! —se quejó Carla, dejando notar el cansancio en la voz—. Además, ¡no quiero meterme en uno durante un tiempo, al menos!
—¡Ja, ja, ja! —rieron todos a la vez.
—¡Bien! ¡No os llamé para chismorrear! —fingió que los reprendía—. Hugo atrapó a dos de los asaltantes de la emboscada y tenemos información. La Organización del Alba fue creada en Braber. Al parecer, Bram Muller es su cabecilla.
—¿Bram Muller? ¿El que perseguía a tu hermano Luke por el palacio? —preguntó Isobel sorprendida.
—Ese mismo —asintió Carla—. El comandante Oliver sospechaba desde hace tiempo que el duque de Braber estaba implicado en los intentos de asesinarme. ¿Debemos entender que mi hermano también es cómplice? ¿O la creó él mismo para usurpar el trono?
—No creo que Bram y Luke tengan capacidad suficiente para algo como lo de la emboscada. Estaba bien planeado. Debe de haber alguien inteligente manejando los hilos —opinó Alan.
—Sinceramente, no veo a tu hermano haciendo algo tan osado —comentó Isobel—. Está demasiado metido en las faldas de tu madre para manejarse por sí solo.
—La verdad es que no quiero creer que desee matarme, pero no veo al duque contratando a un inútil como Bram —se explicó Carla.
—Lleva mucho tiempo apartado de ti, Car —le recordó Alan con tristeza—. No lo conoces en absoluto. Solo te lo has cruzado en las caballerizas alguna vez. Apenas has hablado con él desde que el comandante te llevó a las viviendas militares tras el incendio.
— ¿Tú qué crees, Alice? —preguntó, mirándola con súplica.
Nunca daba su opinión si ella no se la pedía.
Y Carla siempre la necesitaba.
—Pienso que todo lo que digamos ahora son solo suposiciones —le respondió, demostrando su pragmatismo innato—.
Debemos mandar a investigar al barón Muller y a su hijo.
También ordenar que sigan al duque de Braber y a tu hermano Luke en sus actividades diarias.
Solo con información podremos saber la verdad.
No hizo falta decir nada más.
Alice siempre los colocaba en su lugar. Ya no eran niños jugando en los patios de entrenamiento.
Pronto llegarían a la capital del reino de Salm.
Su viaje como la capitán De Luca se terminaba.
Ya iba siendo hora de que Carla recordara lo que se esperaba de ella como princesa.